"En la actitud racista subyace la pretendida compensación que una parte de la especie humana -en diáspora milenaria- requiere a miembros de su misma especie inmovilizados en la permanente comodidad de su medio geográfico". P.S Rodríguez
Por Pedro Samuel Rodríguez-Reyes
Introducción.
El mito de las razas
Dentro del cuerpo de ideas que estas páginas pretenden articular, consideramos apropiado incorporar el tema de la raza y el racismo como tópico que atañe y compete debatir a un pueblo de conformación multiétnica como el dominicano. Asimismo, consideramos útil tratar de comentar algunos mitos ampliamente difundidos sobre razas y pueblos, referidos a unos mal fundados juicios de valores, y finalizar con una visión general sobre el posible origen y evolución de las ideas y las doctrinas racistas.
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Pero antes de hablar de las razas del hombre es necesario hacer referencia al origen de la especie humana.
Existen dos tendencias antropológicas que explican: a) un origen múltiple o poligénico, y b) un origen único o unigénico de la especie humana.
Los partidarios del poligenismo opinan que cada raza humana tuvo un origen diferente, por lo que, las razas blancas se originaron en el norte frío –dicen-, las negras en las regiones tropicales de África, la raza amarilla en Oriente, etc. Mientras que quienes son partidarios del unigenismo opinan que la especie humana tuvo un origen común, un tronco único, y que las diversas razas fueron consecuencia de los cambios anatómicos que las adaptaciones a los diferentes medios físicos produjeron en el hombre en su milenaria experiencia de desplazamiento y adaptación.
En términos generales podríamos adelantarnos en señalar que hasta el momento una importante proporción de arqueólogos parece coincidir respecto al hecho de que los más antiguos artefactos construidos por los precursores de la especie humana han aparecido en el valle del Rift, en el África Sur-oriental. Dicho valle tiene dos grandes depresiones que comprenden el Rift Occidental y el Oriental, cubriendo el área geográfica de lo que hoy es Mozambique, Zwazilandia, sur de Tanzania y el norte de Uganda. Desde esta zona de Africa se irradiaría al resto del planeta mediante el indicado desplazamiento de la especie humana.
Es decir, la concepción unigenista –a la que nos inclinados- plantea que observado desde una muy amplia dimensión temporal, el ser humano y el resto de las demás especies vivas, frente a un determinado medio circundante, se adapta, y tales adaptaciones producen cambios permanentes en sus rasgos físicos. A tales cambios se les llama razas.
Si eventualmente no hubo posibilidad de adaptación a un ambiente específico, sólo quedaba la opción de marcharse o la de no sobrevivir.
En sentido general, parece que el aislamiento y su contraparte la movilidad, el contacto con lo novedoso, la adaptación y el cambio, marcan en forma determinante a hombres, pueblos y sociedades. En los diversos desplazamientos de una parte de la especie, cada grupo humano se adaptó de la mejor manera posible al medio físico en donde se había asentado. Consecuentemente, el habitante del norte frío no tendría razón alguna en adaptarse a un medio tropical en el cual no vivía; lo mismo vale para el habitante de los trópicos. Otra parte de la misma especie humana no se movilizó ni tuvo que adaptarse a otros medios físicos. En ese sentido, racismo pueda que posea un trasfondo de ancestral reclamo de una de parte de la especie humana en diáspora milenaria (ej. europeos), frente a miembros de su misma especie inmovilizados en la permanente comodidad de su geografía (ej. africanos).
Una visión de tradición unigenista sobre el posible origen y evolución del hombre nos la da el escritor británico Richard Mayne (1) en la forma siguiente: "Los más remotos antepasados del hombre –dice- vivieron en África Sudoriental hace unos veinte millones de años; pasaban casi toda su vida en los árboles resguardándose de los depredadores que los acosaban. Luego, unos millones de años más tarde, el clima varió, y lo que en tiempos fueron selvas, se convirtieron en abiertas sabanas como las de la mayor parte del África actual. Los decrecientes árboles se atestaron y hubo que pelear por ellos. Los fuertes desalojaron a los débiles. Los que se quedaron en los árboles, son, probablemente, los antepasados de los grandes simios posteriores, y los alfeñiques que se vieron obligados a descender a tierra hicieron surgir, con el paso del tiempo, al hombre. La vida en el suelo era peligrosa, y la selección natural se aceleró: los supervivientes tenían pies firmes, piernas fuertes y rápida inteligencia. Restos con características de este Homo erectus o pitecántropo se han encontrado en lugares tan diversos como Marruecos, Argelia, África Oriental y Meridional. Muy probablemente, algunos de los miembros de esta especie fueron los primeros europeos.
Recientemente –continúa Mayne-, en 1960, se produjo en Europa un descubrimiento crucial: en las cuevas de Escale, en St-Esteve-Janson (valle de Durance; en el departamento de Bocas del Ródano, Francia) dos investigadores franceses, Eugene y Marie-Francoise Bonifay, encontraron gran cantidad de huesos pertenecientes a animales extintos, junto con unos cuantos fragmentos de útiles de arcilla. Allí habían comido y vivido cazadores prehistóricos. Más importante aún, la roca estaba agrietada y enrojecida en al menos cinco sitios, algunos con vestigios de ceniza. Los cazadores habían encendido fogatas: eran hombres. Probablemente, los restos databan de hacía unos 750 mil años: de la época de los pitecántropos. Este, parece ser el primer hogar conocido de los hombres europeos, cuyos antepasados procedían de África y pudieron ascender a través de España por el estrecho de Gibraltar, que en aquella época es muy posible el Mediterráneo estuviera cruzado por varios puentes terrestres. Habrían provenido desde Túnez a Sicilia e Italia a través de los estrechos turcos a ambos extremos del mar de Mármara ", concluye el autor británico.
Se ha dicho que la civilización es y ha sido conformada a partir de la exposición y adaptación a lo novedoso, el desplazamiento y la movilidad, y que, en general, los pueblos nómades han sido más curtidos –fogueados- que los agrícolas. ¿Qué les condujo a desplazarse? La respuesta no es del todo definitiva; unos afirman que ha sido las variaciones del clima; otros creen que ha sido la migración de los rebaños, o la búsqueda de terrenos más fértiles.
En todo caso, lo que parece cierto es el hecho de que los grupos humanos y pueblos que no se expusieron a lo novedoso, no tuvieron que adaptarse a situaciones nuevas, y, en consecuencia, su evolución corresponde a su auténtica tradición sedentaria. Así, podemos ver en el actual continente africano a los descendientes de quienes no emigraron del África Sudoriental en aquellos remotísimos tiempos, y así, a la vez, podemos observar en la actual Europa -en la vasta perspectiva de la Historia- a los que sí emigraron desde la misma África Sudoriental en aquellos mismos remotísimos tiempos, convertidos en europeos, desparramados por el Cáucaso y por la vastedad del globo, en su ruta milenaria.
Las diferencias anatómicas de los seres humanos (razas) producidas por las adaptaciones a los medios físicos en el largo tiempo, llevan aparejadas diferencias de culturas como adicional consecuencia de la misma adaptación. En términos simples, el modo de vivir la adaptación, es la cultura; la forma en que la adaptación haya cambiado ciertos rasgos físicos del hombre es lo que se ha dado en llamar raza. De hecho, "el término raza ha sido abandonado en cualquier acepción asociada a la política o a la historia" (2). Al menos, la mayoría de los sociólogos modernos ha dejado la discusión sobre la existencia de las razas a biólogos y antropólogos. "Se ha calculado que, en la totalidad del material genético, sólo 0.012% de la variación de unos seres humanos a otros puede atribuirse a diferencias entre lo que se da en llamar razas", ha declarado la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en 2001.
Algunos grupos humanos que en el largo tiempo han logrado sobrevivir y adaptarse a lo que consideran formas complejas de un medio físico, son quienes se abrogan la pertenencia y la adscripción a las culturas llamadas superiores, alegando que la adaptación a tales formas complejas ha devenido en la conformación de culturas igualmente complejas y, por tanto superiores. Las demás culturas –arguyen- son el producto de medios físicos benignos. Se ha dicho, sin embargo, que, científicamente, "no hay sociedades superiores ni inferiores, y que (incluso) los pueblos sin historia escrita no se oponen en absoluto a los pueblos históricos" (F.S. Krausse; Volskunde, 1899).
De todos modos, parece que el contacto con lo novedoso enriquece, y, al contrario, el aislamiento podría causar involución, como habría sucedido con el llamado ‘hombre de Tasmania’ el que parece involucionó en su largo aislamiento, según narra H. G. Wells en su Breve historia del mundo.
Debemos mencionar, que pese a su conformación operada en relativo aislamiento debido a la naturaleza insular de su geografía y pese a diversos eventos acaecidos en su historia (3), el pueblo dominicano no ha involucionado. Al contrario, importantes segmentos de este pueblo, tales como los descendientes de los esclavos africanos traídos a La Española a partir del siglo XVI, han estado realizando desde hace siglos, notables tránsitos sociales. Fácil es comprobarlo cuando vemos a decenas de miles de dominicanos que hoy, exhibiendo unas características físicas que denotan su ascendencia ancilar, se desempeñan en funciones no imaginadas hace apenas un siglo. Así, mulatos, mezclados y negros dominicanos, cuyos ancestros llegaron a este territorio como esclavos, hoy ocupan funciones de importancia en la vida pública y privada fungiendo como dirigentes políticos, empresarios destacados; ejerciendo profesiones liberales o desempeñándose en los medios de comunicación, en los deportes, en el arte y en todas las actividades del quehacer nacional.
En otras palabras, una apreciable cantidad de los descendientes de aquellos africanos que estuvieron llegando a este territorio a partir del siglo XVI hasta concluida la esclavitud formal en 1822, han logrado hoy importantes y visibles tránsitos sociales, mientras que descendientes de aquellos africanos que a partir del mismo siglo XVI ‘no hicieron las Américas’ aún hoy permanecen en aquel continente en condiciones de pobreza poco auspiciosas. Naturalmente, el costo de esos tránsitos sociales en nuestro territorio fue enorme: más de tres siglos de esclavitud, aún fuese en relativa ‘esclavitud benigna’. Todavía falta mucho por completar, pero el novedoso proceso de esos tránsitos sociales continúa su dinámica, exhibiéndose, para aquellos que sepan percibirlo, como un importante logro de esta sociedad dominicana.
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Esto quiere decir que nuestro vector étnico de ascendencia africana, en su forzado desplazamiento desde sus territorios del oeste africano hasta La Española a partir del siglo XVI, se ha expuesto a novedades en esta ínsula caribeña, y necesariamente ha evolucionado acorde a la naturaleza de ese proceso.
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En ese tenor, y en un trabajo aparte, sería útil colocar en la mesa de disección de las ideas, lo referente a unos novedosos costos que tales tránsitos sociales generan en la actualidad, debido a la inédita y masiva presencia en diversas actividades de la nación, de descendientes de aquellos esclavos y la entendible desconexión de esos actores a unas previas experiencias en el ejercicio de funciones de escasa o nula subordinación. A esos costos se les ha llamado de diversas formas, tales como ‘inversión de valores’, etcétera. Se trata de una suerte de necesaria pedagogía social que implica unas repercusiones que el conjunto social debe pagar. Pero –reiteramos- el examen de ese interesante fenómeno debe ser materia a tratarse aparte de las presentes líneas.
Racismo:
En esas primeras elaboraciones de comportamientos y actitudes racistas, podríamos mencionar algunos autores clásicos pioneros en el surgimiento del aún embrionario comportamiento racista, tales como el francés Georges-Louis Leclerc de Bufón (1707-1788); el médico alemán Johan Friederich Meckle (1724-1774) promotor del racismo ‘científico’, quien después de examinar los cadáveres de dos africanos muertos en la capital prusiana, llegó a la conclusión de que sus cerebros y sangre eran tan negros como su piel; Christianus Emmanuel Hopius con su tesis Anthropomorpha (1760); Pierre-Jean-Marie Flourens (1794-1867) y Paul Topinard (1830-1911), quienes sostuvieron que, con la obra de Buffon, “L'Homme” –Tomo III-, se diferenció la antropología como ciencia independiente; Johan Friedrich Blumenbach (1753-1840), quien en 1775, a los 22 años de edad, publicó su tesis de medicina en la que reunía y sintetizaba los conocimientos del momento en materia de antropología física, y se adhería a la posición monogenista; A. de Gobineau con su obra “La desigualdad de las razas humanas” (1852); H. S. Chamberlain, y otros como Renain, Taine, Le Bon, etcétera.
Pero la frustración y la desesperanza se convierten en rabia, y empieza un combinado ataque retórico desde las esferas del poder esclavista y su intelectualidad positivista en contra de las "razas inferiores". Charles Darwin escribió, en 1859, "Las razas de inferior intelecto están condenadas al exterminio". En 1871 este mismo hombre de ciencia afirmaba que "los gorilas y los hombres salvajes eran las especies intermedias entre los monos y los hombres blancos", y luego apostillaba "en el futuro, las razas civilizadas (...) van a exterminar y reemplazar las razas salvajes".
A partir de algunos decenios posteriores a la divulgación de estas prédicas en Europa, aparecen sus ecos en ciertos círculos de República Dominicana, cuyas prédicas, quizás, darían estímulo o tal vez propiciarían el período del llamado Pensamiento Pesimista Dominicano, el que, desafortunadamente, aún hoy –vergüenza da admitirlo- parece resistirse a ser superado en nuestro país. Pensadores criollos de las primeras décadas del siglo XX promovieron sus valoraciones acerca del comportamiento social dominicano generalmente basadas en supuestas características biológicas de ese pueblo.
Es evidente una cierta coincidencia de estas valoraciones locales con algunos de los postulados europeos. Así, en el libro “Identidad y proyecto de nación” (7) editado en Santo Domingo, por la Fundación Global Democracia y Desarrollo en 2004, Josefina Záiter, doctora en psicología por la Universidad Complutense de Madrid (1985), ofrece una interesante lista de pensadores dominicanos representativos de este período pesimista, de cuya lista tomamos algunos. "Francisco Moscoso Puello –dice la Señora Záiter- , quien en su obra Cartas a Evelina nos presenta al hombre dominicano caracterizado por ser: haragán, inepto, con complejo de inferioridad, desconfiado, pícaro, agresivo, y miedoso, y lo sitúa apresado en sus orígenes étnicos; determinado por ser mulato" (pp. 14-15). Francisco Henríquez y Carvajal (1859-1937) –continúa la Dra. Záiter- , reitera que el dominicano es vicioso, sin práctica gubernativa, habiendo vivido en la precariedad que lo lleva a un lento desarrollo; todas estas características y limitaciones las vincula a la composición étnica del pueblo dominicano".
Naturalmente, las concepciones pesimistas criollas distaban mucho de los grados de rabia y violencia contenidos en los postulados de aquellos europeos racistas del siglo XIX. La tradición histórica de estrechas relaciones criollas entre amos y esclavos fueron infinitamente más benignas y cercanas que aquella tradición de absentistas franceses, ingleses y holandeses quienes generalmente mantuvieron una relación absolutamente distante e impersonal con sus esclavos de las lejanas colonias, conservando la ‘prístina pureza de su raza’ en todo momento, y quienes, posiblemente, estuvieron influenciados por un Herbert Spencer, quien en 1850 escribió: "Las fuerzas que trabajan por el resultado feliz del gran proyecto no deben considerar los sufrimientos de menor importancia. Deben exterminar a esos sectores de la humanidad que estorban su camino (...) Seres humanos o brutos, los obstáculos deben eliminarse" (8). O lectores del francés Charles Louis Secondant, Barón de La Brede y Montesquieu (1689-1755) quien, sobre la esclavitud de los negros escribía en su obra El Espíritu de las Leyes, Libro XV, que: "El azúcar sería demasiado caro si no se obligase a los negros a cultivarla. Esos esclavos son negros de los pies a la cabeza, y tienen una nariz tan aplastada que es casi imposible compadecerlos". Montesquieu concluye con que: "La prueba de que los negros no tienen sentido común, es que prefieren un collar de vidrio a uno de oro (...) Espíritus pequeños han exagerado la injusticia que se comete con los africanos, porque si fuera cierto lo que dicen, ¿cómo no habrían pensado los príncipes de Europa en celebrar un tratado a favor de la piedad y la misericordia?".
Fin de la retórica del comportamiento y de las actitudes racistas. Surgimiento de las nuevas ideologías (racialismo):
Concluida la Era de la formal esclavitud y completados los procesos de Independencia de las excolonias, empieza a generarse en Europa el surgimiento de las nuevas ideologías y los modernos dogmas racistas. La retórica y los argumentos ‘cientistas’ que conformaban la ideología racista con tradición histórica, concluyen.
Para concluir con el señalamiento de estas construcciones que no corresponden a nuestro ámbito dominicano, asomémonos brevemente a sólo una parte de la maraña teórica relativa a unas llamadas doctrinas racistas, sobre las que existen incontables análisis, estudios, textos y ensayos sobre tópicos tan diversos y complejos como: racismo en brotes (eclaté): infraracismo; racismo biologista; determinismo culturalista; racismo estatal y politizado; fobia al mestizaje; racismo identitario; heteroracialización; racismo sin raza, y un largo etcétera. Echemos un vistazo final a algunos autores y sus respectivos textos sobre el tema:
J. Aranzadi: ‘Racismo y piedad’, 1991; T. F. Pawel: ‘La persistencia del racismo en América’, 1992; M. Barker: ‘El nuevo racismo’, Londres, 1981; E. Balibar / I. Wallerstein: ‘Raza, Nación y Clases -Las Identidades Ambiguas’-, París, 1988; F. Savater: La heterofobia como enfermedad moral, Vuelta, 17, No. 205, p. 23-27, Madrid; C. Guillamin: ‘La ideología racista’, París, 1972; M. Wieviorka: ‘L’Espace du racism’, París, 1990; J. Kristeva: ‘Extranjeros de nosotros mismos’, París, 1988; J. Solomos: ‘Raza y racismo’, 1993; M. Wetherell / J. Potter: ‘Cartografía del lenguaje racista’, New York, Harvester Wheatsheaf, 1992, entre otros. En un trabajo aparte quizás podríamos ver los alcances de cada una de estas elaboraciones.
Etiología del racismo:
"La actitud racista traduce todo lo que es histórico en natural. En consecuencia, lo vuelve imposible de modificar". Alberto Burgio. Profesor de Historia de las Ideas. Universidad de Bolonia
Observemos una general y certera definición de racismo:
Partiendo de esa acreditada definición, pensamos, ante todo, que los valores, el comportamiento y las actitudes de un individuo o grupo de individuos, corresponde a su ámbito cultural, y que las características físicas, es decir, el aspecto visual, pertenece a su raza.
Aún hoy pervive ese instinto predador de conquistar y aprovecharse de pueblos e individuos diferentes y débiles. Ese instinto, como atávico olfato visual, es lo que hace que el racista actual crea ver en cada negro a un esclavo en potencia, a un cimarrón escapado, a una mercadería de la que puede reclamar pertenencia.
Es la cultura, no la raza:
"Racismo es la incapacidad del ego para manejar la diferencia". Julia Kristeva
El académico e historiador español contemporáneo Manuel Fernández Álvarez, en su libro Sombras y Luces de la España Imperial, editado en 2004, nos explica que estos requisitos eran:
B- Cuando la justicia imponía tal pena, en caso de gravísimos delitos.
C- Si caía prisionero en guerra justa.
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Notas:
1- Richard Mayne; Los europeos, ¿quiénes somos? ; Plaza & Janes, S. A., Editores, 1972, pp. 45-47.
2- W. Conze; Rasse. Stuttgart, Alemania ; Klett-Cotta, 1990.
3- El Virreinato antillano de Santo Domingo otrora centro neurálgico en el Caribe, fue quedando relegado a mediados del siglo XVI. El historiador cubano Ramiro Guerra Sánchez explica que: "Después de fundados los virreinatos de México y del Perú y de emprendida la conquista de Nueva Granada, de descubierto el canal de la Florida, y de mejor conocidos los mares de las Indias, las corrientes y los vientos del Atlántico, se establecieron nuevas rutas más ventajosas, a virtud de las cuales Santo Domingo dejó de encontrarse en una posición privilegiada". Ramiro Guerra Sánchez; Manual de Historia de Cuba; Cultural, S. A., Habana, 1938, pp. 73-74.
4- C. Guillaumin; L’Ideologie raciste. Genése et language actuel, Paris, Mouton, 1992.
5- Tzvetan Todorov; Nous et les autres : la réflexion francaise sur la diversité humaine. Paris, Seuil, 1989, p.113.
6- Manuel Pimentel; Los otros, los bárbaros. Diario El País, Madrid, España, 2/09/2002.
7- Josefina Záiter; Federico Henríquez Gratereaux; León David; Manuel Maceiras Fafián: Identidad y Proyecto de Nación. Fundación Global Democracia y Desarrollo; Santo Domingo, 2004, pp.14-15.
8- Herbert Spencer; Social Statics, 1850.
9- Citado en: Henry Ford; El Judío Internacional. Editora Latinoamericana, S. A., México, 1960, p. 26
10- César Colino; Racismo; El Correo de la UNESCO, sept. 2001.
11- Idem.
12- The Social Science Encyclopedia, Routledge, 1996. // En la tradición psicoanalítica de interpretaciones de racismo existe una de la búlgara Julia Kristeva (1941): "racismo es la incapacidad del ego para manejar la diferencia": Etrangers á nous-memes, Paris, Fayard, 1988.
13- Luis M. Díaz Soler; Historia de la Esclavitud Negra en Puerto Rico; Editorial Universitaria; Universidad de Puerto Rico; Tercera edición, Barcelona, 1970, p. 17.
14- Ibidem
15- Ibidem
16- Lola Cruz; Mil años de historia de España; Alianza Editorial S. A., Madrid, 2000, p. 153.
17- Alberto Burgio. El racismo mundializado. Entrevista realizada por Ivan Briscoe, periodista del Correo de la UNESCO. Sept., 2001.
18- Manuel Fernández Álvarez; Sombras y Luces en la España Imperial; Espasa Calpe, S. A., Madrid, 2004, p. 89. // Fernández Álvarez se refiere al intercambio de prisioneros por mercancías en las costas occidentales de África en el siglo XVI entre traficantes negreros portugueses y reyezuelos africanos, cuya lista de mercaderías fue compilada por el antropólogo cubano Fernando Ortiz. // La referencia a "prisioneros de guerra" es indicada por Luis M. Díaz Soler en su libro arriba citado. Díaz Soler dice: "Las tribus africanas se enfrascaban en enconadas luchas y los victoriosos tenían miles de prisioneros de guerra de los cuales querían librarse. Cuando el europeo arribó a aquellas playas, recibió aquellos trofeos humanos en venta (...) Se interesaron los portugueses y cargaron con el ébano humano para Europa, p. 18. // La referencia a "negreros portugueses" se explica porque "las rutas africanas permanecían cerradas a favor de Portugal (...) En 1494 Portugal firmaba con Castilla los Tratados de Tordesillas que trazaban una línea imaginaria de polo a polo, por la que el mundo quedaba dividido en dos (...) el Este de dicha línea sería de influencia portuguesa (costas occidentales de África: psr) y el oeste (América, excepto Brasil: psr) de influencia española". Lola Cruz; Ob. cit., pp. 274-275.-
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El precedente texto ha sido registrado en la O.N.D.A. bajo el No.0002123, libro 6, Santo Domingo, República Dominicana.
Pedro Samuel Rodríguez R.
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