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4.10.09

Historia de Santiago de Cuba. Por Luis Acosta Brehal (parte 2 de 3)

HISTORIA DE SANTIAGO DE CUBA.



II


Por Luis Acosta Brehal
Director del Centro de Estudios Antonio Maceo,

de Santiago de Cuba.Reanimación económica.



Primeros rasgos de autoctonía. (1700-1808)

Introducción.


Desde su fundación en 1515, la villa y luego ciudad de Santiago de Cuba vivió un período de auge de varias décadas, que distintos factores hicieron colapsar, hasta el traslado de la capital de la colonia a La Habana. Así, desde mediados del siglo XVI y durante todo el XVII vivió la ciudad en un estado de aletargamiento profundo, apenas perturbado, -para su beneficio-, por el despoblamiento forzado de Gonaibes, la conquista inglesa de Jamaica, y un ciclón que con sus lluvias provocó inundaciones cuyos arrastres cerraron la navegación por el río Cauto, con lo que buena parte del contrabando de Bayamo vino a efectuarse en Santiago.


No obstante estos siglos de desventuras sirvieron para que en el territorio santiaguero se constituyera una oligarquía patricia dueña de los mecanismos de poder en su entorno, es decir, del cabildo y de cuya influencia no podía sustraerse la autoridad departamental española. Además, en lo fundamental ya estaba constituida la estructura social del territorio: ricos oligarcas y comerciantes en su mayoría criollos, altos funcionarios españoles, y el obispo y los eclesiásticos integrantes del cabildo catedralicio, como sector privilegiado. El resto de la población estaba integrado por blancos pobres, mulatos y negros libres, dedicados casi todos a la agricultura, y por supuesto los esclavos, negros o mulatos, parte de los cuales servían a sus amos como sirvientes domésticos.

La economía, muy pobre, se sustentaba en la explotación extensiva de la tierra en grandes hatos ganaderos con bajo aprovechamiento del ganado, una agricultura de subsistencia y un comercio mayormente de contrabando que generaba pocas ganancias, y por lo tanto no daba lugar a la formación de grandes capitales invertibles en el crecimiento económico. Para Santiago, este comercio de contrabando perfilaba ya vínculos importantes con otras tierras del Caribe colonias o no de España, así como un intercambio humano y cultural que siglos después tendrá particular significación. Baste señalar que como atestiguan los archivos coloniales, ya desde entonces era frecuente que santiagueros, dominicanos, jamaicanos y otros habitantes de las islas caribeñas vivieran temporadas más o menos largas en una u otra isla.


El gobierno colonial regional.
La oligarquía santiaguera y el fracaso de su aspiración desarrollista.


Con el siglo XVIII, se abre para Santiago un período de acu-mulación de fuerzas que se extiende hasta más o menos el 1790, y nace en España la dinastía borbónica enfrentada a la necesidad de modernizar el atrasado estado español y su sistema colonial. Con el apoyo francés, debía también hacer frente a la liga de Portugal, Inglaterra y Austria, que deseaban reinstaurar en el trono español a la dinastía austríaca.(1) Esta fue la llamada Guerra de Sucesión.


La actividad gubernamental borbónica se caracterizó, entre otros hechos, por su política sistemática de centralización del poder, extendida a sus colonias. En octubre de 1729 el coronel Pedro Ignacio Jiménez asumió el gobierno del Departamento dispuesto a aplicar la política borbónica. Por ello prohibió al ca-bildo otorgar mercedes de tierras y solares urbanos, trató de aplicar con rigor el monopolio del tabaco, impedir el contraban-do, etc. todo lo cual le otorgó la enemistad de la oligarquía.(2) Provocó además, un serio conflicto con los esclavos del Cobre en 1731 al pretender someterlos a su voluntad, lo que condujo a la insubordinación de dichos esclavos.


El cabildo santiaguero se quejó continuamente al Rey de la actuación de su gobernador, quejas que apoyó el obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz. Se alegaba que el descontento generalizado podía ser aprovechado por los ingleses desde la cercana Jamaica para arrebatar Cuba a España, y la corona, presionada de esta forma y necesitada del apoyo de la oligarquía para sostener su poder colonial, prefirió sacrificar a su gobernador deponiéndolo en 1734. Este fue un triunfo de la oligarquía santiaguera frente a la política centralizadora de los Borbones, demostrativo de su fuerza en el territorio, sustentada en sus 600 mercedes de hatos y corrales, en la dependencia que respecto a ellos tenían los campesinos arrendatarios, en su dominio del cabildo, etc.


Sin embargo el gobierno de Pedro I. Jiménez marcó el inicio del lento pero progresivo declinar del poder oligárquico, como prueba el hecho de que desde entonces perdió el derecho de mercedar tierras. La monarquía también ratificó la dependencia de Santiago de Cuba a la Capitanía General, por lo que la oligar-quía, deseosa de un mayor espacio de poder y oportunidades de desarrollo, pidió al Rey la conversión del Departamento en Capitanía General, petición rechazada entre otras cosas por la fuerte oposición de la oligarquía habanera.


Pese a perder poder, la oligarquía mantuvo el control del Ca-bildo, su preeminencia económica, social y cultural, e incluso, logró acceso a puestos importantes del aparato de gobierno colonial.


Los enlaces matrimoniales reforzaban su alianza con goberna-dores y funcionarios, así como con la Iglesia y su Cabildo. A tono con su preeminencia, comienza a preocuparse por su status cultural, y sus hijos son enviados a estudiar en La Habana y España, así como a Méjico.


Por otra parte, la política centralizadora de los Borbones requirió gobernadores más capaces para el desempeño de sus funciones. En este plano se destacan los gobiernos de Francisco Antonio Cagigal de la Vega (1738-1746), el brigadier Alonso Arcos y Moreno (1746-1754), y el de Fernando Cagigal (1763-1769). Algo después, destacan los gobiernos de Nicolás de Arredondo (1782-1788), el brigadier Juan Bautista Vaillant (1788-1796), el coronel mejicano Juan Nepomuceno Quintana (1796-1798), el brigadier santiaguero Isidro Limonta (1798-1799), y Sebastian Kindelán (1799-1810). Todos, se esforzaron en aplicar la política centralizadora de los borbones, pero tratando de no entrar en conflictos con la oligarquía, que en su mayor parte estaba integrada por criollos. Por eso propiciaron el contrabando, apoyaron las demandas y peticiones de los ricos santiagueros al Rey, se opusieron al monopolio comercial habanero, defendieron el comercio con Cartagena y otros puertos de Tierra Firme y el Caribe, lucharon contra las trabas al comercio, reclamaron la libre obtención de fuerza de trabajo esclava, denunciaron los impuestos abusivos que frenaban el comercio y la producción, etc. A los cinco últimos de estos gobernadores se les conoce como Ilustrados, entre otras razones, por su vinculación con lo más avanzado de la oligarquía local, deseosa de cambios que condujeran al progreso. Nicolás Arredondo, promovió la creación de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, la que desde su fundación en 1787 desarrolló una importante labor promoviendo la publicación de un periódico, el estudio de plantas medicinales, la introducción de nuevos cultivos y técnicas agrícolas, mejoras en la enseñanza, el uso de la litografía, el acercamiento a las ciencias y nuevas formas de pensar.(3)


Todos estos gobernadores se ocuparon de mejorar la situación de la ciudad con construcciones de mayor calidad y prestancia, tanto civiles como religiosas y administrativas, se mejoraron las comunicaciones especialmente con Bayamo, perfeccionaron la administración del Departamento, crearon escuelas e instituciones benéficas, reforzaron las defensas y mejoraron las condiciones de estancia de las tropas, fortalecieron las milicias, se empedraron calles y se mejoró el alumbrado público, mejoraron las condiciones portuarias, la Plaza de Armas y el edificio del Cabildo o Ayuntamiento, gobierno y cárcel, se enfrentaron a la proliferación del juego y otros vicios, etc.


Todo este período fue de un crecimiento lento en las primeras décadas, pero más acelerado en las finales; período durante el cual el territorio disfrutó de la ilustrada labor del obispo Pedro A. Morell de Santa Cruz, promotor de la cultura y de los oficios, introductor o iniciador de renglones económicos como la apicultura y el cultivo del café. También en esta época Santiago se benefició de la ilustrada y liberal actividad y pensamiento de Nicolás Joseph de Ribera, nacido en Santiago de Cuba en 1724, tenaz defensor de las aspiraciones de progreso del territorio y de Cuba.(4)


Pese a todo, la ciudad y su territorio seguía siendo durante el siglo XVIII bastante pobre, razón por la cual la Iglesia gestionó ante el Rey el traslado de la sede del obispado a La Habana, donde los diezmos serían más abundantes. A tenor de las reali-dades de la Isla en 1789 la corona la dividió en dos obispados con sedes en La Habana y Santiago de Cuba.(5)


Esta pobreza no pudo ser vencida por los intentos desarrollistas de la oligarquía. Por ejemplo, la idea y propuesta de colonizar la zona de la bahía de Nipe, que podría usarse como puerto bien situado para competir en las rutas comerciales del norte; la de crear en Santiago de Cuba una compañía comercial de carácter monopolista para competir en el comercio caribeño, o la idea de colonizar la región de Santa Catalina, (Guantánamo) con un buen puerto y una importante producción de sal, fueron proyectos ninguno de los cuales prosperó, pese al apoyo y gestión del Cabildo, y de gobernadores como Carlos de Sucre y Juan de Hoyos Solórzano. Chocaron con el desinterés de la corona, la oposición de los capitanes generales, de la oligarquía habanera, de la Real Compañía de Comercio de La Habana (creada en 1740), y con la falta de capitales propios. Además, la ausencia o pequeñez de los situados fue otro obstáculo.(6)


Evolución económica. Influencias externas.


La llamada Guerra de Sucesión dio lugar a que el entonces gobernador departamental Juan Barón de Cháves, embargara los bienes del asiento portugués para el comercio de esclavos, negocio que España entregó en 1702 a la Compañía de Guinea de nacionalidad francesa, la que estableció una factoría en Santiago de Cuba. En 1713, el negocio pasó a la inglesa nombrada Compañía de los Mares del Sur, que mantuvo la factoría santiaguera por espacio de unos 25 años.(7)


Esta factoría permitió que la oligarquía viera satisfecha su vieja demanda acerca de la fácil y barata adquisición de esclavos, necesaria para el desarrollo de la economía y la producción de azúcar. El crecimiento fue sin embargo lento por la falta de mercados de gran demanda, ya que los principales: Inglaterra y Francia tenían sus necesidades cubiertas con la producción de sus propias colonias. El comercio legal que se tenía con los puertos de Tierra Firme demandaba poca azúcar aunque la pagaba a buenos precios. Por esto, y por la ausencia de capitales, la industria azucarera se mantuvo con lento crecimiento, técnicamente atrasada, con mala organización del trabajo esclavo, poco productiva y onerosa. No pudo ser como en otras partes, el motor impulsor de la economía a pesar de la disponibilidad de fuerza de trabajo.


Las compañías no sólo tenían derecho a traer y vender esclavos, sino que se les permitía introducir ropas y géneros con destino a la factoría, lo que aprovechaban para encubrir un activo comercio de contrabando con comerciantes de Barbados, Las Trece Colonias y Jamaica.


Compitiendo con la compañía inglesa también se relacionaba con Santiago la española llamada Compañía Guipuzcoana de Caracas, que además de contrabandear, tenía la ventaja de poder realizar el comercio legal y de dar protección armada al comercio, ofreciendo mejores precios de compra y venta. La actividad de ambas compañías fue beneficiosa para Santiago, pues creció su comercio legal e ilegal, se realizaron negocios con buenos dividendos y de magnitud mayor a la acostumbrada, para beneplácito de la oligarquía. Esto provocó una mayor circulación monetaria, el crecimiento del mercado interno y de la producción artesanal, la que se consolidó y comenzó a crear una tradición y estilo propios, ajustado a las condiciones de vida y a la cultura que emergía en la ciudad.


La pequeña mejoría económica que se experimentaba estimuló el crecimiento poblacional y con él, el de la producción de frutos menores, legumbres, huevos, y aves, dentro de la tradicional economía de autoconsumo.


El importante renglón de la ganadería mantuvo sus características, aunque aumentaron las ventas de cueros, sebo, y carne salada. Se inició con Jamaica la venta de ganado vivo.


En los primeros 70 años del siglo XVIII el sector económico más dinámico fue el comercio -legal o ilegal- siempre vinculado a la actividad corsaria. Legalmente se desarrollaba con Jamaica y Saint Domingue -cuando no había guerra con Inglaterra o Francia- y era ventajoso por los precios, calidad y variedad de las mercancías que se obtenían, y que no pocas veces se reexportaban a Porto Bello, Cartagena, Santa Marta, el Golfo de Honduras, Campeche e islas del Caribe. Se comerciaba también con La Habana y España. Pero este reducido comercio legal era inestable debido a las frecuentes guerras que desarticulaban las relaciones mercantiles y el sistema de flotas. Además, la monopólica ciudad de La Habana, frecuentemente impedía la llegada a Santiago de los buques de la flota destinados a esta ciudad, al punto de que en 1719 el Cabildo santiaguero se quejaba al Rey porque en once años no se había recibido nave de registro en este puerto.(8)


Pese a todo, Santiago de Cuba tuvo una mejoría sensible si se le compara con la situación de siglos anteriores, avance en que tuvo un papel destacado la actividad corsaria, ligada al comercio y el abundante contrabando.(9)


Durante las guerras, las naves corsarias usadas contra los enemigos de España, también hacían el comercio cuando podían. Los buques mercantes por su parte cuando les era posible se dedicaban al corso también. Las acciones corsarias eran un gran negocio ya que con pocos gastos se podía obtener un rico botín en mercancías, dinero, esclavos, etc. del cual se beneficiaban el capitán corsario, el armador o financiero de la nave, y el gobierno. El corso permitió a parte de los potentados de la ciudad acrecentar sus fortunas.(10)


En 1704 durante la Guerra de Sucesión, dos fragatas salidas de Santiago, tripuladas mayormente por voluntarios y bajo el mando del gobernador departamental, atacaron las islas inglesas de Providencia y Siguatey, en Las Bahamas y regresaron con un enorme botín. El éxito fue tan grande y sonado, que en recompensa el Rey Felipe V le otorgó a la ciudad en 1712 el título y escudo de Muy Noble y Muy Leal.(11)


Para 1747 eran muy conocidos los capitanes corsarios santiagueros Francisco Veranes, Bartolomé Valladón, Vicente López, Pedro Acosta, Luis Pavón y Joseph González,(12) destacados en la llamada Guerra de la Oreja de Jenkins que se inició en octubre de 1739, durando hasta 1748.


El escenario principal de esta guerra con Inglaterra fue el Mar Caribe, y tuvo una fuerte incidencia en la ciudad de Santiago de Cuba por varias razones. Entre ellas, las riquezas traídas por sus corsarios, lo que motivó que fuera esta época la más feliz de Cuba. Por ejemplo en 1740 se capturaron dos ricos cargamentos y más de cien prisioneros.(13)


También la guerra dio lugar a que el Gobernador del Departa-mento, Francisco Cagigal, se ocupara de reforzar las defensas de la ciudad. Reparó y mejoró los castillos del Morro y La Estrella, construyó parapetos, trincheras, y torreones en la costa y playas cercanas como Aserradero y Guajaibón; las trincheras y parapetos de Aguadores fueron convertidas en una fortaleza y se construyó y artilló la batería de Cabañas.(14)


Los ingleses por su parte renovaron el plan de apoderarse de Cuba, comenzando por Santiago de Cuba, para lo cual alistaron en Jamaica 5 000 hombres y 57 buques al mando del almirante Vermont y del general Wenworth. En 1741 bloquearon el puerto de Santiago de Cuba mientras las tropas desembarcaban en las cercanías de Guantánamo, desde donde avanzaron sobre Santiago.


Cagigal alistó las milicias y todas las tropas disponibles, repar-tió armas a los voluntarios, reforzó la guarnición de las fortale-zas, pidió refuerzos al resto de la Isla, y formó varios destacamentos, con los cuales realizó un continuo hostigamiento a las fuerzas invasoras desembarcadas, tan efectivo, que obligó a las tropas inglesas a regresar a su punto de partida -Guantánamo-, donde el general Wenworth construyó un campamento fortificado con el nombre de Nueva Cumberland. Allí se estableció en espera de refuerzos, y continuamente hostilizado por los destacamentos de Cagigal.


Mientras, los corsarios santiagueros incrementaron sus ataques a las líneas de comunicaciones y comercio ingleses, obligando a la flota a dispersarse para protegerlas, y aflojar el blo-queo sobre Santiago.


Las cuantiosas bajas que sufrían y la falta de abastecimientos y refuerzos puso a las fuerzas de Wenworth en situación difícil luego de cuatro meses de estancia en tierra, por lo que se vieron forzados a retirarse, derrotados por las fuerzas de Cagigal.


Durante la guerra, entre 1739 y 1742 los corsarios causaron a Inglaterra pérdidas por 31 millones de libras, gran parte de ellas por los de Santiago de Cuba, actividad corsaria que también encubrió un amplio contrabando.(15)


Por sus éxitos Cagigal fue ascendido y nombrado Capitán Ge-neral en 1746 y lo sustituye Alonso Arcos y Moreno, el cual enfrentó un nuevo ataque inglés en 1747, cuando las fuerzas de Charles Knowles trataron de conquistar Santiago con un ata-que por mar el 9 de abril y otro terrestre el día 10, teniendo que retirarse en ambos casos con graves pérdidas.(16)


Cagigal desde la Capitanía General, y muy vinculado entonces a la oligarquía habanera y a los accionistas de La Real Compañía de Comercio, se convirtió en un tenaz enemigo del comercio de contrabando, aceleró la implantación de la centralización, limitó las libertades de la oligarquía oriental, y dictó órdenes diversas, impuestos y medidas, que perjudicaban seriamente a los potentados santiagueros y al territorio. Esto provocó enérgicas protestas del cabildo alegando los perjuicios que sufría esta ciudad, se denunció a la Real Compañía por los males que causaba a la ciudad y su zona agrícola, y cómo los productores de tabaco abandonaban el cultivo por la política de la misma. Se explicó que la desatención de la Real Compañía al no abastecerlos de mercancías y esclavos obligaba al contrabando, etc. La corona, que no deseaba enemistarse con la oligarquía santiaguera y oriental, atendió parte de sus reclamos y ordenó la venta de 500 esclavos en Santiago de Cuba.(17)


Las protestas no pudieron evitar la continuidad del fortalecimiento de la política centralizadora y la consiguiente pérdida de preeminencia de la oligarquía, y aún cuando se mantuvo el con-trabando, las aspiraciones de crecimiento económico indepen-diente y acelerado no se realizaron.


Parte destacada de la política centralizadora era la modernización y fortalecimiento de las finanzas del estado español. Se acudió a varias medidas para incrementar los ingresos en un proceso que duró varias décadas y que terminó con el perfeccionamiento de La Real Hacienda hacia 1760. Entre esas medidas figuró La Composición, mediante la cual las tierras mercedadas que eran propiedad del Rey, se vendieron a sus usufructuarios. Con ello quedó establecida la propiedad capitalista de la tierra, y se eliminó el impuesto de La Rueda.


La Real Hacienda modernizada, significó un mayor orden y claridad en el sistema tributario, la disminución del número de impuestos y mayor facilidad para las labores comerciales y productivas.


El 11 de junio de 1766 la ciudad sufrió un desbastador terremoto, seguido de una epidemia de viruela y fiebre amarilla. Al iniciarse la década de 1770 la ciudad está restableciéndose de esas calamidades, y la oligarquía continúa su batallar por mejo-ras. Así lo muestra la fundamentación de las peticiones al Rey, que realiza el síndico del Cabildo doctor Tomás Creach el 30 de enero de 1775, en la cual alega que la ciudad posee un importante puerto situado en posición ventajosa, un vecindario numeroso, un comercio en el que participan buques españoles y de otras naciones, tierras fértiles y abundantes, útiles maderas, gran producción de azúcar, granos, frutos y ganado. Añade que el tabaco exportado tuvo un valor de 150 mil pesos, etc.(18)


A juzgar por estos planteamientos puede afirmarse que la ciudad y su entorno tienen condiciones y potencialidades económicas para crecer. En realidad, hasta esa década el crecimiento ha sido relativamente grande comparado con siglos anteriores, se ha crecido en la producción ganadera, el azúcar, la producción agrícola en general, y se incorporó un rubro: el tabaco, que pese a las trabas monopólicas de la corona y la Real Compañía, fue importante, sobre todo porque sustentó la actividad económica de un grupo numeroso de pequeños y medios campesinos, arrendatarios o dueños de la tierra.


Para esta década la producción azucarera se realiza mediante pequeños ingenios y trapiches, sujeta a los vaivenes de los precios que en los 70 tienen tendencia a la baja por los menores costos de producción de las colonias inglesas y francesas. Precios bajos, altos impuestos, y altos precios de la fuerza de trabajo esclava, impiden a la oligarquía capitalizar.


Al firmarse una nueva paz con Inglaterra en 1763, se crea un nuevo monopolio en la trata negrera, al otorgarse el asiento del negocio a la Compañía General de Negros, que vende su mercancía a altos precios. Esto, unido a la poca productividad del trabajo esclavo y al costo que representaba su manutención, incrementó la tendencia que ya existía en la zona oriental, a convertirlos en arrendatarios.


Por su parte la producción ganadera mejoró al pasarse de la cría extensiva a la intensiva mediante el uso de los potreros, y aumentarse el número de hombres dedicados a la atención del ganado que fue entonces más sistemática. Este cambio lleva a la división de los grandes hatos en propiedades más pequeñas: potreros o explotaciones agrícolas que producen para el abasto de la ciudad y las dotaciones de esclavos. La producción agrícola tiende a diversificarse con un discreto avance de la apicultura y la producción de café.


En 1783 una nueva guerra con Inglaterra, la independencia de Las Trece Colonias, y la Revolución Industrial, provocaron grandes cambios y problemas en el comercio de esclavos, seria dificultad para la oligarquía, que demandaba insistentemente a la corona la libertad de la trata. En 1783 el Rey autorizó la compra de esclavos en las colonias francesas, y en 1789 decretó la trata libre o libre comercio de esclavos,(19) importante paso en la ruptura del monopolio comercial español. La trata libre sirvió para amparar un intenso contrabando de los buques santiagueros, que en otros puertos compraban unos pocos esclavos y realizaban una intensa compraventa de mercancías, lo que ocurría también con barcos de otras naciones, llegados a Santiago.(20)


Legal o ilegal, el comercio exterior crecía, pero no ocurría así con el interior. La escasez de monedas de pequeña denominación, los pequeños situados destinados a Santiago y otros factores limitaban el mercado interno, pese a la existencia de nume-rosas pulperías, tabernas, talleres artesanales, y tiendas, disper-sos por la ciudad, a los que se unían los vendedores ambulantes que la llenaban con sus pregones. Este mercado cayó en crisis hacia 1781 y las autoridades tuvieron que poner en circulación 30 000 pesos en monedas de cobre de la época del gobierno de Cagigal, y que fueron sacadas de la circulación cuando se puso en uso el peso fuerte, equivalente a cuatro reales.(21) Al año siguiente se tuvo que poner en circulación monedas de cartón, naipes o barajas francesas, las que se conocieron como monedas de necesidad, y que pronto fueron falsificadas y dieron lu-gar a una fuerte especulación.(22) Estos hechos muestran que la economía del territorio, si bien crecía, también afrontaba serias dificultades, por lo que los alegatos al Rey en demanda de reformas no cesaban. Presionado por ellas, y obligado por el acelerado afianzamiento en Europa del capitalismo y su Revolución Industrial, e incluso, por la fuerza que en algunas regiones de la península tomaba el capitalismo, el estado español se vio obligado -más allá de lo que suponía su política centralizadora-, a modernizar su estructura económica y sus relaciones con las colonias, adoptando diversas medidas que significaron en la práctica la ruptura del monopolio comercial, entre las cuales se destacan la creación de la Intendencia de Hacienda, la eliminación en 1767 de la Real Compañía de Comercio, la autorización al puerto de Santiago para comerciar directamente con España en 1778, etc.(23)


El efecto acumulativo de estas medidas se hizo patente en los últimos 20 años del siglo XVIII. Comercio exterior y producción interna se estimulaban uno a otro, y la economía tomaba el rumbo de producir para el mercado exterior; disminuyó el contrabando a pesar de los altos impuestos al producto no español, y la actividad de la Intendencia de Hacienda facilitó las operaciones comerciales.


Estos factores positivos no deben conducir al espejismo de una bonanza económica grande para el territorio. Más bien se trata de que los mismos ayudan a confirmar las potencialidades económicas territoriales. La real situación la retrata el doctor Joaquín Osés de Alzúa y Cooperacio, arzobispo de Santiago de Cuba en informe al Rey de noviembre de 1794, en una de cuyas partes dice:


[...] habiendo logrado La Habana tantos auxilios para su incremento y grandeza, lejos de haberlos participado, Cuba se miró lastimosamente aniquilada y destruida, se habrá creído tal vez por los que han dirigido los intereses de la Isla, que La Habana no podía ganar sin que perdiese Cuba, o que no podría enriquecerse aquella, sin que empobreciese esta pretendiendo levantar una grandeza propia o con la ruina de otra, sin hacerse cargo que no pueden perder las partes sin que pierda el todo de que se compone, sin considerar que si una parte crece demasiado, aunque sea la cabeza, si toda la sangre acude, y se fixa en ella el cuerpo queda apoplético, toda la máquina se descompone y perece.(24)


El desarrollo propio de la región, los cambios en la política es-pañola, el acceso al mercado caribeño de la nación norteamericana, las influencias de la Revolución Industrial, y de la Revolución Burguesa en Francia, y principalmente los efectos de la Revolución Haitiana, se unirán para que en el territorio santiaguero se produzca una verdadera explosión en el crecimiento económico.


El conflicto en Haití creó un vacío en el mercado de azúcar y café favorable a la oligarquía cubana y santiaguera. Provocó además, -y entre otras cosas-, una fuerte inmigración de haitia-no franceses a la zona oriental de Cuba, especialmente a Santiago de Cuba y sus zonas inmediatas, los que llegaron en varias oleadas entre 1791 y 1803, estableciéndose aquí un elevado número de ellos, que algunas fuentes cifran en 30 000 personas.(25) En este número se incluyen esclavos traídos por sus dueños. Fue una inmigración de calidad, integrada por grandes hacendados y comerciantes, administradores experimentados, médicos, buenos artesanos, técnicos, trabajadores asalariados, campesinos, etc. muchos de ellos hombres de buena cultura, conocimientos técnicos, y experiencia en el manejo y organización de empresas agrícolas y comerciales, con arreglo a las prácticas capitalistas.


Varios efectos produjo en lo inmediato y mediato este arribo de inmigrantes: el aumento de la población y por tanto del consumo para beneficio del mercado interno, el reforzamiento de la ideología reaccionaria pues eran en su mayoría enemigos de la revolución y el abolicionismo, un influjo cultural renovador, y un potente impulso a la economía de la ciudad y sus alrededores, que llevó además a la ruptura de viejas costumbres en este campo del quehacer social, con una mentalidad utilitaria, em-prendedora y ágil.


Sebastián Kindelán, -Gobernador del Departamento-, apoyó el establecimiento de los inmigrantes y les dio todas las facilidades que pudo; gestionó y consiguió que la corona mediante medidas fiscales les beneficiara en los negocios que iniciaban. Los que disponían de dinero, -no muchos-, como Luis de Belle, Wanton, Prudencio Casamayor, y otros, compraron tierras. Por ejemplo, Casamayor compró a la Real Hacienda y a particulares una buena extensión de tierras en el partido de Limones, que dividió en lotes de 10 caballerías, y los arrendó a otros inmigrantes de menor fortuna. Fue una novedad la constitución en 1803 de sociedades o compañías para la adquisición de tierras. Luis de Belle Garde creó una que adquirió tierras en Santa Catalina (Guantánamo), y cada socio recibió un lote de 20 caballerías para explotar a su gusto. Otros lotes hasta 130 caballerías se arrendaron para beneficio común de los socios. Estas sociedades emitían acciones que se vendían incluso en Europa, revendían tierras, etc.(26)


Las tierras adquiridas por los inmigrantes se dedicaron funda-mentalmente a la producción de café, caña de azúcar, y en menor cuantía al algodón y el añil. Estas explotaciones agrícolas se caracterizaron por el empleo de modernas técnicas y la explotación intensiva y mejor organizada de la fuerza de trabajo esclava. Los productores arrendatarios entregaban el grano de café a los grandes propietarios de tierras en concepto de pago de la renta o en venta, y éstos lo sometían al proceso de beneficiado y lo comercializaban.


Estas explotaciones cafetaleras lograron el despegue de la economía territorial, cuya explosión productiva se produjo a partir de 1800. Así entre 1795 y 1805 la producción de café creció 10 veces.(27)


Los haitiano franceses también usaron el contrabando por puntos como Baitiquirí y Aserradero.


Importantes fortunas comenzaron a formarse en estos años y surgieron grandes haciendas y mansiones señoriales como Providencia, La Isabelica, Prosperidad, Sidonie, Fortune, etc. En la serranía de la Gran Piedra, al noreste de Santiago de Cuba, la riqueza y el lujo aparecieron basados en el trabajo esclavo.


En alguna menor medida, los haitiano franceses también triunfaron en la producción azucarera. En los ingenios que compraron o en los que fomentaron, mejorando e intensificando el trabajo esclavo, aplicando el uso de fertilizantes, mejoras técnicas que hicieron más eficiente a la industria, etc. Ingenios como Veguitas, Espanta Sueño, Santa Cruz, Cuabitas, Loma de Quintero, Cuaba, Boniato, y otros, daban apreciables ganancias.


La producción para el mercado internacional provocó mejorías en la navegación comercial y la marinería, así como el desarrollo portuario. La explotación de tierras más alejadas de la ciudad o en lugares de difícil acceso llevó al desarrollo de las vías de comunicación por donde llevar los abastecimientos a las grandes plantaciones y extraer la producción de las mismas hasta la ciudad y el puerto.


La presencia de los haitiano franceses inauguró en Santiago de Cuba la economía de plantaciones, pero fue en el café y no en el azúcar, como en el resto de Cuba, donde tuvo mayor desarrollo.


La sociedad santiaguera y la cultura.


En el siglo XVIII la sociedad santiaguera alcanza plena madurez, define por completo sus clases y grupos sociales, así como las diferencias entre ellas y el lugar de cada una en la sociedad. La oligarquía continúa y confirma su preeminencia social, económica, política, y cultural. El Cabildo continúa bajo su con-trol, incluso tiene acceso a ciertos puestos o cargos en la admi-nistración colonial del Departamento. Mediante enlaces matrimoniales refuerza sus vínculos políticos y económicos con gobernadores, altos funcionarios y oficiales del ejército colonial.


Sin embargo, la política centralizadora tenazmente aplicada por el gobierno español, poco a poco fue sujetando a esta oligarquía al imperio de su ley, de las directrices del estado peninsular. Por lo tanto, aunque no perdió sus privilegios como clase, perdió progresivamente la libertad de acción que tuvo en épocas anteriores cuando la monarquía apenas se ocupaba de este territorio.


Por otra parte, dicha clase buscó confirmar su predominio mediante su ascenso cultural, afán a partir del cual muchos hijos de ricos estudiaron en La Habana, España, Méjico, o Europa, retornando a la ciudad para desempeñar con más eficacia su predominio de clase.


Políticamente se sentían españoles y eran fieles a la corona, pero siendo en su mayoría criollos era fuerte ya en ellos el sentimiento de pertenencia al territorio; el concepto de que Patria era esencialmente Santiago de Cuba, la tierra en que han nacido y donde poseen tierras, trapiches e ingenios, ganado, vivienda, etc., es decir, donde radican los factores que les permiten sus privilegios, su posición social. Era el sentimiento de patrilocalidad o Patria Chica que se desarrolló básicamente en este siglo, pese a la fidelidad a España.


Formando parte de la oligarquía por su poder ideológico y superior cultura, estaba el clero, muy vinculado al resto de este grupo social por lazos de parentesco ya que muchos eran criollos. En el importante Cabildo Eclesiástico se contaban hijos o miembros de las familias más ilustres de la ciudad.


Formando un grupo más reducido, pero más orgulloso y celoso de sus prerrogativas, estaban los españoles propiamente dichos, los que ocupaban cargos gubernamentales, eran oficiales de la guarnición, hacendados, grandes comerciantes, o eclesiásticos. Constituían un fuerte grupo de poder con los oligarcas criollos.


En esta élite de la sociedad sólo se contaban blancos. Distinto ocurría con el grupo o clase media de la sociedad, en el cual se encontraban blancos, mulatos, y negros en algunos casos. Este segmento social cuyo número creció con relativa rapidez a tono con el crecimiento económico, y sobre todo del mercado interno, lo integraban criollos y peninsulares, profesionales, comerciantes, oficiales de barcos mercantes, oficiales menores de las tropas, campesinos acomodados, etc.


Aún dentro de los hombres libres, estaba el grupo más nume-roso de blancos, descendientes de indios, mulatos y negros, que formaba el sector de la población pobre, dedicados a la agricultura como arrendatarios o propietarios de pequeñas parcelas, trabajadores agrícolas, capataces y/o monteros en ingenios y hatos, artesanos, marinos, porteadores, taberneros, tenderos, regatoneros, sastres, maestros de obra, jornaleros, soldados, braceros, aprendices, vendedores ambulantes, y otros.(28) En esta clase pobre existía un pequeño número de inmigrantes catalanes dedicados al comercio, algunos de los cuales -merced al sostenido esfuerzo en el trabajo-, llegan a enriquecerse y dar esmerada educación a sus hijos, creando familias de renombre y prestigio.(29)


Los numerosos esclavos, -negros y mulatos-, eran el escalón más bajo y preterido de aquella sociedad, privados de todo derecho como no fuera el de trabajar para sus amos.


Para atender las necesidades de esta población y de la ciudad, el Cabildo contaba con un presupuesto integrado por los situados, las rentas de las propiedades por él adquiridas desde la fundación de la ciudad, y los diferentes arbitrios o impuestos locales, vendidos muchas veces a los llamados rematadores de propios.


Para mediados de siglo la ciudad había mejorado su urbanización y tiene un crecimiento poblacional visible. Nicolás Joseph de Ribera la describe así en 1757:


Santiago de Cuba es Ciudad, está a treinta y cuatro leguas al lest-sudeste de Bayamo y cuarenta casi al sur-sueste de Holguín en la costa sur. Tiene un gran puerto con la entrada al sur que esta mui defendida de dos buenas fortalezas. Es pueblo grande de gente bien civilizada, goza de buen temperamento y de fertil terreno: esta si-tuada legua y media de la boca de su puerto y a sus ori-llas en la parte de Oriente. En ella recide la Iglesia Cat-hedral de la Isla.


[...] Santiago del Prado (comunmente el Cobre) es poblado pequeño de negros y mulatos, parte libres y parte esclavos del Rey. Está cuatro leguas al occidente de Cuba, en la falda de un monte en que hai abiertas muchas minas de cobre, en cuya cima hai una Iglesia en que se venera una Imagen de María Santísima con el título de la Charidad á donde de todas partes van en romería, y se han experimentado algunos milagros.


San Luis de los Caneyes, es pueblo chico de Indios, sito a una legua al nordesde de Santiago de Cuba: es mui pobre.(30)


El pequeño poblado de la reserva indígena de San Luis de los Caneyes -El Caney- fue en 1758 escenario de un importante conflicto social. Según el obispo Morell de Santa Cruz, en 1756 los 500 aborígenes del poblado formaban 83 familias, y en las cercanías había 8 ingenios, 75 estancias y un pequeño hato. Estos aborígenes, protegidos por la legislación colonial disfrutaban en usufructo de las tierras realengas y sostenían su organización social propia encabezados por un cacique. La Iglesia, el Cabildo y un funcionario de éste con el título de Protector de Indios, tenían la responsabilidad de velar porque se respetaran los derechos de los aborígenes. Sin embargo, la oligarquía local que controlaba al Cabildo, aliada a la Iglesia y a los funcionarios gubernamentales, poco a poco se fue apoderando de las fértiles tierras del Caney, por lo que en 1756 el cacique Marcos Rodríguez en carta al Rey le expuso la terrible situación de miseria en que estaban, y que los indios escapaban del pueblo y se desorganizaba la compañía de milicias que integraban, debilitándose la vigilancia de las costas, etc. Pedía al Rey que señalara tierras suficientes para sus necesidades.


En noviembre de 1756 el Rey ordenó que se les devolvieran las tierras a los aborígenes, orden que fue burlada por la oligarquía, lo que provocó que en 1758 los aborígenes se sublevaran con armas tomadas en la cárcel del pueblo, sublevación que fue violentamente reprimida por el gobernador Lorenzo de Mada-riaga. Todavía en el siglo XIX los aborígenes continuaban sus protestas y reclamaciones, pero no tuvieron éxito frente al poder de la oligarquía.(31)


Los esclavos, cuyo número creció durante el siglo XVIII y que desempeñaban un importante papel económico, por la explotación a que eran sometidos se rebelaban, rebeldía expresada por lo general en el apalencamiento. La más grave y significativa manifestación de rebeldía del negro esclavo se produjo precisa-mente en el lugar donde mayor concentración de los mismos había, es decir, en las minas del Cobre. Para 1781 el número de estos esclavos propiedad del Rey había crecido hasta la cifra de 1065,(32) los que vivían prácticamente libres cultivando tierras realengas o arrendadas del hato de Barajagua.


Desde 1760 las familias santiagueras de los Mancebo y los Garzón, herederos de los antiguos asentistas de las minas, después de pagar sus deudas a la corona, reclamaron la propiedad de los esclavos y tierras con el objetivo de vender tierras y es-clavos, los que tenían gran valor: las tierras por estar cultivadas, y los esclavos por ser diestros en el trabajo.


Enterados de la situación y rústicamente armados los esclavos se rebelaron y se apoderaron del pueblo, marchando después a las montañas y al palenque Loma de la Cruz. Contaban desde antes con el apoyo de los apalencados y de negros y mulatos libres de Santiago de Cuba. La represión lanzada sobre los rebelados fue tenazmente resistida y no pudieron ser derrotados.


En 1781 los cobreros nombraron a Gregorio Cosme Osorio como su representante ante la corte, el que se dirigió a España provisto de una carta de presentación que le dio el presbítero Bernardo Antonio del Pico. La situación se mantuvo estática hasta que en 1795 el Capitán General le dio a los cobreros seis meses de plazo para presentarse, pero el Gobernador del Departamento le informó que los sublevados no lo aceptaban y continuaban reclamando su libertad y la propiedad de las tierras que por 150 años habían trabajado, por lo que se había activado la represión, la que tampoco esta vez pudo derrotar la resistencia de los cobreros.


En el propio año de 1795 fue descubierta y desbaratada en virtud de una delación, una conspiración de mulatos y negros libres de Bayamo y Santiago de Cuba, los indios de Jiguaní y algunos blancos, los que lidereados por el pardo Nicolás Morales, proyectaban una sublevación armada en reclamo de la igualdad estamental con los blancos, la supresión de alcabalas e impuestos, y el derecho a las tierras realengas.


Esta conspiración, la resistencia de los cobreros, la convulsa situación del Caribe por la Revolución de Haití, y el creciente número de esclavos en la zona santiaguera, fueron un conjunto de factores que atemorizaron a las autoridades, las que suspen-dieron la represión a los cobreros, hasta que el 7 de abril de 1800, el Rey firmó en Aranjuez la Real Cédula que declaraba li-bres a los 1 065 esclavos reales de Santiago del Prado, merecido triunfo tras 20 años de resistencia.(33)


Para inicios del siglo XIX, la situación social de la ciudad se complica por dos factores principales: el crecimiento poblacional y la inmigración procedente de Haití, que inyecta un elevado número de blancos, pero también de negros y mulatos libres, así como esclavos, los que crecen numéricamente con rapidez al iniciarse por los inmigrantes el fomento de plantaciones cafetaleras y azucareras.


El crecimiento poblacional de la ciudad y su Jurisdicción de Cuba se aprecia en los siguientes datos. Hacia 1689 la ciudad tenía 3 702 habitantes mientras Bayamo tenía 4 180. Para 1757 ya Santiago supera a Bayamo en 2 000 personas.(34)


En 1774 Santiago tiene 11 793 habitantes, cifra que asciende a 13 476 con El Cobre y El Caney.(35)


El siguiente cuadro ayuda a conocer cual fue la evolución de-mográfica de la ciudad y su Jurisdicción.(36)


Población de Santiago de Cuba. (Jurisdicción de Cuba.)


Año---------Población---------Crecimiento.
1689--------3 702----------------------
1757--------13 476------------ + 9 774

1761--------16 102------------ + 2 626

1774--------18 374------------ + 2 272

1778--------15 672------------- - 2 702

1781--------20 000------------- + 4 328


Fuente: Comité Estatal de Estadísticas: Los Censos de población y ... Resumen del autor.


En 1791-92 se efectuó un nuevo censo de población o padrón según el cual la situación demográfica de Santiago de Cuba -sin los entonces sublevados esclavos del Cobre-, incluía 8 212 blan-cos, 4 288 mulatos libres, 2 224 negros libres, 922 mulatos esclavos, y 5 115 negros esclavos, para una población total de 20 761 personas. En esta fecha también hay 12 templos, 4 hospita-les, un colegio, 48 ingenios, 58 hatos, 48 corrales, 218 estancias y vegas.(37)


Con el arribo de los haitiano franceses, la ciudad y sus barrios tuvieron un rápido crecimiento del que da idea el hecho de que si en 1791 la Jurisdicción tenía 20 761 habitantes, ya en el censo de 1808 se refleja que sólo la ciudad de Santiago de Cuba alcanzaba la cifra de 33 893, distribuidos de la siguiente forma:


Población de la ciudad de Santiago de Cuba en 1808.

Categoría- Blancos- Mulatos- Mulatos- Negros- Negros- TOTAL GRAL
......↕...........↕.........libres.....esclavos..libres....esclavos.---↕
----↕---------↕----------↕-----------↕--------↕-------↕
Españoles- 8148-----5729-----748-----3510---8309-----26444
Franceses- 2651-----1891-----307-----450----2150-----7449 
TOTAL-----10799----7620----1055----3960----10459---33893
Fuente: Comité Estatal de Estadísticas: Los censos de población y viviendas ... volumen II, p. 27.

 
Como se observa la población de color es de 23 094 personas, lo que representa más del 68% del total.


El crecimiento de la ciudad hizo que en 1800, a los efectos de las elecciones al Cabildo, se le dividiera en ocho barrios en cada uno de los cuales fue electo el correspondiente Alcalde de Ba-rrio.(38) Sin embargo, para atender las necesidades de la ciudad el presupuesto del Cabildo contemplaba gastos para fiestas y solemnidades religiosas, así como salarios a empleados municipales por un total de 1 270 pesos fuertes, y en cambio, para el abasto de agua y un maestro de escuela sólo se destinaban 325, lo que indica que poca atención le daba el gobierno a la ciudad.(39)


El auge de la población y el crecimiento económico con sus nuevas características se combinaron para dar lugar a un crecimiento de la miseria y una mayor polarización de la sociedad en ricos y pobres, y en consecuencia, que aumentaran las contradicciones sociales. La oligarquía local -tradicionalista, parte de ella al menos-, aliada al clero español, no acogió con beneplácito a los inmigrantes haitiano franceses cuyos hábitos, costumbres, y modos de vida y de hacer negocios, desconocían casi por completo. Temían al cambio, a perder o compartir sus privilegios con los nuevos potentados, temían sobre todo a las nuevas ideas, temor que compartía el gobierno de la Isla cuyo Capitán General Somerruelos advertía al Gobernador del Departamento Sebastián Kindelán sobre el peligro, advertencia a la que éste respondió en 1802 con el siguiente análisis:


Cada francés de los que aquí permanecen, por el interés de su reposo, por la conservación de las cortas fortunas que les va haciendo rempinar su industria favorecida del Gobierno, y por el sumiso reconocimiento que prestan a su benéfica obra, es un atalaya contra aquella estirpe sanguinaria que ha causado tanta desolación en sus familias y Haciendas, y cada cual se disputaría la gloria de descubrir y extinguir la menor parte de aquella que osase tentar el paso en el territorio que les ha asimilado [...].(40)


En efecto, estos hombres pese a conocer y ser portadores de las ideas del iluminismo, de la Revolución Francesa -las más avanzadas de su tiempo-, fueron en la región un bastión de la reacción y el esclavismo aliados al gobierno español.


A su pesar sin embargo, difundieron esas ideas, ese pensamiento político del que eran portadores, lo que se mostró entre otras cosas en el crecimiento cultural que insuflaron a la ciudad y sus alrededores, acelerado desde su presencia aquí. Mas no sería justo decir o pensar que hasta la llegada de los haitiano franceses la actividad cultural de la ciudad era nula o muy pobre como lo había sido durante los siglos XVI y XVII. El lento y dificultoso crecimiento económico durante el siglo XVIII se reflejó en la evolución cultural local, y lo hizo desde las décadas iniciales del mismo.


Un hecho de gran significación fue la fundación en 1722 del Colegio Seminario Conciliar de San Basilio el Magno, adscrito directamente al obispado y a la Catedral, estimable como el primer centro de enseñanza superior que tuvo Cuba. Fue creado por el obispo Gerónimo Valdés en el lugar donde se unen las actuales calles Corona y San Basilio, con el propósito de preparar alumnos para la carrera sacerdotal. Toribio de la Bandera fue su primer rector.


A lo largo del siglo sufrió este centro diversas vicisitudes, incluso la de cesar en sus actividades desde 1738 por espacio de algo más de diez años. Sin embargo, obispos como Morell de Santa Cruz, Santiago Hechavarría -santiaguero y exalumno del propio colegio-, y Oses Alzúa y Cooperacio, se ocuparon de introducirle diversas mejoras, ampliar el número de alumnos y becas, incluso con jóvenes que no seguirían la carrera sacerdotal, aumentaron sus cátedras y asignaturas, mejoraron y remodelaron el local, etc. Se hicieron con el apoyo del Cabildo varios esfuerzos por elevarlo a la categoría de universidad, fracasados principalmente por la oposición habanera.(41) Sólo se logró a fines del siglo XVIII la categoría de Instituto Universitario.


El Colegio Seminario le permitió a la juventud rica de Santiago de Cuba iniciarse en estudios superiores, pese al carácter escolástico y atrasado de la enseñanza que allí se impartía, estudios que muchos continuaron en Europa donde entraron en contacto con lo mejor de la cultura de la época, conocimientos y experiencias que al retornar, difundieron en la ciudad. Fueron entre otros, los casos del ya mencionado obispo Santiago José Hechavarría y Elguezua, Manuel María Pérez Ramírez, poeta, y Manuel de Justo Ruvalcaba, poeta, pintor, y escultor.


Durante el siglo XVIII la enseñanza primaria casi no existía. Para los niños pobres en algunas parroquias los curas párrocos asistemáticamente, enseñaban algo de primeras letras y fundamentalmente rezos y cantos religiosos. Los hijos de familias ricas recibían mejor enseñanza mediante maestros particulares. Sólo existía una escuela pública creada por la Sociedad Económica de Amigos del País en 1788.(42)


Entre 1790 y 1808 la enseñanza experimentó notables avances por la influencia de los inmigrantes de Haití. Ellos modernizaron la enseñanza mediante escuelas privadas y clases particulares donde introdujeron materias como bordado, dibujo, francés, baile, geografía, piano, geometría, matemáticas, etc.


Pocas manifestaciones artístico culturales se conocen del siglo XVIII en su primera mitad. Desde 1764 se destacaba al frente de la capilla de música de la Catedral el presbítero Esteban Salas, fallecido en 1803 y sepultado en la Iglesia del Carmen.(43)


Para las fiestas de la Cruz de Mayo, San Juan y Santiago, desde mediados del siglo los curas enseñaban coplillas, las que también surgían espontáneamente en la población, y se armaban grupos o murguillas con guitarras, bandolas, flauta y pífano. En las casas pobres se efectuaban bailes de consuelo, calificados por las autoridades y el clero de licenciosos, y por ello perseguidos.(44)


En 1764 existía una banda de música militar. José Antonio de Armas y Murga, dice que el 20 de enero de ese año se efectuó un baile de la alta sociedad por el cumpleaños del Rey, y que se presentó también el la Plaza de Armas una comedia titulada El maestro de Alejandro.(45)


Durante el siglo XVIII la ciudad creció especialmente hacia el Este y el Norte, y mejoró la arquitectura en general. Se destacaban por su calidad las construcciones militares como el Castillo del Morro que en 1780 se estaba reconstruyendo. También las construcciones religiosas, la Casa de Gobierno del Departamento, la sede del Ayuntamiento, y las viviendas de los potentados. Estas construcciones eran de piedra, ladrillos, y tejas; de alto puntal, espaciosas, muy ventiladas e iluminadas, y con amplios patios. La influencia morisca se modificaba con la impronta de elementos típicos del territorio, ajustados al clima y condiciones del lugar. Sin embargo, la generalidad de las viviendas eran pobres y las condiciones higiénicas muy malas en toda la ciudad, por lo que en 1771 el Gobernador y el Cabildo acordaron un plan para su composición y aseo.(46) El gobernador Vaillant reconstruyó en 1788 el Ayuntamiento y también construyó una alameda en Loma Hueca, e inició el empedrado de las calles principales.(47)


En 1780 se inició la construcción de la Iglesia de la Santísima Trinidad, y el 1785 se construyó la Iglesia del Carmen.


Los emigrantes de Haití, y también algunos de Santo Domingo como el juez José María Francisco Heredia Mueses, padre del insigne poeta José María Heredia, nacido en esta ciudad el 31 de diciembre de 1803, tuvieron mucho que ver con el desarrollo cultural y artístico de Santiago de Cuba. En sus mansiones de la ciudad y el campo, estos inmigrantes atesoraban valiosos objetos de arte, la mejor literatura de la época, y celebraban tertulias a las que se integró la élite criolla. Estos contactos les produjeron el gusto por las buenas lecturas y estimularon la producción literaria local en la prensa de esos tiempos, como el periódico El Dominguero, producción en la que emergía una cultura local y el particular modo de ser del santiaguero.(48)


Los inmigrantes construyeron un teatro -el primero de la ciudad-, en la calle Santo Tomás baja No. 8 donde se presentaron obras de Rasine, y otros importantes autores franceses. También construyeron en la altura de Loma Hueca una especie de Café-Concert que con el nombre de Tívoli alcanzó fama y dio nombre a la barriada.(49)


Simultáneamente, la mal llamada cultura popular nacida del pueblo, se manifestaba en la música, el canto, décimas, modas, el habla común, y hábitos culinarios, y especialmente en las populares fiestas de mamarrachos, embrión de los carnavales. Como expresiones culturales de las masas pobres de la ciudad y el campo, pocas veces mereció el privilegio de la publicación y el aprecio valorativo justo, y, salvo por las tradiciones conservadas, gran parte se ha perdido. Músicos populares formaban agrupaciones que amenizaban los bailes, existiendo aficionados a la ejecución de distintos instrumentos, y una banda de música de las milicias pardas.


En general este período de la historia santiaguera está poderosamente marcado en sus finales por la presencia haitiano francesa que revolucionó a la sociedad local. Pero la ciudad no sufrió un afrancesamiento. De la cultura francesa tomó nuevos rasgos, pero fue siempre criolla y cada vez más, cubana.


NOTAS.


1.- César García del Pino: “Corsarios, piratas y Santiago de Cuba.” En: Revista Santiago. Universidad de Oriente, No. 26-27, julio-septiembre, 1977, p. 159.

2.- Julio Le Riverend Brussone: Historia económica de Cuba. Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1971, pp. 92-93.

3.- Jacobo de la Pezuela y Lobo: Diccionario Geográfico, Es-tadístico, Histórico de la Isla de Cuba. Imprenta del establecimiento de Mellado, Madrid. 1863, tomo II, pp. 179-180 y 196-197. Ernesto Buch López: Historia de Santiago de Cuba. Editorial Lex, La Habana, 1947, pp. 124-125.

4.- Respecto a esta extraordinaria personalidad del siglo XVIII de Santiago de Cuba y de Cuba, existe un excelente trabajo de la Dra. Olga Portuondo Zúñiga titulado Nicolás Joseph de Ribera, publicado en 1986 por la Editorial de Ciencias Sociales.

5.- Laureano Fuentes Matons: Las artes en Santiago de Cuba, apuntes históricos. Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, 1981, p. 23.

6.- Olga Portuondo Zúñiga: La Jurisdicción de Cuba durante los siglos XVIII y XIX. Conferencias del curso de post-grado de igual título, mecanografiadas por la Comisión Provincial de Historia del PCC. Santiago de Cuba, 1985, conferencia # 3. pp. 9-11. Los situados eran partidas de dinero que se enviaban a Cuba desde el virreinato de Nueva España (Méjico), para satisfacer las necesidades financieras del gobierno de la Isla, y que la Capitanía General empleaba preferentemente en la zona habanera y matancera con olvido del resto del país, lo que para los olvidados significaba menos dinero circulante, restricción del mercado interior y menos capital acumulado, entre otros males.

7.- Julio Le Riverend Brussone: Ob. Cit., pp. 149-150.

8.- César García del Pino: Ob. Cit., pp. 160-161.

9.- Olga Portuondo Zúñiga: Ob. Cit., conferencia # 3, p. 13.

10.- Ibídem, pp. 12-13.

11.- Ernesto Buch López: Ob. Cit., pp. 13 y 26-27. Jacobo de la Pezuela y Lobo: Ob. Cit., p. 176.

12.- Olga Portuondo Zúñiga: Ob. Cit., pp. 16-17.

13.- César García del Pino: Ob. Cit., pp. 161-162.

14.- Jacobo de la Pezuela y Lobo: Ob. Cit., pp. 178 y 182.

15.- Francisco Mata: Piratas en el Caribe. Casa de las Américas, La Habana, 1984, pp. 144-145.

16.- Jacobo de la Pezuela y Lobo: Ob. Cit., pp. 178-179. César García del Pino: Ob. Cit., p.168.

17.- Olga Portuondo Zúñiga: Ob. Cit., conferencia # 4, p. 5.

18.- Ernesto Buch López: Ob. Cit., pp. 40-42.

19.- José Luciano Franco Ferrán: Comercio clandestino de esclavos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1980, p. 91.

20.- Ibídem, pp. 104-105.

21.- Emilio Bacardí Moreaux: Crónicas de Santiago de Cuba. Ti-pografía Arroyo Hermanos, Santiago de Cuba, 1924, tomo I, p. 241. En España el peso fuerte equivalía a cinco reales y por eso los comerciantes los acaparaban y trasladaban a la península, donde sin más les reportaban una ganancia adicional del 20%.

22.- Ernesto Buch López: Ob. Cit., p.47. Emilio Bacardí Moreaux: Ob. Cit., p. 242.

23.- Jacobo de la Pezuela y Lobo: Ob. Cit., pp. 28-30. Julio Le Riverend Brussone: Ob. Cit., pp. 176-177. José Luciano Franco Ferrán: Ob. Cit., pp. 91 y 94.

24.- Olga Portuondo Zúñiga: Ob. Cit., conferencia # 4, p. 8.

25.- José Luciano Franco Ferrán: Ob. Cit., pp. 108-109. La cifra puede ser algo superior a la real.

26.- Jorge Berenguer Cala: “La emigración francesa en la jurisdic-ción de Cuba.” En: Revista Santiago. Universidad de Oriente, No. 26-27, junio-septiembre, 1977, pp. 229-231.

27.- Ibídem, pp. 232-233. Pezuela en su Diccionario Geográfico..., tomo II, p. 180 nos dice que: “... la esportación de café que antes no había pasado de 8 000 ars. anuales, creció hasta 80 000 y luego hasta 300 000 en los cinco años posteriores á la venida de la emigración dominicana.”

28.- Olga Portuondo Zúñiga: Ob. Cit., conferencia # 3, pp. 9-11.

29.- Ernesto Buch López: Ob. Cit., pp. 36-37.

30.- Comité Estatal de Estadísticas: Los censos de población y viviendas en Cuba: Estimaciones, empadronamientos y censos de población de la época colonial y la primera intervención norteamericana. Instituto de Investigaciones Estadísticas, [s.l.], 1988, tomo I, volumen I, p. 85.

31.- Olga Portuondo Zúñiga: “Una sublevación de indios en 1758.” En: Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. Enero-abril, 1981, pp. 202-204.

32.- Jacobo de la Pezuela y Lobo: Ob. Cit., p. 11.

33.- José Luciano Franco Ferrán: Los palenques de los negros cimarrones. Editado por el Departamento de Orientación Revolucionaria del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, la Habana, 1973, pp. 61-66.

34.- Olga Portuondo Zúñiga: Conferencias del curso... Conferencia #4, p. 7.

35.- Comité Estatal de Estadísticas: Ob. Cit., volumen I, p. 86.

36.- En este caso y otros posteriores se incluyen cifras de la Juris-dicción ya que se desea ofrecer una idea del asunto y se carece -o no se han encontrado- de datos específicos de la ciudad.

37.- Comité Estatal de Estadísticas: Ob. Cit., Volumen I, p. 70 y volumen II, p. 72. Instituto de Historia de Cuba: Historia de Cuba. Editora Política, La Habana, 1994, tomo I, anexo 14, p. 475.

38.- Ernesto Buch López: Ob. Cit., p. 55.

39.- Ibídem, p. 60.

40.- Jorge Berenguer Cala: Ob. Cit., p. 220.

41.- Jacobo de la Pezuela y Lobo: Ob. Cit., pp. 197-198.

42.- Emilio Bacardí Moreaux: Ob. Cit., tomo I, p. 265.

43.- Laureano Fuentes Matons: Ob. Cit., pp. 120 y 297, 122-124 y 186-187.

44.- Ibídem, pp. 29 y 119.

45.- Ibídem, pp. 27-28, 186-187 y 325.

46.- Emilio Bacardí Moreaux: Ob. Cit., p. 205.

47.- Ernesto Buch López: Ob. Cit., pp. 38 y 48.

48.- Emilio Bacardí Moreaux: Ob. Cit., tomo II, p. 52. Laureano Fuentes Matons: Ob. Cit., p. 23.

49.- Laureano Fuentes Matons: Ob. Cit., p. 33.

 
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Otras fuentes.


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2. Colección del periódico El Redactor. Museo Emilio Bacardí.

3. Revista Bohemia.

4. Periódico Granma.
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2 comentarios:

fernando cardoza dijo...
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knoppix dijo...
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