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15.12.16

Orbe 15

ISSN 1994-4365
Orbe: (Del lat. orbis) 1.m. Redondez o círculo . 2.Esfera celeste o terrestre
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ORBE, SIGLO QUINCE
A partir del arribo de naves europeas a la isla La Española a finales del Siglo Quince empieza a perfilarse la certeza de la forma esférica del planeta (Esfera terrestre) y a completarse el mapa del mundo. Las culturas de tres continentes (América, Europa, Africa) coinciden en esa isla-puente y desde allí se propician las bases logísticas para inéditas incursiones a Tierra Firme. La Edad Media inicia su declive y la humanidad inaugura un período de asombros -de sombras y de luces- que va abriendo paso a la Edad Moderna, a la Epoca Contemporánea y a la proyección de una Post-modernidad que recién empieza a proclamarse.


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12.1.16

EL ANTI-HAITIANISMO DOMINICANO Y EL ANTI-DOMINICANISMO HAITIANO



Pedro Samuel Rodríguez R.

El llamado anti-haitianismo dominicano y el anti-dominicanismo haitiano tienen orígenes divergentes. El anti-haitianismo histórico dominicano se genera en las luchas por la existencia misma del pueblo dominicano frente al Estado haitiano agresor a lo largo de gran parte del siglo XIX  como histórico y necesario patriotismo defensivo. El anti-dominicanismo haitiano tuvo su génesis en la frustración y la rabia de los dirigentes haitianos cuando generales dominicanos detuvieron sus aspiraciones de expansión territorial y exterminio de la población dominicana en ese mismo siglo XIX.

Se facilitaría un proceso de distensiones entre los dos Estados si ambos lograsen comprender el origen del anti-haitianismo dominicano y la génesis del anti-dominicanismo haitiano.

El propósito del presente escrito es tratar de llevar el necesario conocimiento de los hechos históricas que han alejado a República Dominicana y la República de Haití y con ese conocimiento ambos pueblos podrían intentar el inicio de un proceso que desmontara prolongados desencuentros y promover, si fuere posible, una cooperación que logre defendernos de los enemigos comunes externos del siglo XXI, de los efectos del cambio climático; facilitar la coordinación del control de enfermedades en ambos lados de la isla; hacer más fluido el comercio entre ambas naciones, y otros muchos temas de interés mutuo.

Algunos historiadores dominicanos contemporáneos (F. Moya Pons) plantean la tesis de que en República Dominicana existen dos tipos de anti-haitianismos, a saber: 1) el anti-haitanismo histórico, generado por una historia de agresiones haitianas a nuestro territorio, y 2) el anti-hatianismo de Estado, propiciado por el Estado dominicano y las élites de poder. En el presente escrito nos dedicamos al primero, es decir, al llamado anti-haitianismo histórico; el cual creemos, ha sido el verdaderamente determinante.

El llamado anti-haitianismo histórico dominicano no ha sido un simple capricho ni un elemental racismo como algunos piensan sino consecuencia de las innumerables invasiones, secuestros, degüellos, crímenes, incendios, planes de exterminio de la población blanca y mulata dominicana, y de todas las agresiones de los ejércitos de Haití al territorio dominicano desde el inicio del siglo XIX. Por tanto, el anti-haitianismo histórico dominicano no es nada nuevo; hunde sus raíces en unos escenarios de agresiones iniciados hace más de 200 años, cuando Haití era una nación poderosa, intimidante y expansionista.

Para cualquier interesado, un simple examen de las relaciones de ambas naciones demuestra que los culpables del origen de ese histórico Patriotismo Defensivo o anti-haitianismo histórico dominicano han sido las acciones del Estado haitiano y sus dirigentes en el curso de gran parte del siglo XIX, como trataremos de examinar más adelante.

Si los dirigentes haitianos de hoy lograsen deshacerse de la fantasía de aquel ya inexistente poder intimidante y expansionista  del siglo XIX y se sinceraran en cuanto a su enorme atraso generalizado, entonces darían un enorme paso de avance para iniciar su propio desarrollo.

MEMORIA HISTORICA DOMINICANA Y MEMORIA HISTORICA HAITIANA:

Ambas memorias históricas tienen orígenes contrapuestos. Aunque el dominicano común de hoy no conozca a cabalidad la historia de su nación, su memoria histórica no logra borrar los hechos horrendos sucedidos a sus antepasados a lo largo de gran parte de ese siglo XIX. Esa memoria se fue conformando a partir de las narraciones de las víctimas a sus hijos desde 1801 y luego los mismos hijos fueron víctima de otras agresiones haitianas posteriores y todo aquello fue transmitiéndose oralmente de generación en generación y por eso es entendible que el anti-haitianismo, en función de Histórico Patriotismo Defensivo, aún subyace en el inconsciente del dominicano.

Por su parte, y en este mismo contexto, la memoria histórica haitiana se genera cuando los ancestros de los haitianos de hoy eran poderosos dirigentes que alegaban necesitar adueñarse de todo el territorio insular como medida de ampliar su zona geográfica de seguridad contra las potencias esclavistas. Esa expansión era, en efecto, a expensas del territorio dominicano. Tan poderoso era Haití que los altos dirigentes de la Confederación de La Gran Colombia le solicitaban ayuda material para luchar contra España en su período emancipador. Todo ese proceso generó en los haitianos una memoria histórica con ínfulas de grandeza, expansión y victorias, pero como esos delirios de grandeza fueron frustrados por las derrotas infligidas por Pedro Santana y otros prohombres dominicanos, se genera entonces el anti-dominicanismo haitiano.

Como puede observarse, lo contrapuesto de ambas visiones consiste en que el llamado anti-haitianismo dominicano es fruto de las luchas del pueblo dominicano por existir frente a los dirigentes haitianos en el siglo XIX, mientras el anti-dominicanismo haitiano es expresión de rabia por la frustración de no haber podido satisfacer sus deseos de dominio permanente de un territorio ni exterminar su pueblo: el dominicano.

Lo equivocado consiste en que hoy en día algunos dirigentes haitianos han prolongado hasta el presente aquellos tiempos de grandeza que tuvieron en el siglo XIX y continúan actuando como si Haití aún conservara aquel pasado poderío.

BREVE RECUENTO DE LAS AGRESIONES HAITIANAS QUE FOMENTARON EL LLAMADO ANTI-HAITIANISMO HISTORICO DOMINICANO:

La simple lectura del rosario de agresiones haitianas al pueblo dominicano en el siglo XIX, convencería al lector de las razones que generaron ese anti-haitianismo histórico dominicano. Veamos:

1- la injustificada invasión de Toussaint Louverture a Santo Domingo en 1801 y su secuela de ejecuciones, sangre y terror.
2- los innecesarios degüellos, incendios y secuestros de Moca y Santiago por las tropas de Dessalines, Crhistopher y Moyse en 1805.
3- los 22 años de ocupación de nuestro territorio por el general haitiano Boyer desde 1822 hasta 1844.
4- las cinco invasiones de los ejércitos haitianos ocurridas a partir de nuestra independencia (o Separación) de Haití en febrero de 1844.

Después de este breve recuento, tomemos en consideración que ni el ejército ni el Estado dominicano traspasaron la frontera ni agredieron Haití en su territorio ni fueron expansionistas ni tuvieron planes de exterminar la población haitiana. Todas las agresiones han tenido una sola dirección: desde el Oeste (Haití) hacia el Este (República Dominicana).

Si Haití y sus elites mantuvieron la permanente obsesión de tomar nuestro territorio y de exterminar nuestra población blanca y mulata y la República Dominicana solo aspiraba a defenderse para sobrevivir, entonces el surgimiento de un sentimiento anti-haitiano era lo mínimo que podía esperarse de toda esa historia.

LOS AÑOS DE LA EXALTACION DEL PODER HAITIANO:

Para explicar el origen fundacional del anti-haitianismo histórico dominicano bastaría con centrarnos en las terribles ejecutorias del Emperador haitiano Faustino Soulouque en su empeño por exterminar la población dominicana blanca y mulata. Se trataba de su “solución final” a lo que él consideraba “el problema de la población de la parte española de la isla”, así como su obsesión en tomar nuestro territorio a toda costa. Fueron éstos los años de la mayor exaltación de poder de los dirigentes del vecino Haití y, por consecuencia directa, fueron también éstos los tiempos de la consolidación de ese Histórico Patriotismo Defensivo o anti-haitianismo dominicano.

Para exponer algunos detalles de aquella Era de poder haitiano y garantizar imparcialidad en las informaciones, no utilizamos fuentes dominicanas ni haitianas sino la correspondencia oficial de los cónsules extranjeros acreditados en Santo Domingo que, como testigos presenciales, informaban a sus respectivos gobiernos de lo que ocurría en Santo Domingo.

Veamos: El 13 de abril de 1849, en correspondencia del Agente Comercial norteamericano en Santo Domingo, Mr. Green, éste informaba a su gobierno en Washington, lo siguiente:

“La mayor consternación y alarma prevalece aquí debido a que el Presidente Haitiano Soulouque está a dos días de marcha para llegar a esta ciudad teniendo bajo su mando a diez mil negros; éste ha ordenado el exterminio de todos los blancos y mulatos y ha vencido a los dominicanos en todos los combates. Mi residencia ya está totalmente llena de mujeres atemorizadas”. (1)

Por su lado, Victor Place, cónsul francés en Santo Domingo, también informaba a su Canciller en París sobre estos dramáticos acontecimientos de abril del 49:

“Los haitianos se hicieron maestros de la situación en Azua y el ejército dominicano se dispersó. Un gran número de soldados desaparecieron adentrándose en la espesa foresta de la isla, donde ellos saben por mucho tiempo no serán buscados (…) Nadie puede dar una idea del terror que se apodera de la situación. La ciudad se colma de mujeres y niños que llegan desde las Matas, San Juan, de Azua, Baní y de San Cristóbal. En menos de cuatro días las casas han quedado atestadas y todos esos desdichados que han llegado sin provisiones han provocado una especie de escasez, tanto más grande cuando se considera que casi nada se ha traído del campo, al formar parte, la gran mayoría de los agricultores de ese disperso ejército. Previendo situaciones parecidas, reuní en mi casa algunas provisiones de harina, arroz, maíz, pollo, cordero, etc., pero ante una miseria tan grande, no he podido resistir y he hecho ya distribuciones a esos desdichados que mueren de hambre. Continuaré haciéndolas mientras me quede algo. ¿Pero qué nos pasará si este estado de cosas se prolonga?”. (2)

Poco antes, el 10 de febrero de ese mismo año de 1849, el recién llegado Cónsul de Gran Bretaña en Santo Domingo, Robert Schomburgk, había informado a su Canciller en Londres, Lord Palmertson, lo siguiente:

“Desembarqué en Sto. Domingo el 20 de enero y confirmé que los reportes de la invasión estaban confirmados por los hechos; por lo que la joven República Dominicana, quien tiene ya que luchar con numerosas dificultades respecto a sus asuntos financieros, se ha visto obligada a aumentar considerablemente su Ejército permanente con el fin de repeler la invasión. Por lo que he podido averiguar del Ministro de Guerra, hay unos 4,000 dominicanos en la frontera y se han embarcado 200 hombres más para Azua, y otros los seguirán (…) y debo agregar que el Presidente ha emitido una proclamación general para armar a todos los dominicanos de la edad de 12 años a 60 años. Parece ser la opinión general, fundada en anteriores acciones hostiles entre Haitianos y Dominicanos, que el ejército de estos últimos aunque numerados sólo en 4,000 hombres, podrán muy bien rechazar las fuerzas de Soulouque, si este sólo marcha [con] 12,000 hombres desde Puerto Príncipe, porque debilitados por enfermedades y deserciones probablemente no más de 8,000 llegarán a la frontera dominicana”. (3)

EL HISTÓRICO PATRIOTISMO DEFENSIVO DOMINICANO:

Pero hubo un cambio total de la situación. Entre el 17 y el 21 de abril de ese mismo año, sorpresivamente los dominicanos bajo el mando de Pedro Santana detienen los triunfos haitianos en el encuentro de El Número y en la batalla de Las Carreras los derrotan totalmente. Así lo comunica el agente norteamericano, Mr. Green, a su gobierno, el 2 de mayo de ese mismo año de 1849, cuando despachaba el siguiente mensaje:

“Debo informarle a Ud. que el ejército haitiano bajo el mando de Soulouque ha sido batido y derrotado en todas partes”. (4)

En el mismo tenor, el Cónsul británico Schomburgk informaba a su Canciller que:

“Los dominicanos, bajo el General Santana han derrotado a los haitianos, quienes continuamente retroceden en su huida hacia la frontera. Azua ha sido retomada y las Tropas dominicanas están en persecución de sus enemigos. Antes de la ocurrencia de este logro inesperado, la ciudad [de Santo Domingo] estaba bajo la más grande aprehensión y se creía generalmente que nada podía impedir que el Presidente Soulouque apareciera en Santo Domingo”. (5)

Víctor Place, Cónsul francés en Santo Domingo, también informaba a su Canciller en París: “El general Santana tomó la ofensiva y abatió completamente a los haitianos que abandonaron Azua y están actualmente en plena huida”. (6)

SOULOUQUE, SEDIENTO DE LA SANGRE DE LOS EXTENUADOS DOMINICANOS:

Pero a escasos dos meses de estas derrotas de abril de 1849, el presidente haitiano Soulouque, avergonzado y furioso, ya preparaba su nueva invasión a Santo Domingo; su guerra de exterminio definitiva, como él la llamaba. Esto puede verse en correspondencia del cónsul francés en Santo Domingo, Victor Place, a su canciller en París, del 2 de junio de 1849:

“Usted sabe, a través de la correspondencia del Cónsul General [francés] en Puerto Príncipe, que quizá esta ocasión esté próxima. El Presidente Soulouque anuncia públicamente que él se prepara a un último esfuerzo para una guerra de exterminio. Quiere, según lo que ha publicado, aniquilar a todo aquel que no sea de raza africana (…) y que debido al interés que hemos testimoniado a la República Dominicana, ellos van a convertir a esta bella isla en una nueva Guinea”. (7)

En marzo del próximo año (1850) siendo Soulouque Emperador, el mismo Canciller francés envía desde París una carta a su homónimo el Canciller británico en Londres, y entre otras cosas le decía:
“Veo por la correspondencia del Sr. Raybaud, Cónsul General [francés] en Puerto Príncipe, que el Emperador Soulouque está más sediento que nunca de la sangre de los dominicanos. Acaba de comprar un vapor de guerra y trataba la adquisición de un segundo barco, de dos corbetas y para el aprovisionamiento para una masa de 30,000 hombres que él tiene proyectado lanzar sobre el territorio dominicano ya sea por mar o por tierra. La abundancia de la última cosechad de café le han dado los recursos necesarios para esta expedición. Es de temer que los dominicanos, extenuados ya por una lucha tan grande y desproporcionada, esta vez sucumba, si no se deciden lanzarse a los brazos de los Estados Unidos, el cual, si damos fe a los rumores, les habrían hecho propuestas”. (8)

No obstante a que los dominicanos habían vencido continuamente a los haitianos, éstos parece que no tenían otra cosa más útil por hacer que no fuera después de cada derrota volver a preparar la próxima invasión a sus vecinos del Este.

¿Cómo evitar que tanta agresión del Estado haitiano se infiltrara en el tejido social dominicano y se aposentara en su memoria histórica? No obstante, ese llamado anti-haitianismo histórico no se ha dirigido necesariamente hacia el pueblo haitiano llano sino a su Estado y a sus élites, quienes, aún hoy en día, continúan mostrando las mismas ínfulas de poder como si estuviesen en aquel siglo XIX de grandeza imperial. Como muestra de la existencia y de la prolongación de ese anti-dominicanismo histórico haitiano solo hay que observar las permanentes actitudes prepotentes de sus autoridades hacia la nación dominicana de hoy; su falta de colaboración y sensatez.

REPÚBLICA DOMINICANA BUSCÓ MEDIADORES QUE GARANTIZASEN LA PAZ CON LOS GOBIERNOS DE HAITI:

En 1849, apenas cinco años después de la independencia (o Separación) de Haití, República Dominicana, aunque había rechazado y vencido en cada invasión, ya cansada de tanta guerra impuesta por los haitianos, anhelaba la paz definitiva y para ello convoca a las poderosas naciones del momento (Francia, Inglaterra y Estados Unidos) para que fuesen mediadoras y garantes de esa deseada paz. Necesitábamos que esas naciones interpusiesen sus buenos oficios para que tratasen de disuadir al Emperador haitiano a que pusiese término a la obsesiva idea de tomar el territorio de sus vecinos dominicanos y de aniquilar su población.

Como consecuencia del permanente rechazo de esas invasiones extenuantes, los dirigentes dominicanos hasta contemplaron la posibilidad de anexarse a alguna potencia, como extrema medida que podría salvarlos del continuo hostigamiento de los gobiernos de Haití. Ninguna potencia quiere nuestro exterminio -razonarían-; de ellas podríamos salir un día; pero de un nuevo dominio haitiano no sobreviviríamos como pueblo ni como nación. Bajo tales circunstancias el anti-haitianismo dominicano no hacía más que consolidarse.

LA CEGUERA DE ALGUNOS HISTORIADORES DESLUMBRADOS POR LA REVOLUCIÓN HAITIANA:

Da pena leer lo que escriben algunos historiadores extranjeros refiriéndose a ese proceso de las luchas dominicanas frente a Haití. Tales escritos, si queremos ser indulgentes con ellos, debemos atribuirlos a la ignorancia o a la falta de información de sus autores; no a la mala fe. Nos estamos refiriendo a un reciente escrito (2014) de dos historiadores cubanos contentivos de barbaridades como las siguientes:
“En los dominicanos, asombra la cantidad de ofertas que hacen a todo el que quisiera anexarse el país. En esto coincide el interés de la élite de poder dominicana de perpetuarse. También demuestra que existieron lagunas en la conformación de la nacionalidad. La amenaza de Haití le vino como anillo al dedo a este grupo”. (9)

Estas son visiones producto de la ceguera causada por el deslumbramiento de la revolución haitiana y que no toman en cuenta el hecho de que, si bien los haitianos querían ampliar su zona geográfica de seguridad, lo planeaban hacer a costa del territorio dominicano y a costa de la misma existencia del pueblo dominicano. El resultado de esa ceguera ha sido la permanente incomprensión de las luchas de los dominicanos por su propia existencia. Esa ciega admiración por la revolución haitiana es directamente proporcional a la incomprensión hacia la República Dominicana. Otros escritores, principalmente haitianos, se han empeñado en hacer creer que las luchas dominicanas por la defensa de su existencia, poseyeron una única, simple y elemental motivación racista y nada más.

AUSENCIA DE RACISMO DOMINICANO RESPECTO A LAS LUCHAS CON HAITÍ:

El sufrimiento ocasionado a nuestros ancestros por tales agresiones nada tuvo que ver con el color de piel de los agresores. Su color fue ciertamente negro pero pudo haber sido blanco o amarillo y el sufrimiento recibido y los sentimientos en contra del agresor no hubiesen variado. El origen de ese anti-haitianismo histórico, entonces, no posee conexión con racismo alguno. Para los dominicanos de aquellos tiempos las agresiones de los haitianos no fue una guerra racial; los agresores tenían la piel color negro; no más. El dolor sufrido por los dominicanos no hubiese sido menor si esos mismos haitianos hubiesen tenido un color de piel muy blanco pues el dolor, la angustia y el sufrimiento no eligen previamente un color de piel del agresor para adversarlo.

VALORES DEL ANTI-HAITIANISMO DOMINICANO FRENTE AL ANTI-DOMINICANISMO HAITIANO:

Reiterémoslo: el llamado anti-haitianismo dominicano se explica como genuino Patriotismo Defensivo. Sus razones están hundidas en una prolongada, permanente y bien documentada historia de agresiones. Debe haber nobleza y razones válidas cuando un pueblo lucha por su existencia como tal. No obstante, la permanencia del anti-dominicanismo de los haitianos a quienes los dominicanos no agredieron en su territorio, solo puede residir en una injustificada y permanente frustración de las élites haitianas al no lograr anexar nuestro territorio de forma permanente ni aniquilarnos como pueblo. ¿Qué nobles ideales puede haber en ello?

La continuación de un desenfocado anti-dominicanismo haitiano, carece de toda justificación, en donde está ausente la realidad histórica del presente. Es como si el Estado haitiano y sus élites, persistieran hoy en continuar auto-percibiéndose como si aún fuesen una poderosa monarquía o que aún tienen en el poder un temible emperador, o ¿acaso continúan creyendo que aún están en posición de satisfacer pedidos de ayuda material de la Gran Colombia como lo fue en el pasado?
Para concluir lo reiteramos: si los haitianos lograsen desmontar todas esas fantasías del pasado, entonces se facilitaría un entendimiento entre ambos lados de la frontera de la isla la Hispaniola que logre defendernos de los problemas comunes del siglo XXI. Ojalá así sea.

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BIBLIOGRAFIA:
1- Cfr./A. Lockward, ‘Documentos para la historia’, p. 81.
2- Cfr./E. Rodríguez Demorizi, ‘Correspondencia del cónsul’, tomo II, pp. 180-181.
3- Carta de Schomburgk a Palmerston, Núm. B-27-1 / Cfr./Wenceslao Vega, ‘La mediación extranjera en las guerras dominicanas de independencia, 1849-1856’, Archivo General de la Nación, Santo Domingo, 2011, pp 94-95
4- (A. Lockward, p. 82).
5- Carta de Schomburgk a su Canciller, f.o., Núm. B-48/Cfr. W. Vega, p. 9).
6- E. Rodríguez Demorizi, ‘Papeles del cónsul’, tomo II, p. 190/Cfr. W. Vega, cit., p. 96.
7- E. Rodríguez Demorizi, ‘Correspondencia del cónsul’, tomo II, p. 205.
8- E. Rodríguez Demorizi, ‘Correspondencia del cónsul’, tomo II, p. 311/Cfr. W. Vega, cit., p. 100.

9- José Abreu Carder y Elia Sintes Gómez, ‘Los alzamientos de Guayubín, Sabaneta y Montecristi: Documentos’, Archivo General de la Nación, Santo Domingo, 2014, p.13.-

11.9.15

-El Carácter Autónomo de la Marcha de la Historia-

EL CARÁCTER AUTONOMO DE LA MARCHA DE LA HISTORIA
Breve mirada a 115 años de historia dominicana, 1900-2015


Pedro Samuel Rodríguez R.

Tratemos de comprimir el tiempo y de realizar una rápida síntesis de los últimos 115 años de historia dominicana. Mencionemos sólo algunos aspectos útiles del experimento:

1- observar cómo han interactuado los ciclos históricos en el entramado de un tiempo determinado.
2-  descubrir el carácter independiente y autónomo de la Historia.
3-  comprender que la marcha de la Historia avanza sobre sus propios procesos; que no da saltos ni se deja acelerar ni detener ni dar reversa por factores externos a su propia naturaleza.
4-  entender que la Historia es independiente y fiel en el cumplimiento de su cronología, de sus ritmos y designios.

La Historia no es sólo tiempo a secas sino contenedor de hechos humanos y, por tanto, un ente con un funcionamiento de carácter cuasi orgánico como lo es el hombre que le da sentido. Nos estamos refiriendo a una historia lineal y acumulativa en donde las experiencias humanas se convierten en memoria y en pedagogía social y colectiva; no nos referimos a una inexistente historia circular que se repite como ley de la Física.

Es la diferencia entre Historia e historiografía. La primera marcha como expresión colectiva e independiente, la historiografía es estática, personal e interpretativa.

Para ofrecer un ejemplo elemental de ese carácter independiente y autónomo de la Historia sólo mencionemos que en los tiempos presentes (en el último medio siglo), a ninguno de los gobernantes de la República Dominicana se le ha ocurrido ni se le ocurriría implementar una dictadura con un régimen de Consecuencias Tenebrosas con el vago objetivo de acabar con unos inexistentes caciques primitivos y desestabilizadores a quienes debía pagarse la gobernabilidad como en términos generales ocurría entre 1900 y 1930. Pero tampoco ningún grupo de valientes necesitaría hoy ajusticiar a un inexistente dictador que implementa el terror, como ocurrió en 1961.

Si nos ubicamos en épocas pasadas, digamos al final del período de desestabilización política comprendido entre 1900 y 1930, es obvio que en aquellos momentos el pueblo no vería factible el iniciar luchas para la obtención de libertades generalizadas como lo hizo después, en 1961; ya que en aquellos tiempos las prioridades eran la estabilidad política y la gobernabilidad. Se trata entonces de que la Historia no da saltos ni da marcha atrás sino que cumple fielmente con sus propios designios. Cada ciclo posee sus propios héroes y dictadores; por tanto, héroes y dictadores no son necesariamente eternos sino circunscritos a su particular ‘momentum’. Esos ciclos son sólo las huellas de la marcha de la Historia.

A nuestro modo de ver, el proceso histórico dominicano de los últimos 115 años (1900-2015) posee tres períodos bien definidos y contentivos de sus particulares prioridades y costos sociales. Pongamos un nombre a cada uno de estos períodos:

1- De la inestabilidad política y la ingobernabilidad (1900-1930) (30años)
2- Del orden y la estabilidad del terror trujillista (1930-1961) (31 años)
3- De las libertades generalizadas (1961-2015) (54 años)

Haciendo una brevísima explicación sobre cómo fueron interactuando entre sí cada uno de estos períodos, lo intentaremos con las siguientes palabras: abatido y cansado el pueblo de tanta inestabilidad, su prioridad era poner término a ese estado de cosas, y necesitando con urgencia la aparición de alguien con condiciones que se considerasen adecuadas para apoyarlo en esa urgente misión, en 1930 aparece un Rafael Trujillo y lo respaldan. El dictador inaugura su régimen de orden, estabilidad y terror en ese año, iniciándose así el final del primer período de inestabilidad política (1900-1930). Treinta y un años más tarde, asegurado el orden pero harto el pueblo de tanto horror, ese mismo pueblo considera intolerable la prolongación de aquel régimen, y el dictador es emboscado y asegurada su desaparición física en Mayo de 1961. Concluye así el segundo período (1930-1961) y se inicia el tercero cuya prioridad inmediata fue las luchas por la conquista de las libertades ciudadanas conculcadas en los 31 años recién pasados. Dicho tercer período iniciado en 1961 dura hasta el presente (1961-2015).

La valoración crítica del primero de estos períodos podría ser expresado de la siguiente forma: el vacío de poder dejado tras el asesinato del dictador Ulises Heureaux –Lilís- en 1899, inició aquella inestabilidad provocada por líderes políticos que pugnaban por tomar el poder. Consideramos que no es necesario ir más atrás de la Era de Lilís en el análisis de las interacciones entre un período histórico y su período precedente. Dentro del rango de la secuela de costos sociales y sufrimientos humanos propios de cada uno de estos ciclos, y para tener una idea de los costos en el régimen de Lilís, bastaría con señalar el título de un libro escrito por una de sus víctimas, Juan Vicente Flores: “Lilí, el sanguinario machetero dominicano”, y su correspondiente subtítulo: “Titulado ‘Pacificador’ de la República, en vez de ‘Sacrificador’ y ‘Verdugo’ de sus conciudadanos”.

Las víctimas y sufrimientos humanos del ciclo trujillista están descritos en cientos de libros que los narran.

La valoración crítica de los 31 años del período trujillista (1930-1961) podría ser expuesta así: ciertamente el dictador cumplió con la misión de instaurar la estabilidad política y la gobernabilidad, pero a un costo humano muy elevado y en un tiempo muy extenso.

La valoración crítica del período de los presentes 54 años de libertades generalizadas podría ser explicado de la siguiente forma: A partir de los reclamos de libertad en 1961 el pueblo dominicano ha mostrado su verdadero rostro actuando en libertad y sin miedo. Como es usual, el presente ciclo no ha estado exento de costos en sufrimientos y en la actualidad ha estado pagando en inversión de valores sociales, en mala administración de las libertades conquistadas; en inseguridad ciudadana, en corrupción. No obstante a ese costo, hoy el balance puede considerarse positivo como articulación de una pedagogía social expresada en lento pero sostenido progreso para la nación. Mediante esa pedagogía -aún inconclusa y con apenas medio siglo- este pueblo ha iniciado las luchas y los enfrentamientos necesarios para la atenuación y el acomodamiento de antiquísimas tensiones sociales generadas en el prolongado régimen colonial esclavista de más de 300 años de duración (1492-1822).

Las duras luchas y los enfrentamientos por inclusiones sociales iniciadas en 1961 no han producido necesariamente fractura social traumática sino lento y sostenido avance respecto a su ciclo anterior (1930-1961). De igual manera, los 30 años del régimen trujillista (1930-1961) produjeron avances respecto a su anterior período (1900-1930).

Como vemos, cada ciclo histórico en estos últimos 115 años representa un avance respecto a su ciclo anterior aunque a la vez contiene sus dolorosos costos que el conjunto social paga en su momento, mientras la marcha de la historia continúa su curso.

Es obvio que el presente proceso (1961-2015), iniciado con reclamos de libertades generalizadas en 1961, ha devenido en necesarias luchas y enfrentamientos por la inclusión social, tal vez representando una suerte de toma de consciencia en cuanto a que si por siglos todos hemos estado en el mismo barco y así continuaremos y de que es tiempo de abrir espacios en donde todos nos acomodemos. Esta podría ser la mejor expresión de que nuestra historia marcha permanentemente hacia su meta en el largo plazo, cuya meta es atenuar y acomodar aquellas antiquísimas tensiones gestadas en los 300 años de la Era colonial esclavista.

Estas conquistas –inconclusas aún- era imposible de iniciarse en un régimen dictatorial como el de Trujillo, pero menos posible aún era comenzar tales avances en aquellas tres décadas anteriores a la aparición de este dictador (1900-1930). En 1930 el pueblo necesitaba estabilidad política y gobernabilidad; es decir, le urgía poner término al ciclo de gobiernos de sólo algunos meses de duración en donde (excepto poquísimos gobiernos) la gobernabilidad debía ser pagada a unos caciques políticos siempre amenazantes, tumultuosos y desestabilizadores. Es evidente entonces que en el ciclo histórico de 1900 a 1930 no era el tiempo propicio para iniciar un proceso de libertades generalizadas como el iniciado posteriormente en 1961. Esto confirma que la Historia no admite saltos y que cada ciclo histórico ha sido cronológicamente necesario.

Es por ello que la historia no admitiría hoy una dictadura similar a la de Trujillo (¿para terminar con un inexistente caciquismo desestabilizador?). Pero tampoco permitiría la aparición de aquellos primitivos caciques y montoneros pues hoy la historia vomitaría cuerpos extraños de tal naturaleza. Y es que la historia no tiene cambio de reversa; marcha siempre hacia metas específicas e inextricables.

Los retos de estos relativamente cortos períodos históricos son diferentes cada vez. Lo verdaderamente permanente es el dinámico trasfondo histórico de atenuación de contrastes económicos y sociales generado en la prolongada y lejana Era colonial esclavista cuyas influencias aún permanecen pero cuyos contrastes necesariamente la nación continuará tratando de reducir mediante políticas de corte social que tímidamente empezamos a implementar desde 1961 hace apenas medio siglo.

Se trata pues de que la Historia como contenedor de hechos humanos, posee un carácter autónomo, independiente, inmutable y orgánico en su marcha.
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Pedro Samuel Rodríguez R.
Santo Domingo, República Dominicana,
15/6/2015

Parto Social



Quizás no todos lo ven, pero a partir de la desaparición del último dictador, República Dominicana está dentro de un acelerado proceso en el que el pueblo mayoritario, por siglos informal e invisible, se ha estado visibilizando en todas las esferas de la vida nacional. Se trata de un ejercicio de acomodamientos y de masiva pedagogía social con sus costos en inversión de valores que el conjunto social paga.

Se trata de un inconcluso y difícil proceso; doloroso como un parto pero positivo a largo plazo. Una revolución que como prueba de fuego nos está mostrando los límites de nuestras propias resistencias como nación y la fortaleza de nuestros valores como sociedad.

Es un poderoso y novedoso proceso que ni siquiera intereses externos pueden frustrar, aún mediante la masiva intromisión de individuos ajenos a nuestra historia.

Son pocos los países de Latinoamérica que se han atrevido a exponerse a tales pruebas. En la mayoría de esas naciones notamos que los nativos aún continúan siendo casi invisibles, como si el conjunto social temiera una fractura, una incontrolable revuelta si éstos se incorporan en masa a todos los ámbitos de aquellas naciones.

Aquí, en República Dominicana, no hay nativos pre-hispánicos (indígenas), pero tenemos los descendientes de los esclavizados (mezclados y puros) conformados en la extensa Era colonial y hoy podemos verlos en primer plano moviéndose, tratando de participar y participando en todos los ámbitos posibles, sea en las profesiones liberales (médicos, ingenieros, economistas…); en la política (diputados, senadores, dirigentes, síndicos, regidores…); en el arte, el deporte; en los medios de comunicación; como maestros...

Es un fenómeno social espontáneo, novedoso, inédito y positivo que en el curso de toda nuestra historia de apenas quinientos años, y pese a sus coyunturales costos en inversión de valores, delincuencia, corrupción y desorden, no se teme que esa masiva pedagogía provoque necesariamente un convulso y peligroso estallido per sé. Se trata de los aspectos propios de la enseñanza a una masa que ayer fue esclava, que se adapta y que, por demás, nuestros valores tradicionales confían en saber lidiar.

Es la parte posiblemente más álgida de un proceso de movilidad social muy intenso que parte desde un individuo ayer esclavizado en la colonia hasta sus actuales descendientes convertidos en profesionales.

Esos descendientes (mezclados y puros) están aprendiendo a salir de sus ancestrales funciones subalternas de siglos y lentamente han ido incorporándose a novedosas funciones aún con todo el costo que para el conjunto social representa su inexperiencia. Debutan en funciones en donde sus ancestros ni soñaron aproximarse. Por su lado, la sociedad en su conjunto ha estado acomodándose a esos lentos y dolorosos cambios para la convivencia de un pueblo dual y desigual desde su nacimiento, sin traumas sociales catastróficos.

Podría afirmarse que este doloroso y aún inconcluso Parto Social que ha estado madurándose y esperándose por siglos y generaciones, representa la mayor revolución social emprendida por este pueblo.


Por Pedro Samuel Rodríguez R.
Santo Domingo, Rep. Dominicana.

18.8.15

LA POCO CONOCIDA GENIALIDAD DE LOS LÍDERES POLÍTICOS DOMINICANOS DEL SIGLO XIX

                                            Reina Victoria de Inglaterra, cuando Princesa




Por Pedro Samuel Rodríguez R.

Para los dominicanos es reconfortante enterarnos de que nuestros líderes políticos de una parte del siglo XIX fueron individuos que mediante la puesta en marcha de un inteligente Plan Maestro y de algunas secretas estratagemas, lograron el reconocimiento de las potencias extranjeras, jugando al coqueteo con Francia, Inglaterra, Estados Unidos y España, sin atarse a ninguna y a la vez manteniendo intacto el territorio y la soberanía de la nación.

El reconocimiento de la nación dominicana por parte de esas potencias extranjeras era vital y urgente para el pueblo dominicano en un período de constantes invasiones de los poderosos, aguerridos y bien armados ejércitos haitianos los cuales habían vencido, incluso, al ejército enviado a la isla por Napoleón Bonaparte. La lucha del pueblo dominicano era doble y simultánea a partir de nuestra declaración de independencia del vecino Haití el 27 de febrero de 1844: si eventualmente perdíamos la guerra con ese vecino desaparecíamos como nación y si ganábamos –como ocurrió- de nada servían las victorias en los campos de batalla si no obteníamos el reconocimiento de las potencias.

Fue aquella una situación extremadamente difícil y compleja tanto para el liderazgo militar como para el político de la época. Tuvimos que enfrentar y asegurar la victoria en cada una de esas invasiones, desde la primera el 19 de marzo de 1844 hasta cada una de las subsiguientes hasta 1856.

Pero, ¿cuáles fueron las estratagemas para lograr el reconocimiento? Los líderes políticos dominicanos de aquel momento no escribían minutas para esas acciones ya que se trataba de lo que hoy llamaríamos “operaciones encubiertas” cuyas instrucciones debían darse de forma estrictamente verbal para no exponerse a ser detectadas por los negociadores extranjeros.

Ofrecían a Francia una extensa bahía como puerto libre o estación carbonera, y a los británicos le ofrecían ventajas comerciales; sin embargo, nunca se llegó a ejecutar un acuerdo definitivo que cercenara o destruyera la nacionalidad o la integridad territorial de la República Dominicana. Cuando casi se llegaba a algún acuerdo, se vacilaba y se hacía filtrar información a los enviados de las demás potencias, quienes enseguida iniciaban la ofensiva para evitarlo. Por ejemplo, en un momento en que parecía que se iba a plasmar el acuerdo de protectorado o de entrega de la península de Samaná a una potencia, las otras elevaban fuerte protestas por la vía diplomática, lo que detenía la materialización del acuerdo.

Como es fácil observar, esos “acuerdos” sí que se tenían que escribir, quedando como “evidencias” de que muchos de nuestros líderes políticos fueron “vulgares vende-patria”. Pero el trasfondo de las motivaciones reales que motorizaron tales “acuerdos” ha quedado obviamente oculto y nunca fueron fuente primaria de historiador alguno.

De modo que –como contrariamente se nos ha hecho saber- en el siglo XIX el grueso de nuestros líderes políticos NO eran primitivos vende-patria sino exitosos estrategas frente a potencias extranjeras. La mejor prueba de ese éxito es que fuimos obteniendo el reconocimiento de cada una de ellas; nos ganamos el respeto de Haití y el fin de sus incursiones a nuestro territorio, y no hubo necesidad de enajenar nuestra geografía. El saberlo, es sin duda reconfortante.

LA ESTRELLA SOLITARIA DEL CARIBE

Desde temprana edad, nos han dejado solos. Como nación recién creada nos vimos obligados a trabarnos en lucha con varias potencias que buscaban sus intereses particulares en nuestro territorio, mientras rechazábamos y vencíamos el permanente asedio de las tropas haitianas que al mismo tiempo nos hostigaba con denuedo tratando de tomar nuestro pequeño territorio. Tampoco ninguna de las nuevas naciones vecinas, poco antes independizadas de España mostraron interés por nuestra lucha de sobrevivencia. Ni Venezuela ni Colombia ni México daban señales de que les preocupaba el caso dominicano ni alzaban su voz en beneficio de su nueva hermana. Nos dejaron a nuestra suerte; el desamparo fue nuestro signo. Pero sobrevivimos como nación.

Probablemente ese temprano desamparo nos fortaleció temprano. Sin experiencia previa, con un brazo jugamos a la alta diplomacia internacional escapando a la posibilidad de caer bajo el control de las grandes potencias (Francia, Gran Bretaña, España y Estados Unidos) y con el otro brazo nos defendíamos del asedio haitiano que anhelaba fagocitarnos. Pero sobrevivimos como nación.

Jugamos a la alta diplomacia como pudimos, incluso nuestros dirigentes dominicanos del siglo XIX recurrieron hasta al chantaje. Buenaventura Báez, a quien se le atribuía ser pro-francés, cuando en 1848 negociaba con Francia introdujo la idea de que si esa nación no nos protegía (del acoso haitiano), tendríamos entonces que buscar la ayuda española y entregarnos a ella o a la Gran Bretaña. Eran amenazas frecuentes no sólo frente a Francia sino con las demás potencias. Los dominicanos amenazaban con tirarse en los brazos de una potencia para que las otras reaccionaran y lo impidieran, en una fórmula entre coqueteo y juego de balances.

No siempre salimos airosos. Cuando estábamos a punto de firmar un tratado de Amistad, Comercio y Navegación con Francia, esta poderosa nación lo condicionó a que nuestra joven República debía participar y hacerse cargo de una buena parte de la deuda que había contraído Haití con Francia como compensación por las cuantiosas pérdidas de los colonos franceses cuando la Revolución haitiana. Los negociadores dominicanos con el presidente Pedro Santana a la cabeza y con el canciller Bobadilla, en un intento desesperado por obtener el reconocimiento francés, propusieron cambiar el compromiso de “participación” por el de “compensación pecuniaria” a cambio del reconocimiento. Eran negociaciones de un “tira y afloja” desesperados.

Varias veces necesitamos un mediador que nos ayudara al establecimiento de una tregua duradera con Haití. Hubo promesas pero no fue posible concretizarlo, hasta que los dominicanos se acercan a Gran Bretaña.

En cierto sentido, Gran Bretaña nos deparó un buen alivio en esos momentos. El gobierno de la reina Victoria se interesó en el caso dominicano. En Londres la misión dominicana de Buenaventura Báez, fue bien recibida. Gran Bretaña no estaba interesada en territorios en el Caribe (ya los tenía) sino en establecer zonas de comercio. El canciller Lord Palmerston los recibió el 5 de septiembre de 1849, en una reunión en donde el futuro cónsul inglés en Santo Domingo Sir Robert Schomburgk actuó como intérprete.

El 6 de marzo de 1850 República Dominicana logra suscribir su primer tratado con una nación extranjera, el tratado dominico-británico. Fue un reconocimiento de primer orden.
Podríamos imaginar el estado de euforia de algunos dominicanos, testigos de aquellos acontecimientos, en su deseo de exclamar "Dios salve a la reina que nos libró del asedio haitiano".

A pesar de que los británicos solo mostraban interés en mantener la independencia dominicana, por razones de “humanidad” y, por tener el país como socio comercial, las demás potencias recelaban de esa supuesta benevolencia de la “Pérfida Albión”.  Pero había un interés adicional que las otras potencias probablemente desconocían:  el gobierno británico contemplaba la posibilidad de una emigración de labradores católicos irlandeses a la República Dominicana “para reducir la falta de población en Santo Domingo” y, lo que en el fondo más interesaba a la corona inglesa: trasladar a otra isla de religión católica la  población Irlandesa de esa religión como forma de disminuir las tensiones entre protestantes y católicos en aquel territorio insular incorporado al Reino Unido en 1801.

Así lo instruía el ministro inglés Lord Palmerston a su Cónsul en Santo Domingo, Sir Robert Schomburgk, mediante el Despacho No. 3  del 4 de abril de 1849, relativo a “informes sobre las condiciones del Territorio Dominicano en la ausencia de labradores, y para que sugiriera al Gobierno Dominicano sobre las ventajas que tendrían en estimular la inmigración desde Irlanda, siempre que el clima no fuese desfavorable”.

En cuanto a España, esta nación no se hizo muy presente en los primeros años de existencia de la República Dominicana. No tenía cónsul ni agente comercial ni en Puerto Príncipe ni en Santo Domingo. Sin embargo, los gobernadores generales de las colonias españolas de Cuba y Puerto Rico, mantenían a su gobierno en Madrid, enterado de lo que sucedía en la antigua colonia de Santo Domingo.

Pero la estrella solitaria del Caribe sobrevivió como nación. Y hoy, frente al mismo histórico acosador vecino, empezamos finalmente a no estar tan solos.

Nota: Para ampliar el conocimiento de este proceso, recomendamos la lectura del libro escrito por el historiador e investigador dominicano Wenceslao Vega, titulado “La mediación extranjera en las guerras dominicanas de independencia, 1849-1856”, editado por el Archivo General de la Nación, Vol. XXXXIX, 2011.


9.11.14

SÍNTESIS DOMINICANA (Endecasílabos)


SÍNTESIS DOMINICANA
Si en un veloz fulgor imaginario
trasladarte pudieras al pasado
y mirando de cerca a tus ancestros
nativos, españoles y africanos;
que no eres español podrías notarlo
ni exactamente igual a aquel nativo
ni exactamente como aquel esclavo
y aunque de ser los tres no hayas dejado
producto nuevo eres conformado
en el crisol del tiempo elaborado.

Pedro Samuel Rodz

3.11.14

POBREZA COLONIAL Y MESTIZAJE - Una República Colonial, cap. III: Pedro Samuel Rodríguez R.



UNA REPUBLICA COLONIAL  - APERTURAS, CAMBIOS Y ADECUACIONES

Formalmente no existe un sistema “colonial republicano”;
pero, ¿cómo llamar al sistema socio político de una nación cuyo influjo colonial
aún gravita en las estructuras de su presente condición de república?


Pedro Samuel Rodríguez-Reyes


Capítulo III

POBREZA COLONIAL Y MESTIZAJE

La cercanía de amos y esclavos alentó el mestizaje.
La pobreza operó como resorte que aproximó a libres,
libertos y esclavos o a blancos, mulatos y negros.
Roberto Cassá; Historiador y Académico dominicano


Nos adscribimos a la hipótesis que plantea que la pobreza de la colonia de Santo Domingo, más que un problema, una tara o un estigma, tuvo resultados positivos en el devenir histórico del pueblo dominicano. En adición, postulamos, que el mestizaje y la hibridación cultural, pueden garantizar un modelo de convivencia más armónico al interior de un conglomerado humano de origen multiétnico.

En la colonia española de Santo Domingo de mediados del siglo XVI, condiciones históricas objetivas como pobreza, despoblación y aislamiento dieron paso a un intenso mestizaje, y éste determinó el surgimiento de unos particulares rasgos culturales que, en función de valores sociales, disminuyó sensiblemente la posibilidad de aparición de relaciones sociales marcadas por el odio racial, la extrema intolerancia o la segregación radical, como hubiese sido previsible que sucediese al interior de aquel conglomerado compuesto de razas y culturas contrastantes que recién empezaban a interactuar.

Tras la aparición de esas condiciones históricas, la sociedad dominicana fue conformando sus propios niveles de convivencia y sus propios parámetros de tolerancia racial, los cuales fueron diferenciándose de las otras sociedades vecinas.

La aparición de esos valores sociales en La Española fue posible debido a la conjunción de un sistema colonial esclavista ejercido en casi permanente y generalizada ruina, como aconteció de modo particular en nuestro territorio a partir de apenas transcurridas las primeras décadas de la administración colonial.

Por otra parte, existen evidencias suficientes como para poder afirmar que uno de los principales motivos del temprano fracaso económico de la colonia española de Santo Domingo, consistió en el masivo éxodo de sus colonos hacia los vastos y ricos territorios que en esos tiempos España descubría y conquistaba en Tierra Firme. Así, la emigración en busca de fortuna hacia los nuevos territorios continentales de México, Perú, Florida y otros lugares, ocasiona la despoblación; esa despoblación genera, a la vez, aislamiento y ruina, y ello, entonces, prepara las condiciones para un intenso proceso de mezcla racial entre los escasos individuos de etnias diversas que aquí permanecían.

La conjunción de pobreza y mestizaje fue entonces definiendo el escenario que impidió el surgimiento de una polarización racial que en un momento dado hubiese enfrentado a esclavos negros y colonos blancos.

Examinemos, pues, cuáles podrían haber sido los posibles nexos entre el casi inmediato desplome de las expectativas económicas de España respecto a la isla de Santo Domingo, el éxodo, la despoblación, la pobreza, el aislamiento, y el mestizaje.


1- Una colonia atípica:

Se ha dicho que la historia es acumulativa y que sus procesos dejan huellas a través del tiempo. De ser así, y articulando temporalidades, debe existir una estrecha conexión entre la historia dominicana y algunas de las características fundamentales del pueblo dominicano de hoy, como sugieren los novedosos trabajos de investigadores de la historia de las mentalidades colectivas, disciplina que pretende estudiar cada vez menos la sicología de “los grandes hombres” y las llamadas “expresiones superiores del espíritu humano”, para extenderse a los aspectos cotidianos y prosaicos de la sicología social como estrategia para abordar la síntesis de la historia. Así, la recién denominada Psicohistoria a cuyos postulados se adhieren, entre otros, historiadores como el francés Robert Mandrou (1921-1984), pretenden entender el engranaje entre psiquismo e historia, es decir, los modos cómo los individuos experimentaron psicológicamente sus condiciones históricas objetivas y la posible incidencia en la historia de dichas modulaciones psicológicas (1).

Se trata, pues, del estudio del origen de los rasgos de la sicología colectiva de determinado conjunto histórico-social; de la prolongación de sus influencias, y, sobre todo, del examen de los procesos históricos que conformarían tales rasgos colectivos, y de cómo éstos influyen en la historia misma.

Observemos, como marco general, algunos señalamientos de específicos procesos de nuestra historia y las posibles huellas que partiendo desde tales procesos habrían de prolongarse hasta el presente.

Así, podríamos empezar indicando que, en sentido general, el objetivo de toda colonia fue la explotación al máximo de sus recursos a través del trabajo intensivo de sus esclavos. En su concepción ideal, esa explotación debe producir riqueza. La conjunción de riqueza y esclavitud produce, necesariamente, odios sociales profundos. La colonia española de Santo Domingo, por el contrario, fue un fracaso económico, y por consiguiente, una colonia atípica largamente subsidiada en donde se generó la conformación de unos amos y de unos esclavos igualmente atípicos; de unas relaciones entre éstos de igual naturaleza, en cuya matriz colonial fueron forjándose muchas de las particularidades fundamentales de nuestra cultura y las de nuestra idiosincrasia del presente.

Veamos brevemente los efectos que algunos eventos de nuestra historia tuvieron en cuanto al surgimiento de las condiciones que facilitaron el inicio del proceso de fusión de las razas aquí encontradas y de la consecuente hibridación cultural.

Pero antes, creemos necesario señalar que el proceso de formación de la cultura dominicana no parece coincidir necesariamente con el fenómeno latinoamericano de la "Transculturación", que, "como proceso transitivo de una cultura a otra", ha propuesto el antropólogo cubano Fernando Ortíz.

Decimos esto, porque no observamos plena coincidencia entre el proceso de la conformación de la cultura dominicana y las tres etapas que, según Ortíz, se identifican en la "Transculturación", cuyas etapas son:

a) "Pérdida parcial de la cultura receptora originaria".
-No hay coincidencia porque resulta que en Santo Domingo, la cultura receptora originaria, la nativa Taína, desapareció muy tempranamente, y, por tanto, tuvo escasa influencia en los procesos posteriores.

b) "Incorporación de la cultura originaria a la cultura externa".
-No hay coincidencia porque en La Española fueron externas las culturas que protagonizaron el proceso de formación de la cultura criolla, es decir, españoles y africanos.

c) "El esfuerzo de recomposición mediante el manejo de los elementos que sobreviven de la cultura originaria y los que vienen de fuera".
-No hay coincidencia con el caso dominicano porque, como hemos dicho, en Santo Domingo, los extranjeros africanos y españoles, fueron quienes básicamente hicieron el esfuerzo de recomposición cultural.

Ciertamente, en Santo Domingo hubo pérdidas culturales, selecciones, redescubrimientos e incorporaciones que se resolvieron en el marco de una reestructuración general del sistema cultural, pero, sus protagonistas fueron otros, fundamentalmente extranjeros, y cuyo proceso se verificó, no con simples contactos (como el proceso de "Aculturación" planteado por J.W.Powells), sino mediante una función más radical: la fusión étnica y cultural.

Retomando ahora el caso que nos ocupa, y visto a grandes rasgos, desde mediados del siglo XVI ya existían los antecedentes estructurantes de la conformación del sustrato cultural criollo, imbricado, primero, en la temprana desaparición del conglomerado aborigen por motivos diversos y, poco después, en el descenso cuantitativo del colectivo de esclavos negros por, entre otros causas, una intensa absorción en el proceso de mestizaje. Ello, como en términos generales lo ha expresado el historiados dominicano Roberto Cassá, “plasmó la desaparición de una posible polaridad constituida por minorías blancas y unas mayorías negras, llegándose en el siguiente siglo XVII a determinarse un perfil étno-demográfico constituido por una población de mulatos del 80%, una de esclavos del 10% y una menor proporción de blancos” (2).

El siglo XVII, fue entonces, clave en la conformación de esa población mayoritaria mezclada-mulata; clave en el reprocesamiento de los aportes culturales hispánicos y africanos vigentes hasta entonces, y clave en la consecuente constitución de novedosos patrones culturales locales. No sería aventurado decir que el actual pueblo dominicano es hijo de los hechos y de los eventos acaecidos en aquel siglo XVII en donde convergió simultáneamente el heroísmo y la supervivencia, las amenazas externas, la angustia, la extrema pobreza y el continuo mestizaje.

Por otra parte, la potenciación de la mezcla racial en este siglo XVII fue probablemente estimulada por las devastaciones de 1605-06 como factor desencadenante de una adicional oleada de pobreza y ruina, y, consecuentemente, causante de otra ola de emigrantes que ahora temían caer en manos de piratas extranjeros que no cesaban en sus incursiones con el propósito de apoderarse de este territorio insular que se despoblaba.

El proceso de hibridación, mezcla y fusión racial en la colonia española de Santo Domingo, parece haber sido ya generalizado a mediados del siglo XVIII. Ello puede advertirse en los apuntes del viaje que realizó desde la colonia francesa de Saint Domingue a la colonia española, en 1764, el francés, Daniel Lescallier, quien escribe -sin disimular su muy escaso aprecio por nuestro pueblo- al llegar a la ciudad de Santo Domingo, lo siguiente: “Esta ciudad está habitada por negros libres, mulatos, caribes y por una mezcla de todas estas especies. Hay allí muy pocas familias enteramente blancas. Varias, hasta de las que ocupan el primer rango si se observa bien que no han conservado toda la pureza de su sangre. Fuera de la capital no hay una sola de estas especies que no esté mezclada. Parece difícil conciliar el orgullo castellano con el poco escrúpulo que han tenido al mezclarse con todas las especies que nos vemos movidos a mirar con ojo despectivo o indiferente” (3).

Un factor que nos ayudaría a comprender mejor la dinámica de aquel intenso mestizaje en la colonia de Santo Domingo sería el escaso arraigo de los españoles y los portugueses en defender la “pureza racial”, cuyas dos nacionalidades constituían el grueso de la población blanca de la isla en un momento determinado. En efecto, adicional a la población de colonos españoles, en la isla de Santo Domingo hubo una notable inmigración de portugueses, a raíz de Felipe II, rey de Castilla, reinar a la vez en Portugal a partir de 1581.

Sin embargo, la acelerada decadencia demográfica de esa población blanca que emigraba o se absorbía en el mestizaje, sería, en parte compensada con las programadas inmigraciones de familias procedentes de las Islas Canarias, a partir de finales del mismo siglo XVII (4).

Respecto al poco interés del ibérico en defender su “pureza racial”, Angel Rosenblat (1902-1984), filólogo, demógrafo e historiador nacido en Polonia, formado en Argentina y fallecido en Venezuela, explica la particular carencia de aberraciones étnicas de españoles y portugueses en la forma siguiente: “La falta de prejuicio racial del español y del portugués se debe quizás a la formación misma del hombre ibérico, resultado de las mezclas más diversas: pueblos procedentes de Europa a través de los Pirineos, pueblos procedentes de Africa a través del Mediterráneo, fenicios, griegos, cartagineses, judíos, celtas, romanos, germanos, árabes, y con éstos una amalgama de pueblos diversos del norte de Africa. En su expansión americana el hombre hispano no tenía que defender ninguna pureza racial: le interesaba sobre todo su religión, de la que España era entonces campeona en el mundo” ( 5).


2- ¡ Dios me lleve al Perú ! :

Como decíamos, la temprana pobreza de la Isla La Española parece tener su origen en el desplome de las expectativas que sobre estos limitados territorios insulares ocasionó el repentino descubrimiento de vastísimas tierras en el continente, apenas transcurrían las primeras décadas del siglo XVI. La Península ibérica se despoblaba en ruta hacia los nuevos territorios de Tierra Firme, pero también tomaban esa misma ruta muchos de los colonos recién asentados en La Española y en otras islas antillanas. Por eso, poco antes de arribarse a la mitad del siglo XVI, posiblemente ya era tan sólo un vago recuerdo aquella favorable impresión que la belleza y la fertilidad de La Española había dejado en Colón y sus compañeros.

Con los asombros de esos nuevos descubrimiento la empresa de la colonización tomaba un matiz muy diferente a la primigenia contemplación de la ignota belleza insular antillana. Los pasados incentivos de Repartos de indios, los “Asientos” y aún la obtención de “Licencias” para importar esclavos de Africa ya quizás interesaba a pocos; el grito casi general de aquellos colonos insulares era “!Dios me lleve al Perú!”, con toda la carga de esperanza y entusiasmo por mejorar la condición económica que dicha expresión contenía (6).

La despoblación de La Española y la de otras islas cercanas podría hoy entenderse mejor si imaginásemos el alborozo que produciría a esos colonos ávidos de aventuras y riquezas el escuchar las fabulosas noticias provenientes desde Perú y México: “Eran noticias tan extremadas, que a los viejos hace mover, cuanto más a los mancebos”, se le comunicaba al emperador Carlos V desde una de las islas antillanas (Puerto Rico) en 1533 (7). Hubo, incluso, casos en que debióse tomar medidas drásticas para contener la ola migratoria hacia el continente, recurriéndose en algunos de estos territorios coloniales insulares antillanos a “la flagelación y al tajeamiento de los pies de los colonos emigrantes” (8) como medio para evitar la despoblación total que se avizoraba.

El Canónigo dominicano Carlos Nouel explica ese escenario así: “La Española amenazada de muerte a consecuencia de los recientes descubrimientos hechos en el Continente, y de la conquista de las regiones que componían el reino de Montezuma y el imperio de los Incas, y que, llamando la atención universal, alejaban de la colonia a sus moradores, precipitando así el despoblamiento de todos los lugares (...) La decadencia de la Española era asombrosa: ella ántes floreciente veía desaparecer de su seno, sus riquezas, su comercio, su industria y sus pobladores. Para Contener la progresión del mal, dictó la Corona algunas disposiciones favorables a este fin; pero inútiles fueron los esfuerzos de aquel laudable propósito, porque tardías habían sido las medidas” (9) .

Sobre el mismo tema se expresa otro historiador dominicano, Jacobo de Lara, en su estudio escrito en 1954-1955 titulado Bosquejo Histórico del Santo Domingo Colonial como clave del Santo Domingo de hoy, en cuyo trabajo cita al historiador norteamericano Otto Schoenrich quien expresa lo siguiente: “En unos cuarenta años después del descubrimiento Santo Domingo pasa al cenit de su gloria. México y Perú absorben la atención de España, y Santo Domingo cae en una situación de insignificancia política y económica”. El Señor de Lara acota a seguidas que: “De aquí la obra de España en la colonia, sobre todo en su desarrollo cultural, fue medio siglo de eminencia y gloria y dos siglos y medio de negligencia. Pero durante esos siglos de vida colonial una estructura social interna se iba formando dentro de la isla, y la amalgamación de las razas sigue su curso, aumentándose continuamente la proporción de mulatos debido a que durante esos siglos de aislamiento y pobreza de la colonia los blancos y los negros, en más o menos igual número” –ahora de Lara cita a Samuel Harzard-: “mantienen forzosamente más íntimas relaciones y dependen, ambos grupos, de su ayuda y compañía mutua”. “Al correr el tiempo –continúa de Lara- había allí más gente de color libre que esclavos y, lo que es aún más significativo, la mayoría de unos y de otros eran nacidos en el país y no traídos de Africa. La razón fundamental de esta situación era la política de España en sus colonia” (10) .

Aquellos seres confinados y atrapados en un mismo barco insular, casi abandonados a su suerte, obligados a sobrevivir juntos en pobreza, aislamiento y en acoso permanente de piratas y corsarios, conformarían el escenario propicio para la mezcla de razas y para el relativo acercamiento social y económico entre unos particulares amos pobres y unos atípicos esclavos, cuyo resultado posterior, al decir de otro visitante francés a nuestro territorio en el siglo XVIII, el historiador y abogado Mederic Louis Elie Moreau de Saint-Mery, quien al observar aquí el trato entre los amos y sus esclavos, escribió: “Los esclavos de los españoles son mas bien los compañeros de sus amos, que sus siervos” (11). Saint-Mery, al parecer, veía con cierto asombro que en Santo Domingo el amo y su esclavo lucían, más bien, amigos, lo que era inconcebible en la vecina colonia francesa de Saint-domingue (actual Haití), conocida por él.


“La despoblación de los indios y la emigración de los descubridores españoles –expresa por su lado el historiador dominicano de principios del siglo XIX, Antonio del Monte y Tejada- impidió que Santo Domingo llegase al grado de opulencia a que posteriormente se elevaron otras capitales del Nuevo Mundo, y es de presumirse que la Metrópoli de las Indias Occidentales (Santo Domingo:psr) no conservó en su seno en aquella época de transmigraciones complicadas sino la parte más sana de sus habitantes (...) y de este modo, al tiempo que Santo Domingo se debilitaba en su población sin renovarla, los nuevos descubrimientos (en el continente:psr) eran el asilo de hombres aventureros y sanguinarios. Los vicios se acrecentaron en estos países con el aumento de la población, mientras que las virtudes primitivas de los fundadores de Santo Domingo se conservan en el pequeño número de habitantes que poblaron las partes diversas de esta extensa isla” (12).

Como nota al margen debemos señalar que la expresión “extensa isla” está referida a la inexistencia de Haití (colonia de Saint-Domingue) en tiempos en que toda la geografía insular aún era colonia de España.

A partir de aquellas fabulosos noticias llegadas desde Tierra Firme, la emigración, la despoblación y las penurias económicas no pudieron ser detenidas en Santo Domingo, y sus consecuencias de ruina y pobreza se perpetuarían por generaciones. De ello existen múltiples evidencias.

“Las nuevas adquisiciones que hacíamos en el Continente –escribía el criollo Antonio Sánchez Valverde en 1785-, que debían haber contribuido al aumento de La Española (...) eran otros tantos principios de su ruina y despoblación (...) México, la Florida, Yucatán y el Perú la iban despoblando insensiblemente. Los vecinos más acomodados eran los primeros que la dexaban (...) Francisco de Montejo, para los establecimientos que se les concedieron en Yucatán; Lucas Básquez de Ayllón y Pánfilo de Narváez, para los de la Florida; y Heredia para los de Cartagena” (13). “Insensiblemente iban saliendo de la Española, o las familias enteras o los sujetos que se hallaban todavía con algún caudal antes de consumirle poco a poco sin esperanza de adelantarle (...) Los mismos transmigrantes convidaban y provocaban a otros de suerte que apenas se quedaban en la Española los que por su mucha miseria se hallaban imposibilitados de huirla (...) De las más distinguidas familias que se habían establecido apenas quedaban rastros. Las casas se arruinaban cerradas. Las posesiones de las tierras quedaban tan desiertas que llegó a perderse la memoria de sus propietarios en muchísimas y en otras la demarcación de sus límites” (14).

Los fenómenos que determinaron el fracaso económico de La Española no fueron exclusivos de esta isla, también los observamos en, al menos, otra colonia insular de la época, como se aprecia en la carta del Obispo de San Juan (colonia española de Puerto Rico) dirigida al Rey Felipe II, fechada 6 de Abril del año 1570, en la que expresa: “Advierto a vuestra magestad que es tan extrema la pobreza que digo desta iglesia que ni lo que tiene de Renta de fábrica ni los novenos de que vuestra magestad le haze merced llegan a dozientos y setenta ducados , y estos no bastan para comprar vino, harina y cera para dezir misa y aceite para la lámpara del santíssimo sacramento” (15).

Aquí, en la Isla La Española, un siglo después de la quejosa correspondencia del Obispo de San Juan, el Arzobispo de La Española, Carvajal y Rivera, se lamentaba en parecidos términos. En correspondencia a la corona, este Arzobispo escribía el 27 de Agosto de 1692: “Estado Eclesiástico: El más infeliz y miserable que he visto en mi vida (...) El culto divino el más indecente que jamás he visto, sin gente, sin órgano casi, sin ornamento ni ropa blanca, todo indecentísimo; la fábrica sin renta, acá todo caro y a veces no se halla, como sucedió este año que por falta de manteca se alumbró el Santísimo con una vela de sebo en la Catedral (...) La Iglesia más desgraciada que he visto en lo mucho que he andado, es ésta, y cuando por ser la Primada de las Indias, y ésta la primer tierra en que se plantó la fe, parecía conducente a estar más atendida, es el desecho de todas” (16).


3- El caso de la colonia de Cuba:

Sin embargo, otra isla, como fue el caso de la colonia española de Cuba, tuvo compensaciones y beneficios derivados de los nuevos descubrimientos en Tierra Firme. En parte, tales beneficios los obtuvo Cuba, específicamente el puerto de La Habana, a consecuencia de la pérdida de la preeminencia y del aislamiento a que empezó a ser sometida la isla de Santo Domingo. El reciente escenario geopolítico y los novedosos intereses de España así lo determinaron.

El historiador cubano Ramiro Guerra y Sánchez (citado en capítulo anterior) comenta sobre las causas que originaron el aislamiento de Santo Domingo y las que, a la vez, marcaron el inmediato inicio de la preeminencia del puerto de La Habana. Ramiro Guerra dice: “La proximidad de la región oriental de Cuba a La Española, centro de la colonización en el Nuevo Mundo durante varios años, favoreció el desarrollo de dicha parte de la isla (de cuba:psr) y de las poblaciones situadas en la costa meridional, más cercanas, no sólo a Santo Domingo, cabecera del virreinato, sino a las demás colonias fundadas en las islas o las costas continentales del Caribe. Pero la conquista de México primero, y el establecimiento de las rutas marítimas permanentes entre España y las Indias después, con escala forzosa de las naves en el puerto de la Habana durante el viaje de retorno, comenzaron a darle mayor importancia a la zona occidental, particularmente al puerto habanero.

En los primeros treinta años del siglo XVI –continúa Guerra y Sánchez- el puerto de Santo Domingo era el más frecuentado de las Indias (...) pero el cambio en el sistema de comunicaciones entre España y las Indias produjo una importante consecuencia en Cuba, además de asegurar la hegemonía de la parte occidental, cortó casi completamente las relaciones de la isla con la Española y la conectó más estrechamente con México y con la Florida” (17).

El cambio en el sistema de comunicaciones a que hace referencia Ramiro Guerra en el párrafo anterior tiene mucho que ver con el descubrimiento de las corrientes marítimas del Golfo de México, frente a la isla de Cuba, cuyas corrientes impulsaban a los barcos españoles que regresaban a la península después de reunirse en La Habana. Este puerto tomó desde entonces una extraordinaria importancia, cayendo Santo Domingo en una “situación de insignificancia política y económica”, como señalaba Otto Schoenrich.

El fenómeno del aislamiento de Santo Domingo y la inmediata preeminencia del puerto habanero tuvo, con el tiempo, resultados diversos y dispares en ambas colonias, los cuales podrían ser evaluados en forma elemental y sintética de la siguiente manera: como consecuencia de tal preeminencia, la colonia española de Cuba pudo obtener, como obtuvo, un mayor desarrollo económico que la aislada colonia española de Santo Domingo, pero, posiblemente a resultas de ese mayor desarrollo económico de ciertas élites de la colonia de Cuba, las relaciones y las visiones intra-sociales que allí fueron generándose, derivaron en la conformación de diversos males propios de un sistema esclavista ejercido en la prosperidad de unos pocos amos, dueños y colonos, a expensas de una masa mayoritaria de depauperados y de esclavos. Uno de tales males sociales, el discrimen racial, no podía potenciarse en una sociedad esclavista ejercida en aislamiento y pobreza como la colonia española de Santo Domingo.

Resultados objetivos de un sistema esclavista ejercido en la riqueza de unos pocos beneficiados, como los denunciados a finales del pasado siglo XX por el líder cubano, Fidel Castro, no pudo generarse ni se generó en Santo Domingo. Castro expresaba: “En los parques de muchas ciudades (cubanas:psr) se podía observar el espectáculo bochornoso de que blancos y negros debían transitar por diversos sitios. Muchas instituciones educacionales, económicas y recreativas privaban a los ciudadanos negros del acceso a ellas, y con esto, del derecho al estudio, al trabajo y a la cultura, y lo que es más esencial, a la dignidad humana” (18).

El citado historiador cubano, Ramiro Guerra explica el origen de otros males sociales producto directo de aquella preeminencia del puerto habanero: “En la Habana, las flotas fueron un factor de corrupción y de desorden. Tan pronto las naves fondeaban en el puerto y la gente saltaba a tierra, el juego se permitía y se toleraba sin limitación alguna. Convertidas las casas en garitos, los escándalos, las riñas y las muertes eran frecuentes. Al propio tiempo, marinos y pasajeros cometían toda clase de desafueros con el vecindario, sin respeto a las autoridades locales” (19) p. 91. “Los habaneros mantenían con las flotas otra forma particular de comercio. Vendíanles frutas, carne, pescado, legumbres (...) y proporcionaban a los pasajeros alojamiento en tierra, mientras los barcos permanecían en el puerto semanas y meses. El arribo de la flota convertía la Habana en un enorme hospedaje y en una inmensa casa de juegos, negocios ambos que rendían no poco provecho” (20).


4- Despoblación y pobreza en Santo Domingo
como problemas positivos:

¿Cómo pudo una sociedad, como la dominicana, obtener algún beneficio a partir de factores tales como pobreza y aislamiento?

La República Dominicana, cuyo pueblo es étnica y culturalmente mezclado profusamente, ha logrado atenuar desde hace más de tres siglos el problema del discrimen racial manifiesto, lo cual posiblemente no pueda lograrse a corto plazo en pueblo alguno, ni improvisándose, ni siquiera planificándose. Ello parece haber sido logrado a través de unos específicos procesos históricos que en la sociedad dominicana han ocurrido en forma muy particular.

Obviamente, al interior de la sociedad dominicana no habrá desaparecido aún el prejuicio racial, pero no existe ni ha existido discriminación ni odio étnico manifiesto.

En efecto, como ya lo hemos señalado, es escasamente probable que se generasen malquerencias étnicas y discordia social en una colonia en ruinas en donde, a la vez, sus diversas razas y culturas se fusionaban. El historiador Roberto Cassá nos ofrece una vívida impronta a ese respecto cuando apunta: “A duras penas se puede conceptuar como clase dominante a los hateros, típicos propietarios ganaderos, en realidad rústicos habitantes del campo con escasísimos niveles de acumulación y un estilo de vida no muy diferente del de sus contados esclavos” (21).

El historiador y académico dominicano, Frank Moya Pons, nos ilustra en ese sentido cuando expresa: “Entretanto, la colonia española de Santo Domingo, se debatía en medio de la pobreza, abandonada por España y amenazada por sus enemigos”(22). El Mismo Moya Pons enriquece su planteamiento y dice: “ La situación general de Santo Domingo y sus alrededores a mediados de 1680 era tal, que cuando llegó el nuevo gobernador Diego de Sandoval a sustituir a Antonio Osorio era de hambre, miseria y aflicción (...) muchos de los vecinos no pudieron ir a recibirlo por no tener ropa que ponerse”(23).

En ese mismo tenor se expresaba, a fines del mismo siglo XVII, el Arzobispo de Santo Domingo, Fr. Fernando Carvajal y Rivera, en un informe a la Corte fechado 10 de Agosto de 1690 que decía: “Celébranse los días de precepto misas de noche, mucho antes de amanecer, porque de no ser así, se quedarían sin oírla las dos terceras partes de la gente de ambos sexos, por no tener vestidos decentes en la ciudad, donde todos son conocidos” (24).

Fue en ese universo local de ruina y distensión en donde se gestó, a partir del siglo XVII, aquel intenso proceso de mestizaje, como lo expresa Roberto Cassá: “ La cercanía de amos y esclavos alentó el mestizaje. En particular, la pobreza operó como resorte que aproximó a libres, libertos y esclavos o a blancos, mulatos y negros. El mestizaje dejó de estar centrado en la relación entre blancos y esclavas para expandirse a nuevas variantes, que incluían esclavos con mujeres libres. Los cruces entre categorías sociales y étnicas no sólo eran producto de la realidad circundante sino de la voluntad de muchos para mejorar el estatuto social, lo que antes resultaba más limitado y se refería con exclusividad a las mujeres negras o mulatas. El resultado fue una relajación de las regulaciones que impedían a las personas de color ser aceptadas dentro del conglomerado superior.

Lo más importante de dicho proceso –continúa Cassá- fue que el mestizaje trascendió con mucho el aspecto biológico, teniendo consecuencias en variados órdenes culturales. El mulato criollo se identificaba a un paradigma cultural emergente (...) En todo caso, los mulatos perfeccionaron la simbiosis del aporte cultural hispánico básico con componentes africanos, constituyéndose en protagonistas del desarrollo de marcos culturales locales inéditos (...) La cultura criolla, si bien fue iniciada por la asociación con el nuevo medio de los españoles que decidieron tener en América su destino, cobró perfiles más amplios y definidos con la emergencia del sector mulato” (25).

Ahora observemos las opiniones que respecto a estos procesos nos ofrece el sociólogo y periodista dominicano José Ramón López, quien escribía en 1915: “Cayeron aquí las murallas que separaban a blancos y negros, porque fueron derribadas por la ignorancia y la pobreza”. Y continuaba: “ Las emigraciones al continente iberoamericano redujeron al mínimo la potencia económica del país, y la carencia casi absoluta de escuelas abatió la mentalidad del blanco hasta reducirla a la escasa que había alcanzado el negro nacido en la colonia. Naturalmente, pobres e ignorantes por igual ambas razas, desapareció el valladar que los separaba (...) Por eso aquí tenemos resuelto, aunque inconscientemente, el problema racial, el más pavoroso y terrible que se yergue hoy en los países en donde conviven negros y blancos” (26), concluye José Ramón López.

Vemos entonces, cómo, apenas a partir de los primeros decenios después del descubrimiento de la isla de Santo Domingo, problemas tales como el éxodo, la despoblación, el aislamiento, la pobreza, la pérdida de la preeminencia y el mestizaje, han estado, sin embargo, conformando importantes valores sociales.

La inexistencia de las tradicionales y generalmente conocidas prácticas discriminatorias en la sociedad dominicana es hoy mejor observada, no sin discreto asombro, por turistas y visitantes extranjeros. Ello tal vez sería parte de la magia del éxito de República Dominicana como destino turístico.

Es conocida a través de los medios de comunicación la clásica respuesta de quienes nos visitan al preguntárseles qué les agrada de nuestro país: “su gente”, suelen siempre responder ¿Por qué? Intimando con algunos de éstos llegamos a entender la razón de tal señalamiento: “me asombra y agrada –explican algunos visitantes- el hecho de que paso frente a gente de color y no percibo la clásica –sutil o directa- animadversión ni rechazo ni agresividad hacia mí; esto parece ser sincero de parte de los dominicanos; no es mero teatro. Pido permiso y me abren paso con discreta cortesía. Noto cómo los nacionales comparten espontáneamente personas de todos los colores. No conocí fenómeno tan natural en otras partes...” Este visitante no sabe, pero lo intuye, que tal “fenómeno” social es el producto de un particular proceso histórico de siglos y generaciones entre culturas y etnias diversas, siendo, en consecuencia, una de nuestras peculiares riquezas como nación.

La mitigación de las clásicas y “mundializadas” aberraciones raciales en República Dominicana se evidencia en las vigorosas muestras con que el pueblo ha rechazado las actitudes y las políticas racistas cuando alguien, ignorante de la particular naturaleza de nuestros procesos históricos, ha osado ponerlas en práctica. Ya en épocas del inicio de la anexión a España (1861), ese pueblo no toleró -ni hasta entonces conoció- las actitudes de un nuevo y odioso modelo de discrimen racial ejercido en su contra por parte de los militares y burócratas recién llegados desde la Península Ibérica y desde las colonias de Cuba y Puerto Rico. Estos recién llegados al parecer no entendían que el discrimen manifiesto y el odio étnico se generaban, más bién, en los sistemas donde coincidían esclavitud y riqueza, desconociendo que el patrón en la colonia de Santo Domingo había sido la pobreza común de amos y esclavos y el indetenible mestizaje. Tales actitudes discriminatorias provocaron, en parte, el choque cultural que desató las sangrientas y triunfantes guerras restauradoras.

El historiador y académico dominicano Emilio Cordero Michel se expresa sobre el surgimiento de ese choque cultural verificado en las guerras restauradoras, así: “A mi modo de ver, esa política de discriminación racial fue la que aumentó la agudización de las contradicciones hasta llevarlas a un nivel explosivo. Burócratas, oficiales y soldados que venían no podían aceptar la igualdad con negros y mulatos dominicanos” (27).

El mariscal español José La Gándara y Navarro en su libro Anexión y guerra de Santo Domingo. Tomo I, da su versión respecto a estos hechos: “Aconteció con frecuencia que los blancos desdeñasen el trato con los hombres de color o que repugnaran su compañía. En ocasiones hubo algún blanco de decir a un negro que si estuviera en Cuba o Puerto Rico, sería esclavo y podrían venderlo por una cantidad determinada” (28). En otra parte del mencionado libro el mariscal La Gándara dice: “El soldado y raso español no podía darse cuenta de que realmente fuera general o coronel el negro o mulato que detrás de un mostrador le regateaba un objeto de comercio” (29).

Cordero Michel concluye con que: “Aunque casi todos los oficiales apoyaron a Santana en sus proyectos anexionistas, cuando vieron el territorio nacional hollado por la soldadesca española y comenzaron a sufrir en carne propia los efectos de la política económica (...) y la discriminación racial y religiosa dieron inicio a los intentos restauradores de comienzos de 1863 que culminaron con el estallido revolucionario y popular del 16 de Agosto de ese año” (30).

En consecuencia, el dominicano de ayer y el de hoy no concibe ni entiende ni tolera tales aberraciones raciales; no porque se sienta blanco sino por la espontaneidad que le ha otorgado sus propias raíces históricas. La atenuación del discrimen racial debería ser considerado un valor adicional de la sociedad dominicana, el cual, en forma alguna ha sido un regalo, sino que, de hecho, ha tenido elevados costos pagados en forma de, entre otras, el abandono de la isla, el éxodo permanente, y los consecuentes siglos de pobreza.

Sin embargo, y concluyendo, no obstante a todos los notables valores sociales que hayamos obtenido en el decurso de nuestra historia, aún nos quedan muchos procesos por completar: aún la sociedad dominicana del presente exhibe con pasmosa similitud la dualidad social y económica de la pasada colonia; aún permanece la influencia de una añeja y sólida estructura conformada por velados prejuicios raciales, sociales y económicos; y, finalmente, aún la empresa de la nación dominicana carece de un socio absolutamente necesario y vital: el pueblo mayoritario, pobre y mestizo de siempre.-

Notas:
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1- Juan B. Fuentes Ortega; Psicohistoria; Los problemas psicohistóricos y el laberinto de la psicología. THEORÍA/ Proyecto crítico de Ciencias Sociales- Universidad Complutense de Madrid. Madrid, España.
2- Roberto Cassá; Historia social y económica de la República Dominicana-Tomo I. Editora Alfa & Omega, Santo Domingo, 2003, p.223.
3- Daniel Lescallier; Itinerario de un viaje por la parte española de la Isla de Santo Domingo en 1764; Relaciones geográficas de Santo Domingo. Sociedad Dominicana de Geografía, Vol. I; E. Rodríguez-Demorizi: Editora del Caribe, CxA, Santo Domingo, 1970, pp. 127-128.
4- Ver: Carlos Esteban Deive; Las Emigraciones Canarias a Santo Domingo, Siglos XVII y XVIII. Fundación Cultural Dominicana, Santo Domingo, 1991.
5- Angel Rosenblat; La Población Indígena y el Mestizaje en América, Tomo III; Nova, 1954, p. 19. / Ver: Hugo Tolentino; Raza e Historia en Santo Domingo, 1974, p.142.
6- Luis M. Díaz Soler; Historia de la esclavitud negra en Puerto Rico. Editorial Universitaria, Universidad de Puerto Rico, 1979, p.59.
7- Ibidem
8- Idem, p. 60.
9- Carlos Nouel; Historia Eclesástica de la Arquidiócesis de Santo Domingo Primada de América, Tomo I; Editora de Santo Domingo. Santo Domingo, 1979, p.125.
10- Juan Jacobo de Lara; Bosquejo Histórico del Santo Domingo Colonial como clave del Santo Domingo de hoy; Clío, No. 131; Enero-Agosto, 1975, p.32.
11- Ver: Vetilio Alfau Durán; Notas para la historia de la esclavitud en Santo Domingo. Clío, No. 131, Enero-Agosto, 1975, p. 71.
12- Antonio del Monte y Tejada; Historia de Santo Domingo, Tomo III; Tercera Edición; Biblioteca Dominicana: Serie I-Vol. VIII, Ciudad Trujillo, 1953, p. 29.
13- Antonio Sánchez Valverde; Idea del valor de la isla de Santo Domingo; Editora Nacional; Santo Domingo, 1971, p. 107.
14- Idem, pp. 111-112.
15- Luis M. Díaz Soler; Ob. Cit., p. 69.
16- Carvajal y Rivera, Arzobispo de Santo Domingo; Cartas a S. M.; Relaciones históricas de Santo Domingo; Vol. III. Compilación de E. Rodríguez Demorizi. Archivo General de la Nación, Vol. XIII. Editora Montalvo; Ciudad Trujillo, R. D., 1957, pp. 93-94.
17- Ramiro Guerra y Sánchez; Manual de Historia de Cuba –Económica, Social y Política-. Cultural, S. A., la Habana, 1938, pp. 73 a 75.
18- Fidel Castro Ruz; Informe Central, I, II y III Congreso Congreso del Partido Comunista de Cuba. Editora Política / La Habana, 1990, p.12.
19- Ramiro Guerra y Sánchez; Ob. Cit., p. 91.
20- Idem, p. 89.
21- Roberto Cassá; Peculiaridades del surgimiento del Estado Dominicano; Clío, No. 164, Junio-Diciembre; Santo Domingo, 2002, p. 184.
22- Frank Moya Pons; El pasado dominicano; Fundación Caro Alvarez, 1986, p.18.
23- Frank Moya Pons; Manual de historia dominicana; UCMM, 1977, pp. 64 y 66.
24- Relaciones históricas de Santo Domingo, Vol. III. Emilio Rodríguez Demorizi; Editora Montalvo, Ciudad Trujillo, 1957, p. 75.
25- Roberto Cassá; Historia social y económica de la República Dominicana, Tomo I; Editora Alfa & Omega, Santo Domingo, 2003, p. 223.
26- José ramón López; La paz en República Dominicana; pp. 27-30.
27- Emilio Cordero Michel; Características de la Guerra Restauradora, 1863-1865; Clío No. 164, p. 48.
28- Ibidem
29- Emilio Cordero Michel; Ob. Cit., p. 49.

30- Ibidem
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