¿Dónde ha ido, oh Pedro Mir, aquel país pateado como una adolescente en las caderas?
Probablemente, el mayor desacierto del Estado dominicano en las últimas cinco décadas, ha sido su permanente deficiencia en la sana administración de las libertades conquistadas a partir de 1961
Probablemente, el mayor desacierto del Estado dominicano en las últimas cinco décadas, ha sido su permanente deficiencia en la sana administración de las libertades conquistadas a partir de 1961
El pueblo verdadero:
Al contrastar las informaciones que hoy nos ofrecen los medios de comunicación con la poesía social dominicana escrita en la época de la dictadura y en las décadas posteriores a su desaparición, no podemos evitar preguntarnos si acaso ambas instancias se refieren a un mismo pueblo. Las diferencias de las visiones de estas dos épocas son tan enormes que justifican la duda. Tendremos los mismos asombros si contrastamos las luchas libertarias de ayer con el ‘laborantismo’ político que observamos mediante las micro-historias cotidianas que hoy nos ofrecen dichos medios.
No es nuestro interés el analizar los detalles de un proceso histórico determinado. En el presente escrito mas bien nos limitamos a tratar de interpretar el significado de algunos procesos de la historia dominicana, procurando pasar balance a lo que ella ha producido en el último medio siglo. No dudamos que los detalles respecto a hechos históricos puntuales poseen una insustituible utilidad. Sin embargo, ellos no son suficientes para ayudarnos a comprender lo que la historia produce como precipitado, en el largo tiempo. Tampoco son adecuados para señalarnos el sentido ni la dirección del sendero por el que la nación ha transitado y transita. Esto no es de su necesaria competencia. No obstante, si intentamos interpretar determinado proceso de la historia en el largo tiempo, entonces efectivamente podríamos auxiliarnos en la comprensión de muchas de nuestras realidades. Y es que quien sólo se ocupa del detalle histórico está condenado a perderse en el.
Así, haciendo un ejercicio de interpretación histórica; hoy, a cincuenta años de desaparecido el último régimen dictatorial, quienes hemos tenido la oportunidad de ver -siendo aun niños- los comienzos de las luchas libertarias a partir de la caída de la era de Trujillo hasta el presente, podemos hacer algunas reflexiones respecto a las diferencias del pueblo dominicano de ayer y el de hoy.
Tales reflexiones, sin embargo, podrían conducir a muchos hacia una desafortunada conclusión: el rostro del pueblo dominicano mayoritario que hoy vemos en los medios y palpamos a diario, luce ser el legítimo, el verdadero y auténtico, con todas sus virtudes y con todos sus defectos; sin las ataduras ni las máscaras que ayer le obligaba exhibir el régimen opresivo de Trujillo. Inextricablemente, la exacta naturaleza de este pueblo se nos muestra hoy diáfana, tal y como verdaderamente es -y probablemente siempre ha sido-, fiel a las particularidades con las que su peculiar historia le ha conformado. Así, para muchos, no deja de resultar triste el comprender que antes de que ese pueblo viviera la libertad que en los últimos 50 años ha conquistado, podía haber dudas respecto a cuál era su aspecto real; podía incluso ser idealizado, poetizado y sublimizado ¿Quién hoy lo haría? Reiteramos que a un importante segmento social le es doloroso admitir que ya no puede haber lugar a equívocos respecto a que nuestro pueblo mayoritario, innegable y cierto, es este que hoy vemos, no el de ayer cuando la presión de la dictadura le hacía mostrar la falsedad de un disfraz de sólo disciplina, honradez, moralidad y trabajo. En efecto, hoy, a 50 años de Trujillo, ese pueblo nos muestra sus rasgos genuinos, su naturaleza verdadera, y para verificarlo, el lector sólo tiene que abrir cualquier diario, escuchar la radio o ver los noticieros televisivos del presente ¿Para qué abundar en argumentos si el espejo de esas historias cotidianas está al alcance de todos?
En otro orden, mediante el ejercicio de medio siglo de libertades conquistadas, este pueblo mayoritario de la base de la pirámide social, lo vemos dándose los gobiernos que él considera adecuados y cambiándolos acorde a la medida de sus particulares expectativas y visiones. Se trata, pues, de un proceso de indiscutible avance social; pero a la vez, es necesario admitir que ese proceso lleva incluído unos necesarios costos. La llamada inversión de valores sociales -por ejemplo- tiene su residencia en ese proceso, y es esa inversión la justa expresión de tales costos. No obstante, y pese a ese costo, ello no deja de representar una dinámica de avances imposible de articular en dictadura.
Así, nuestro proceso dinámico de avances sociales ha ido conformado, a su vez, unas novedosas y particulares formas de hacer política. Se trata de que el grueso de nuestra clase política de las últimas décadas tiene en ese pueblo mayoritario su gran capital. Y así, para esa clase, este conglomerado social mayoritario ya no está compuesto de millones de ‘nobles y sufridos pobres’ sino de millones de útiles votantes. Es un capital que esa clase cuida con celo y esmero. Consecuentemente, a 50 años de desaparecida la dictadura, el grueso de nuestra clase política no arriesga su capital presionando a ese pueblo para que cambie comportamientos ni dañinos hábitos ni tratando de disciplinarlo o educarlo ni instándolo a pagar la electricidad que consume ni tomando efectivas medidas para que acate normas de urbanidad o aplicando consistencia en las leyes de tránsito. Prefieren evadir compromisos con permanentes y lesivos subsidios. Y es que en el ejercicio de esa novedosa forma de hacer política, tales medidas -arguyen- podrían provocar la pérdida de votos, o sea, la pérdida de su más preciado y único capital. Ejerciendo esa particular concepción, resulta que para esa clase política, mientras más indiferente y relajado sea su actuación frente a su masa de votantes, mejor podría resultar a sus intereses. Entretanto, debe aquí también señalarse que la permanente deficiencia en la sana administración de las libertades conquistadas a partir de 1961 ha sido probablemente el mayor desacierto del Estado dominicano en los últimos cinco decenios.
Y así sucede que a 50 años de Trujillo, la prolongación de esa novedosa praxis política podría arrastarnos a una perniciosa pendiente, en el entendido de que si eventualmente el creciente temor de nuestra clase política a perder su capital (sus votos) nos condujese a la necesidad de sustentar nuestra gobernabilidad en una estructura de libertades extremas y generalizadas, ello entonces nos acercaría a unos límites donde quedaría la nación atrapada en un despeñadero sin retorno en donde muy poco sería lo que pueda ser salvado. Hoy, ciertamente, la sociedad dominicana en su conjunto ha estado aceptando pagar en Inversión de Valores el costo de nuestro actual proceso de avances, pero sería inaceptable, absurdo, desproporcionado y suicida el que esa evenual estructura se instale como un costo adicional a pagar por tales avances.
Así, nuestro proceso dinámico de avances sociales ha ido conformado, a su vez, unas novedosas y particulares formas de hacer política. Se trata de que el grueso de nuestra clase política de las últimas décadas tiene en ese pueblo mayoritario su gran capital. Y así, para esa clase, este conglomerado social mayoritario ya no está compuesto de millones de ‘nobles y sufridos pobres’ sino de millones de útiles votantes. Es un capital que esa clase cuida con celo y esmero. Consecuentemente, a 50 años de desaparecida la dictadura, el grueso de nuestra clase política no arriesga su capital presionando a ese pueblo para que cambie comportamientos ni dañinos hábitos ni tratando de disciplinarlo o educarlo ni instándolo a pagar la electricidad que consume ni tomando efectivas medidas para que acate normas de urbanidad o aplicando consistencia en las leyes de tránsito. Prefieren evadir compromisos con permanentes y lesivos subsidios. Y es que en el ejercicio de esa novedosa forma de hacer política, tales medidas -arguyen- podrían provocar la pérdida de votos, o sea, la pérdida de su más preciado y único capital. Ejerciendo esa particular concepción, resulta que para esa clase política, mientras más indiferente y relajado sea su actuación frente a su masa de votantes, mejor podría resultar a sus intereses. Entretanto, debe aquí también señalarse que la permanente deficiencia en la sana administración de las libertades conquistadas a partir de 1961 ha sido probablemente el mayor desacierto del Estado dominicano en los últimos cinco decenios.
Y así sucede que a 50 años de Trujillo, la prolongación de esa novedosa praxis política podría arrastarnos a una perniciosa pendiente, en el entendido de que si eventualmente el creciente temor de nuestra clase política a perder su capital (sus votos) nos condujese a la necesidad de sustentar nuestra gobernabilidad en una estructura de libertades extremas y generalizadas, ello entonces nos acercaría a unos límites donde quedaría la nación atrapada en un despeñadero sin retorno en donde muy poco sería lo que pueda ser salvado. Hoy, ciertamente, la sociedad dominicana en su conjunto ha estado aceptando pagar en Inversión de Valores el costo de nuestro actual proceso de avances, pero sería inaceptable, absurdo, desproporcionado y suicida el que esa evenual estructura se instale como un costo adicional a pagar por tales avances.
Un sistema político al centro del histórico péndulo de contrastes:
Habría, sin embargo, una fórmula simple para evitar un desacierto de esa magnitud. Esa fórmula consistiría en darnos como sociedad un novedoso e inédito Sistema Político Intermedio que no toque los extremos. Veámoslo de este modo: si el pueblo dominicano ya ha conocido y sufrido la dictadura, y si hoy rozamos los límites de una extrema libertad, entonces esa condición representa una cierta esperanza, en vista de que aún nos falta por conocer, implementar y vivir un novedoso Sistema Político Intermedio, es decir, un sano y efectivo sistema compuesto a la vez de libertad y estricto apego a las leyes.
Nos falta por conocer ese inédito sistema equilibrado, es cierto; pero es evidente que el liderazgo político no lo oferta porque, muy probablemente, ese liderazgo no percibe las señales de tal exigencia desde el conglomerado mayoritario de votantes.
Nos falta por conocer ese inédito sistema equilibrado, es cierto; pero es evidente que el liderazgo político no lo oferta porque, muy probablemente, ese liderazgo no percibe las señales de tal exigencia desde el conglomerado mayoritario de votantes.
Si acometemos el examen de los motivos por los que el conglomerado mayoritario de votantes no exige ese novedoso sistema, podríamos toparnos con una elemental y a la vez desesperanzadora razón: porque probablemente nuestro pueblo no posee aun la capacidad de concebirlo ni asimilarlo y, por tanto, continúa paralizado en su conocido péndulo de contrastes. Se trata pues, de que como cada historia produce las características y las capacidades particulares de su correspondiente pueblo, entonces nuestra historia, a causa de que es aún relativamente corta y en extremo compleja, no ha producido al interior de ese pueblo la requerida madurez que le capacite para generar las condiciones requeridas para que él conciba, implemente y exija tal novedoso sistema. En otras palabras; probablemente, a nuestro pueblo dominicano mayoritario de hoy, un novedoso sistema político de esa naturaleza aún le resulte avanzado y fuera de su conocido ámbito de contrastes.
Existe, sin embargo, una porción minoritaria de este mismo pueblo que sí posee esa capacidad, que sí lo requiere y que sí lo concibe, pero su condición de segmento social minoritario le incapacita para protagonizar las acciones para el logro de esa implementación.
El circuito de relaciones compuesto por pueblo y gobierno:
Partiendo de una particular concepción, creemos que los pueblos no son necesariamente hechura de sus gobiernos ni producto de sus instituciones; más bien es al revés: la naturaleza de los gobiernos y de las instituciones son el fiel reflejo del pueblo mayoritario. A la clase que gobierna en libertad simplemente se le facilita el adaptarse a la naturaleza y al funcionamiento del conglomerado mayoritario de votantes. Así, la forma de gobernar es un producto del pueblo y así la naturaleza de las instituciones es el aporte de la naturaleza y del funcionamiento de ese pueblo mayoritario y no al revés.
Es también cierto que en base a métodos opresivos, las dictaduras pretenden hacer cambiar esta relación pero al final se demuestra que ello no funciona. Tan pronto concluye la opresión -por la vía que fuere- el pueblo ya liberado de sus ataduras muestra su rostro real y exhibe sus verdaderas capacidades y visiones. Es ese rostro y esas capacidades del pueblo dominicano lo que hoy vemos en forma nítida; no aquel que el dictador quería presentar. Así, por consecuencia; hoy, la naturaleza del laborantismo político, la naturaleza de nuestras instituciones y de nuestra forma de gobernar son reflejo y producto de la naturaleza de ese pueblo mayoritario que vive en libertad. Ayer, la naturaleza de las instituciones y de la forma de gobernar fue el reflejo y el producto del dictador.
Los nudos (las desigualdades) que una historia común configura no son fáciles de desatar. Hay que comprender la incapacidad de nuestra clase política liberal de las últimas décadas para bregar con ello. La vía más fácil es la que esa clase ha tomado; esto es, montarse en un funcionamiento ancestral y colectivo para su propio beneficio. El circuito entonces está condenado a repetirse. Es por ello que la evolución social se nos presenta excesivamente lenta; pero es esa nuestra verdadera evolución, no otra.
El rostro del pueblo que vemos en los noticieros de cada día es la conclusión de procesos de corte liberal de los últimos 50 años. Así, esas políticas liberales han aportado la resultante socio-histórica que hoy nítida y fielmente observamos. Se trata de una resultante en perfecta consonancia con la naturaleza histórica de ese pueblo. No podía ser diferente.
En este mismo sentido es necesario acotar que en la observación del funcionamiento y de las expresiones del verdadero pueblo dominicano actual no debe haber lugar a juicios de valores. Ese pueblo de hoy no es bueno ni malo, simplemente ES y así se presenta. Tampoco puede decirse que está equivocado ni que hace teatro. En libertad está actuando y expresándose acorde a la legítima naturaleza con la que su historia de más de cinco siglos le ha conformado.
Las actuales generaciones tenemos la oportunidad de conocer a nuestro pueblo verdadero. Se trata de nuestro particular escalón en el ascenso de nuestra dinámica social; es nuestra evolución como pueblo que vive en libertad.
Ciertamente, en sociedades como la dominicana la libertad prolongada tiene sus costos pero ella representa una evolución imposible de implementarse en dictadura. La dictadura pretende una revolución no natural: propone que el pueblo evolucione aceleradamente en base a presiones, asfixiando las expresiones de su naturaleza histórica y presentando unas máscaras que no les son propias. Por eso la dictadura es innatural. La historia de Austria –por ejemplo- ha dado al pueblo austríaco una definida naturaleza. Es obvio que las presiones que una dictadura haya ejercido en el pueblo dominicano nunca podrían haber dado por resultado una naturaleza austríaca a nuestro pueblo. Nuestra historia nos ha aportado una legítima, única e intransferible naturaleza. Podría –eso sí- pretenderse un relativo aceleramiento de los procesos de un determinado pueblo en base a mejorar aspectos sociales, económicos, culturales y axiológicos, pero no tiene utilidad soñar con cambios aparatosos ni aquí ni en otra geografía. Algunos dictadores a veces pretenden que ocurran milagros. Es por ello que no hay cosa más equivocadamente patriótico y nacionalista que algunos sistemas dictatoriales. Desde una perspectiva socio-histórica, las dictaduras son parte de la evolución de sus pueblos, una de las fases del histórico péndulo.
Fracaso de dictadores y revolucionarios:
Fracaso de dictadores y revolucionarios:
Unos fracasaron con sus métodos dictatoriales y otros en sus proyectos revolucionarios. Probablemente ambos, en su fuero interno buscaban objetivos parecidos aunque por vías completamente diferentes, esto es: acelerar la evolución del pueblo. El concreto resultado de ambos procesos ha sido el que vemos. Parece que la evolución no se deja acelerar fácilmente; ella mantiene su propia marcha.
Una parte de los individuos que hace cinco decenios lucharon para que el pueblo dominicano alcanzase la libertad que hoy disfruta, no debería mostrar la decepción que a veces en ellos se manifiesta. Los frutos de su sacrificio son los que hoy vivimos y palpamos; ni más ni menos. Se hace necesario comprender que el órgano social que ha sido beneficiario de la libertad conquistada -el pueblo dominicano mayoritario- ha agregado a ella el aporte de su naturaleza peculiar. Esa naturaleza ha sido configurada por la historia que lo ha conformado en el decurso de más de cinco siglos. A 50 años de la desaparición de nuestro último dictador, es este el producto humano que hoy observamos actuando en libertad sin ataduras ni máscaras. Ese pueblo dominicano de hoy y de siempre no es producto de Trujillo. Ya existía 438 años antes de que éste tomara el poder en 1930. Los 30 años de esa dictadura no pudieron haber producido radicales mutaciones en un pueblo de esa edad.
Probablemente la decepción de algunos de los luchadores que sufrieron encarcelamiento, torturas e inenarrables sufrimientos se deba a unas erradas expectativas en el curso de su lucha. Posiblemente no midieron la real dimensión de su empresa al no tomar en consideración que liberaban fuerzas históricas de la base mayoritaria de un pueblo sumergido por siglos que arrastrando todas sus limitaciones y carencias, presionaría por la participación. Las expectativas de estos dignos luchadores quizás les hacía creer que liberaban exclusivamente las ataduras del segmento social de Clase Media-alta a la que probablemente pertenecía la mayoría de ellos. Y es que, a largo plazo, los alcances de su lucha contenían un rango de influencia mucho más amplio que los sacudimientos sociales esperados. Tal vez no concibieron que el histórico pueblo mayoritario no se quedaría fuera de los tránsitos, de las promociones y de los movimientos que estos héroes y mártires iniciaban. Cinco decenios ha sido lapso propicio para que el tiempo obrase como aliado de ese pueblo sumergido, excluído e informe. Con sus luchas y sacrificios, nuestros libertarios provocaban el quizás más importante de los movimientos sociales en el discurrir de nuestros más de cinco siglos de historia: el inicio de la masiva e inédita presencia del pueblo mayoritario en toda la geografía de la nación y sus correspondientes posibilidades de promoción social. Obviamente ya hemos señalado que esa formidable revolución social tiene sus costos. Algunos de tales costos aparecen en la prensa diaria, en la TV y en las micro-historias cotidianas del presente. Esos costos los pagamos cada día, con asombro y rabia o sin ellos. Es probable que esos costos sean los que hoy producirían cierta decepción en algunos de aquellos sacrificados luchadores libertarios de ayer. Es curioso que a veces dictadores y revolucionarios terminen en frustación. Para evitar esa decepción probablemente habría de comprenderse y admitirse la existencia de una suerte de lección que obra desde fuerzas históricas autónomas no manipulables.
En este punto se hace necesario volver a machacar en lo que hemos mencionado en escritos anteriores: en el largo plazo, nuestra dinámica histórica fue conformando unas desigualdades y unas inequidades sociales paralelas compuestas en su origen por factores divergentes encarnados en individuos que en la colonia fungían en funciones en extremo contrastantes tales como un colectivo humano minoritario de funcionarios, amos y dirigentes compuesto de individuos provenientes de la metrópoli (España) y un conglomerado mayoritario de esclavos provenientes de Africa. En adición a ello hubo un adicional conglomerado compuesto por la mezcla de ambos. Con el paso de los siglos y las generaciones esa estructura social, aun hoy en proceso de cohesión, provocó la conformación de matrices culturales y desigualdad económica contrastantes al interior de un mismo pueblo. Y así, por siglos y generaciones esa masa humana mayoritaria estuvo postergada, sumergida e invisible mientras los descendientes de los colectivos que fungían en función de dirigentes mantuvieron el protagonismo cultural y axiológico hasta tiempos recientes. Es esa la dinámica que produce los costos sociales que expresados en Inversión de Valores, hoy pagamos. Es ese inacabado proceso de cohesión social lo que, además, nos imposibilita la implementación de un sistema político ubicado en medio de los contrastes del histórico péndulo mencionado.
Reiteramos que, los luchadores por la libertad a que nos hemos referido, desataban - quizás sin proponérselo- las fuerzas históricas que provocarían la masiva presencia popular del conglomerado humano mayoritario que hoy observamos. Por vez primera en nuestra historia los patrones culturales divergentes y la contrastante inequidad económica coinciden estrechamente en el territorio de la nación produciendo los costos que hoy necesariamente debemos continuar pagando.
Es probable que la histórica decepcién de muchos de nuestros luchadores libertariose ocurre cada vez que en nuestra nación un segmento social expulsa un régimen opresivo y se inaugura un período en el que se disfruta de nueva libertad. Si esa libertad no es adecuadamente asumida y roza límites que provocan desestabilización política -como ha ocurrido-, los que lucharon por ella saben que se preparan las condiciones para el próximo régimen opresivo. Así, la formidable explosión social que representó las triunfantes Gestas Restauradoras abrió paso al período de unas breves libertades que devino en desestabilización y concluye en la dictadura de Lilís. A la muerte violenta de éste el pueblo vuelve a disfrutar de un corto período de nuevas libertades que divino en nueva desestabilización abriendo el camino hacia la ocupación norteamericana y posteriormente al régimen de Trujillo. Esto es: el péndulo histórico tocando los extremos.
Reflexiones finales:
Reflexiones finales:
Hoy, a 50 años de desaparecido el último de nuestros dictadores nos podríamos hacer las siguientes preguntas: ¿Estamos -acaso sin proponérnoslo- preparando las condiciones para nuestro próximo régimen opresivo, es decir para que nuestro péndulo histórico se desplace al otro extremo? ¿Estamos sólo en pleno ejercicio de una inédita aunque costosa pedagogía colectiva de avances, y nada más? ¿O acaso vivimos el principio de la desaparición de la sociedad dominicana tal y como históricamente se venía conformando? Si alguien pudiese hacer un balance del resultado neto de los cambios de nuestro pueblo en este último medio siglo, ¿qué se haría más evidente: las virtudes o los defectos?
Tal vez los buenos augurios nos eviten la repetición de aquel circuito repetitivo de contrastes si pudiésemos inaugurar un sistema político como el ya mencionado consistente en el definitivo abandono de los contrastes, abrazando la parte central de nuestro péndulo histórico de extremos contrastas, o quizás la obligada elaboración reflexiva que necesitamos para implementarlo nos auxilie eficazmente en, al menos, la comprensión de nuestra dinámica socio-histórica.
Tal vez los buenos augurios nos eviten la repetición de aquel circuito repetitivo de contrastes si pudiésemos inaugurar un sistema político como el ya mencionado consistente en el definitivo abandono de los contrastes, abrazando la parte central de nuestro péndulo histórico de extremos contrastas, o quizás la obligada elaboración reflexiva que necesitamos para implementarlo nos auxilie eficazmente en, al menos, la comprensión de nuestra dinámica socio-histórica.
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