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27.3.09

El histórico e incuestionable progreso del pueblo dominicano; sus costos sociales y consecuencias colaterales.


“ …El llamado ‘disfrute del poder’ político, opera en él como exorcismo que le aleja de las dolorosas funciones subordinadas de sus ancestros. La matriz de su memoria histórica no deja de remitirle a la opacidad de la que trata de huir. Es el histórico e indiscutible progreso social dominicano, con sus costos incluidos”.

Pedro Samuel Rodríguez-Reyes

El título del presente escrito podría parecer una elaboración irónica, subjetiva, fantasiosa o tal vez humorística. Estamos tan acostumbrados al descreimiento y al pesimismo, que no podemos dar crédito al enunciado de semejante título. Sin embargo, la evolución y el progreso al que nos referiremos, es una real, incuestionable y objetiva razón para el optimismo; o al menos, para un cauto optimismo.

Tal vez debemos pedir disculpas por tratar un tema que aún resulta duro y difícil para nosotros los dominicanos. Pocos aún se atreven a abordarlo, pero consideramos que quizás es tiempo de que empecemos a dilucidar y asimilar este tipo de realidades que nos compete directamente; de comenzar a desmontar unas estructuras mentales que aún nos obnubila y paraliza.

El examen de la peculiar realidad social dominicana requiere de enfoques que superen el marco del economicismo, de la elemental política partidista y de los puntos de vistas meramente historicistas.

En República Dominicana existe un amplio sector social que en los últimos decenios ha estado obteniendo un indiscutible avance, el cual desafortunadamente no reconocemos ni divulgamos a causa de unos absurdos motivos. En los próximos párrafos trataremos de examinar los positivos tránsitos sociales que ese sector ha conquistado, así como las razones por las que nos resistimos a reconocerlo. En adición, examinaremos las consecuencias y los costos sociales que ese progreso ha generado. Pero no nos adelantemos.

En otros escritos hemos mencionado que la historia dominicana, es decir, nuestro pasado, debe examinarse en toda su extensión y no sólo a partir de nuestra Independencia del 27 de Febrero de 1844; ya que existe un extenso ayer anterior a esa fecha, y sólo en ese remoto ayer es en donde podemos ver claramente cuál es ese grupo social al que atribuimos este incuestionable avance.

No es un secreto que para muchos dominicanos continúa siendo poco agradable el escarbar en nuestro pasado anterior a 1844, en vista de que en esos orígenes nos podríamos topar con verdades que nos siguen pareciendo incómodas y por tanto continuamos evadiéndolas. Pero resulta que es sólo allí en donde podemos ver –por ejemplo- por quiénes se ha conformado el pueblo dominicano del que hoy somos parte; y es únicamente allí en donde identificamos nítidamente los dos agrupamientos sociales fundamentales a partir de los cuales se ha realizado esa conformación. Esos dos colectivos humanos básicos han sido: los españoles colonizadores y los africanos esclavos. Y resulta, además, que son precisamente las actuales generaciones de descendientes de aquellos africanos –mezclados y puros-, quienes han obtenido mayor progreso si tomamos en consideración que sus ancestros llegaron a la isla en condición de esclavos y hoy vemos a una parte importante de esos descendientes desempeñando funciones e insertándose en posiciones antes jamás soñadas hace apenas menos de 4 generaciones de 50 años.

Análisis como éste son escasos en razón del natural rechazo que genera al interior de un pueblo mayoritariamente mezclado étnicamente. Pero precisamente por esta condición, podría ser tiempo de empezar a resolver el problema. Si los dominicanos decidiésemos empezar a reconciliarnos con nosotros mismos, sería necesario comenzar a pensar históricamente sobre el tema. Sabemos que la participación en reflexiones de esta naturaleza no es objetivo de políticos que buscan su ‘acceso al poder’ mediante el recurso de la simpatía popular ni de grupos que obtienen beneficios a través de la divulgación de argumentos que han elaborado en consonancia con lo popularmente aceptado. Ese no es nuestro caso. Entendemos, incluso, que resultaría positivo y útil el divulgar y asimilar nuestras verdades más incómodas.

El progreso al que nos referimos en el presente escrito se refleja en unos tránsitos y una movilidad social que merece ser valorada. Este histórico avance, sin embargo, no ha sido un regalo. Su costo fue superior a trescientos años de esclavitud formal en la colonia, adicionado a un prolongado período de servidumbre y esclavitud informal a partir de la Independencia. Ese avance que aún continúa en proceso de elaboración, tampoco ha sido obra de gobierno alguno, sino resultado de una dinámica de extensas luchas por la inserción y la incorporación social, libradas –incluso- desde los mismos inicios de la contrastante conformación de este pueblo.

El detonante del rechazo a reconocer avances sociales como el aquí tratado, se dispara tan pronto nos enfrentamos a la posibilidad de que se nos pueda vincular con unos ancestros esclavos de origen africano; y aunque esa vinculación se nos presente atenuada por el intenso proceso de mestizaje iniciado hace 500 años, no hemos logrado aceptar esa vinculación. Probablemente tal rechazo se deba a una catarsis social aún pendiente de resolver al interior de este puebo. No obstante, la no aceptación a ser sujeto de tal vinculación tiene unas entendibles razones históricas que trataremos de tocar más adelante.

Entretanto, mencionemos algunas de las funciones -muchas de ellas antes jamás soñadas- ejercidas al día de hoy en toda la geografía de la nación por dominicanos –étnicamente mezclados y negros sin mezcla- quienes, efectivamente, tuvieron en aquel remoto ayer ancestros esclavos de origen africano. Así, con la mencionada ascendencia, a estos ciudadanos del presente podemos verles desempeñándose en funciones tales como: pequeños y medianos empresarios, dirigentes políticos, artistas, ediles, deportistas, técnicos, empleados públicos y privados, abogados, administradores, comunicadores, pequeños y medianos comerciantes, militares, gerentes, ingenieros, ministros, economistas, médicos, directores, educadores…

Se trata de un acelerado aunque inconcluso proceso de movilidad social que ha empezado hace apenas algunas décadas, por lo que obviamente falta tiempo para la incorporación de muchos otros que aún se encuentran iniciándose en el proceso. Esa movilidad social no se limita al desempeño de las funciones señaladas. A ella habría de adicionársele el ejercicio de una estructura de libertades generalizadas jamás observadas en el decurso de nuestra historia. Ese positivo proceso, sin embargo, posee unos resultados que se expresan en unos costos sociales, que trataremos de examinar más adelante.


Nuestras verdades incómodas:

“La participación en reflexiones de esta naturaleza no es objetivo común de políticos que buscan su acceso al poder mediante el recurso de la simpatía popular, ni de grupos que obtienen beneficios a través de la divulgación de argumentos elaborados en consonancia con lo popularmente aceptado”.

Visto desde la perspectiva de hoy en día, la enumeración del ejercicio de funciones como las mencionadas más arriba, podría parecernos completamente normal o tal vez fútil e intrascendente. Pero para tener una idea del significado real de los inéditos cambios y de las novedosas inserciones sociales que en estas últimas décadas se ejecutan al interior de nuestra sociedad, vamos a presentar –en el último tercio de este escrito- algunos informes históricos debidamente documentados acerca de quiénes podrían haber sido los posibles ancestros de muchos de los ciudadanos que hoy desempeñan las funciones mencionadas. Después de la lectura de esos documentos, podría obtenerse una idea más acabada del progreso que tratamos de señalar.

Adelantamos que de la lectura de algunos de tales documentos nos va a sorprender la forma natural con que, por ejemplo, una ciudadana, autora de una declaración de bienes fechada en 1758, menciona poseer reses, bohíos y huertas, junto con “una negra (esclava) nombrada Antonia, de casta Congo, preñada; un negrito llamado Simón; cinco negros nombrados Marcos, Joseph, Luis, Lorenzo…; seis negras llamadas Manuela, Eusebia, María”… Una otra declaración de bienes señala la posesión de “cuatro piezas de esclavos”. Es decir, de forma aceptada y usual, la posesión de reses y huertas incluye también a personas. Lo que significa que seres humanos como niños, mujeres y hombres se consideraban objetos o bienes, con su correspondiente valor monetario de venta y de compra.

Esta relación entre amos y sus esclavos perduró por unos 330 años y termina formalmente en 1822; hace 189 años, o sea, hace apenas 3.78 generaciones de 50 años. Hagámoslo más gráfico: un ministro, economista, diputado o gerente de hoy que tenga 50 años de edad, apenas el padre de su abuelo pudo haber nacido esclavo.

Podría lograrse una directa comprensión del significado de los positivos fenómenos socio-históricos arriba mencionados, si señalamos que todo dominicano que al día de hoy posea una gota de sangre negra, tuvo en aquel pasado su ascendiente esclavo y, en consecuencia, pueda que este dominicano sea parte del progreso que examinamos en el presente escrito. Así, nos estamos refiriendo al 84% del total de la población dominicana actual, como veremos en párrafos posteriores.

El poco reconocimiento y la escasa divulgación de incuestionables progresos como éste, se debe –reiteramos- a que su elaboración acarrea necesariamente la mención de verdades que continúan siéndonos incómodas, como las que mencionamos en el párrafo anterior. Esto significa que, desafortunadamente, si unas supuestamente incómodas verdades nos pueden tocar, preferiríamos entonces evitarlas aún sea a costa de que se continúe desconociendo parte de nuestros más importantes avances sociales.

No obstante, tendría los atributos de una positiva revolución social, si los dominicanos lográsemos desmontar el sentido ominoso que continuamos atribuyendo a estas verdades. Si lo lográsemos, ello nos facilitaría el inicio de unos urgentes cambios mentales que los actuales tiempos requieren. Los resultados de una catarsis de esa naturaleza tendrían que ser necesariamente positivos. Esto es parte de las asignaturas pendientes de nuestra sociedad en su conjunto. Pensamos que incluso sería preferible partir desde cero, con bases firmes, que continuar perviviendo en un ingenuo y permanente auto-engaño de evasiones estériles y tontas.

Por otra parte, si continuamos realizando análisis de la sociedad dominicana en sentido inverso; es decir, acometiendo la valoración histórica del pueblo dominicano a partir únicamente del ingrediente étnico encarnado por el sector de origen español, colonizador y libre; ello, desde cierto punto de vista, arrojaría resultados negativos y pesimistas como ha estado ocurriendo desde hace más de un siglo. Precisamente, han sido estos análisis valorativos inversos, la causa y el origen de aquel período llamado del Pensamiento Pesimista Dominicano, iniciado por intelectuales locales de finales del siglo 19 y principios del 20.

Es claro que a los propiciadores de ese período pesimista no se les ocurrió hacer el examen del pueblo dominicano mayoritario de su época como un legítimo producto humano descendiente de aquellos esclavos y libertos de la concluida colonia. Parece que en la visión de esos cientistas, el pueblo era exclusivamente aquello que derivaba de los colonizadores españoles, no de ex–esclavos o de individuos étnicamente mezclados que en aquel momento hacía pocos decenios habían salido de esa condición. Hoy, aunque se haya avanzado en esta concepción, queda aún la influencia de una visión decimonónica y de su consecuente lastre pesimista.

Como ya hemos dicho, este complejo entramado de históricas relaciones, identifica una de las causas por las cuales los dominicanos permanecemos refractarios a aceptar que se nos vincule con aspectos tocantes a ancestros esclavos o a una ascendencia africana. De hecho, debería entenderse que el grueso del pueblo dominicano de hoy no está –en términos de cantidad de generaciones anteriores a él- lo suficientemente distante de la esclavitud. Aún más; el rechazo podría comprenderse entonces como inconsciente ritual que garantizaría un deseado alejamiento de todo aquello; una suerte de epifanía colectiva que abraza el olvido de las funciones subordinadas (esclavitud) mientras se adscribe afanosamente a la parafernalia de lo jerárquico-dirigencial y al decorado de la cultura occidental como exorcismo inconsciente que le garantizaría el no retorno a la abyección de tiempos idos. En ese sentido, habría que interpretar y aceptar la irresistible influencia de sus motivos.

Como vemos, el fenómeno es mucho más denso y complejo que la simple e irresponsable acusación de que ‘el dominicano se cree blanco y por tanto es racista’.


La masiva presencia popular.
Retos, temores y costos sociales:

“De no lograrse la urgente elevación del nivel educativo de ese poderoso conglomerado popular mayoritario, el pánico podría apoderarse de las clases altas y medias, bajo el temor de que eventuales desbordamientos de una masa inculta e informe provoque el éxodo de estos segmentos minoritarios, de naturaleza similar a la estampida social ocurrida a raíz del tratado de Basilea de 1795”.

Como podemos ver, ha quedado atrás el tiempo en que bestias y personas pertenecían a un dueño que disponía de ellos. Si nos fijamos bien, hoy son estos mismos descendientes de aquellos esclavos –encarnados en dominicanos étnicamente mezclados (73%) y negros (11%) del presente- quienes conforman el grueso del pueblo mayoritario. Son éstos, -además- la base de la pirámide social que con sus virtudes, las limitaciones y los defectos que arrastran de siglos; votan y se pronuncian en ejercicio del reclamo de sus derechos. Ese pueblo es el actual objeto de deseo de muchos políticos y de la mayoría de aquellos que buscan popularidad o riqueza. Hoy –se afirma- es él quien genera la Constitución ¿A quién se le hubiese ocurrido afirmar algo semejante hace apenas 4 generaciones?

Esta inédita eclosión popular ha hecho posible que hoy sea ese pueblo mayoritario, descendiente de aquellos esclavos, quien infiltra, nutre y aporta la naturaleza de sus concepciones a las instituciones de la nación; quien rige y norma la cultura popular mayoritaria en todas sus vertientes: en el lenguaje popular, en la música, en la forma de hacer política, en la visión y la posibilidad de progreso; en las creencias; conformando así parte importante de la idiosincrasia que nos identifica como pueblo.

Esa creciente presencia de un pueblo antes nulidad desvalorizada y hoy erigido rector de la cultura popular y objeto de deseo de las elites socio-económicas, está vinculada a un proceso concomitante de pedagogía social mediante el desempeño de las novedosas funciones que hoy ejerce, pero es asimismo entendible que esa misma inédita presencia estaría vinculada a la gestación de sacudimientos y temores al interior de segmentos minoritarios del conjunto social, como las clases medias y altas.

Las elites pesimistas del siglo 19 podrían haber sentido rabia por la vergüenza de saberse parte de un pueblo mayoritariamente ignorante y osco, pero tendrían la ventaja de no sentir el tipo de temor difuso que perciben los grupos sociales minoritarios de las elites del presente.

Tan vigoroso es el poder que hoy demuestra poseer este conglomerado mayoritario, que la percepción de la posibilidad de un eventual y temido desbordamiento que éste es capaz de generar, podría estar motorizando acciones tales como las campañas promovidas desde esferas de las minoritarias y temerosas clases medias y altas, encaminadas a solicitar un adecuado presupuesto para la educación; tal vez como íntimo y postrero recurso esgrimido para tratar de atenuar el difuso temor a impredecibles sacudimientos sociales generados desde el interior de una poderosa masa popular inculta e informe.

Es entendible que de no lograrse una urgente elevación del nivel educativo de ese poderoso conglomerado social, el pánico podría apoderarse de estos segmentos minoritarios de las clases altas y medias bajo el temor de que un eventual y descontrolado desbordamiento de esa masiva presencia popular pueda generar un imprevisible éxodo de los segmentos sociales minoritarios, de naturaleza similar al ocurrido a raíz del tratado de Basilea de 1795, cuando se ausentó del país ‘la flor y nata de la sociedad dominicana’, de cuyas consecuencias la nación aún hoy en día no se ha recuperado. En ese sentido, se arguye que la nación dominicana de hoy no será capaz de resistir un segundo éxodo como el ocurrido cuando Basilea, no pudiendo predecirse si se evitaría o no el abatimiento definitivo de la sociedad dominicana tal como se ha venido configurando hasta el presente.

Sin embargo, el avance que hoy exhibe esta movilidad social, más que amenaza podría tal vez ser un reto a las aperturas de la convivencia; más que un exterminio de clases, podría tratarse de un proceso de acomodamientos entre clases divergentes que conforman la estructura de una misma sociedad. Pero nada es previsible cuando de fenómenos sociales se trata.

Se entiende que todo proceso social sostenido y creciente debe generar unas consecuencias y unos costos al interior del ámbito donde se ejecuta. Es probable que los costos que esta dinámica de inserciones, se estaría manifestando en aquello que se ha definido como Proceso de Degradación e Inversión de Valores sociales en la República Dominicana. En escrito aparte podríamos tratar de ampliar el examen de adicionales detalles referentes a este tema.


Distorsionada noción del “disfrute del poder”:

“Es entendible que el grueso de los funcionarios y dirigentes de los partidos políticos que nos gobiernan en las últimas décadas, haya sido hijos y nietos de dignos agricultores, confiables chóferes o amistosos barberos; no de ejecutivos o dirigentes que les haya transferido conocimientos en este nuevo ámbito protagónico”.

De todos modos, y poniendo término a la enumeración de los temores colaterales que esta dinámica de inserciones produce, debemos señalar que al interior de ese fenómeno podría subyacer una suerte de pedagogía social colectiva que involucra a unos (pueblo mayoritario) y a otros (elites sociales minoritarias). Por un lado, las clases sociales minoritarias y tradicionales temen; pero por el otro lado, el pueblo mayoritario que recién hace masiva presencia, podría estar beneficiándose de esa pedagogía participativa mediante el ejercicio de las inéditas funciones antes señaladas. En principio, sus errores quedarían explicados por su condición debutante, pues sus funciones previas y las de sus ancestros habían estado limitadas casi exclusivamente al ámbito de lo subordinado, no en esferas dirigenciales como en el presente. Es entendible entonces que el grueso de los funcionarios y dirigentes de los partidos políticos que nos gobiernan en las últimas décadas, haya sido hijos y nietos de dignos agricultores, confiables chóferes o amistosos barberos; no de ejecutivos o dirigentes que les haya transferido conocimientos en este nuevo ámbito protagónico.

En términos generales –y con escasas excepciones- la naturaleza de sus errores los identifica. Supeditan el boato, la 'yipeta', la residencia y muebles de lujo al trabajo de servicio a su nación. La noción de ‘servidor público’ es trastocada por la distorsionada visión de “disfrute del poder”. Probablemente el sentido de ‘servidor’ inconscientemente lo remite al ominoso pasado de lo subordinado; a funciones de siervo, liberto o esclavo; como lo fueron sus antepasados en la colonia. El disfrute del poder y el boato operaría en él como eficiente exorcismo que le garantiza el definitivo alejamiento de aquellas amargas y dolorosas funciones. La matriz de su memoria histórica no deja de remitirle a la opacidad de la que trata de huir.

Probablemente la comprensión de este proceso, ayudaría a gobernantes y gobernados a hacer más eficaz el entendimiento de que se trata de un proceso social de avances pero también de costos. El avance social se expresa en los cientos de miles de dominicanos que en los últimos decenios han estado debutando en funciones jamás soñadas por sus ascendientes; el costo se expresa en la distorsión que representa su particular noción de “disfrute del poder”.

Pero no nos engañemos, de lo que se trata es que los actores han estado cambiando de estrato social. Ayer el 'disfrute del poder' correspondía a unos; es decir, a las élites tradicionales; hoy a otros; esto es, al conglomerado mayoritario emergente. La diferencia reside en que los costos y las consecuencias sociales de ayer eran conocidos; hoy son impredecibles. Esta dinámica es un progreso; pero un progreso que lleva en su interior unos retos de los que no hay experiencias históricas previas. Las soluciones creativas son entonces un imperativo urgente.


La noción de pueblo:

“Pero no nos engañemos. De lo que se trata es que los actores han estado cambiando de estrato social. Ayer el “disfrute del poder” correspondía a unos; es decir, a las élites tradicionales; hoy a otros; esto es, al conglomerado mayoritario emergente. La diferencia reside en que los costos y las consecuencias sociales de ayer eran conocidos. Hoy son impredecibles”.

Hemos visto que antes de que ocurrieran los tránsitos sociales y la masiva presencia popular de la que hoy somos testigos, no existía la misma noción de pueblo. Hace menos de dos generaciones de 50 años, sólo los ‘líderes’ tenían presencia; elegían y se hacían elegir. Para éstos la importancia del pueblo era irrelevante; casi nula. Podemos comprobar esta aseveración, sólo con mirar nuestros textos de historia -hasta el período que concluye con la decapitación de la dictadura trujillista- y observar cuántas veces se menciona allí la palabra ‘pueblo’. De seguro que pocas veces.

Una forma simple de confirmar la presencia de la actual dinámica de promociones sociales sería contrastando la ascendencia socio-económica y la etnia a la que pertenecían aquellos quienes componían el grueso de los individuos que fungían en función de legisladores, profesionales, ediles y empresarios de una época históricamente reciente como la era de Trujillo, con la ascendencia socio-económica de dirigentes, funcionarios, legisladores, profesionales, ediles y empresarios del momento actual. Las fotos de los periódicos de aquel período y las del presente serían una buena herramienta de comprobación. Mientras más nos desplacemos en el pasado mayor será el contraste con el presente.

Una profusión de documentos coloniales nos informa de pleitos judiciales que corresponden a reclamos de unos a otros, respecto a que fulano se llevó a trabajar a los esclavos de zutano y no le pagó lo convenido. O que mengano no ha pagado a fulano la suma por la venta de ‘dos piezas de esclavos’, etcétera. Esclavos por un lado, libertos (esclavos a quienes se les había otorgado la libertad) y manumitidos (esclavos que pagaron su libertad con trabajo) por el otro lado, conformaban la mayoría de la población. Pero a esa masa humana no se le llamaba pueblo. No eran ciudadanos.

Ni remotamente se le ocurría a alguien de la colonia, pensar que llegaría el día en que los descendientes de negros, mulatos y libertos serían la parte más importante de los electores. No había forma de pensar que éstos pondrían gobiernos a través de su voto mayoritario o que aportarían su naturaleza a las instituciones del país y a la forma de hacer política; o que influirían con su modo de hablar o con sus gustos musicales a toda la población restante, y que, en definitiva, ellos serían quienes protagonizarían y dirigirían la cultura popular. Todo esto sería absurdo y absolutamente impensable.

Sería materia a tratarse aparte del presente trabajo, lo concerniente a la noción de pueblo referida a la percepción que tienen de sí mismos los segmentos poblacionales minoritarios dominicanos étnicamente blancos y sin ancestros esclavos. Igualmente sería útil examinar la naturaleza de las estructuras mentales que éstos han conformado en su permanente interacción con el resto mayoritario de la población.

Podemos adelantar que si los descendientes de los esclavos de la colonia han progresado en nuestro territorio, ello es digno de positiva ponderación. Lo que tendría escasa justificación argumental sería el fenómeno de la pobreza y la ignorancia en aquellos grupos humanos dominicanos cuyos ancestros nunca fueron esclavos en la colonia (dominicanos étnicamente blancos, que aún permanecen pobres e ignorantes). Probablemente la vida disipada de una parte importante de sus ancestros determinó la miseria de sus actuales descendientes. Pero, reiteramos, este es un apasionante e interesante tema que debe tratarse aparte de las presentes líneas.


Adecuaciones a las nuevas realidades:

“Si los descendientes de los esclavos de la colonia han progresado en nuestro territorio, ello es digno de positiva ponderación. Lo que tendría escasa justificación argumental sería el fenómeno de la pobreza y la ignorancia en grupos humanos dominicanos étnicamente blancos, cuyos ancestros nunca fueron esclavos”.

No es una coincidencia el hecho de que precisamente haya sido dentro de los presentes procesos de tránsitos sociales cuando la Constitución de la Nación dominicana, como conjunto de normas y garantías generales, así como el ordenamiento jurídico asentado en el Código Procesal Penal, hayan tenido que iniciar un proceso de adecuaciones a un nuevo principio de armonía social. No es coincidencia –reiteramos- el que estas aperturas se inicien en un momento en donde la masa de la población posee un peso específico nunca antes ejercido. Estos cambios y estas adecuaciones ocurren sólo a partir de los presentes procesos de incorporaciones sociales, cuando el pueblo empieza a definir su rol de actor principal en el ámbito de la política partidaria y cuando ese ejercicio genera unos elevados costos sociales que amenazan con desbordar el ordenamientos social.

Y es que se trata de que el Código Procesal hasta ahora vigente, databa del año 1884 cuando los individuos que componían el conglomerado mayoritario eran aún percibidos en la visión de las elites de su tiempo como simples descendientes de unos seres quienes hacía relativamente poco tiempo habían sido formalmente liberados de su prolongada condición de esclavos, libertos y manumitidos.

En los actuales tiempos, el legislador y el Ejecutivo pueda que no tengan conciencia de la dinámica de estos procesos de la historia dominicana, pero la fortaleza de un pueblo antes sumergido, ausente y excluido y hoy con presencia visible en todos los quehaceres del acontecer nacional, les compele y obliga a adecuarse a unas necesarias aperturas, las que, con los defectos y distorsiones propias de todo inicio, recién empiezan a implementarse. Todo novedoso proceso social tiene sus propios costos que se expresan, en este caso particular, en las distorsiones y los defectos que estamos observando. Pero es de esperarse que el río vuelva a tomar su nivel y confiamos que sólo sea cuestión de tiempo.

No obstante sus aciertos, temores y riesgos colaterales, los positivos fenómenos sociales que mencionamos a lo largo del presente trabajo, tienen el perfil para que, en conjunto, les sea atribuible la condición de verdadera revolución social. Más aún, si los dominicanos decidiésemos sacar a relucir frente al mundo estos procesos de movilidad social, la comunidad internacional los valoraría sin miramientos.


Africanos trasladados y africanos inmovilizados:

No debemos dejar de mencionar un factor a favor de nuestro pueblo referente a una noción poco contrastada y escasamente divulgada. Se trata de que el grueso de los descendientes de los africanos que no sufrieron el forzado trasladado a América a partir del siglo 16 y que hoy en día continúa habitando el territorio africano del que nunca salieron, muy probablemente estos actuales descendientes de aquellos africanos no desplazados se encuentra en peores condiciones que los descendientes de los africanos que tuvieron que soportar el traslado forzado en esclavitud hacia el territorio de la Isla La Española. En nuestro territorio, una parte apreciable de los descendientes de aquellos forzosamente desplazados (étnicamente mezclados y puros) son hoy quienes desempeñan y ejercen las funciones antes señaladas (ministros, economistas, profesionales, líderes políticos, etc). Esto quiere decir que los descendientes actuales de aquellos inmovilizados en su territorio africano no pueden hoy exhibir el positivo proceso de nuestras actuales incorporaciones, presencia popular y tránsitos sociales.

Han sido los ancestros africanos de este pueblo dominicano de hoy (mezclados y puros), quienes pagaron el costo del desarraigo, de la readaptación y de la prolongada esclavitud. Han sido éstos quienes hoy son los sujetos de la positiva movilidad social a la que nos estamos refiriendo. Se trata de unos valores intangibles que no debemos continuar desconociendo.

Existen otros pueblos vecinos (Haití por ejemplo) cuyos ancestros fueron igualmente forzados, desplazados y esclavizados, pero que desafortunadamente no pueden exhibir hoy la dinámica social que, aún con sus costos colaterales, hemos estado aquí logrando. Las causas de esas diferencias tendrían unas explicaciones socio-históricas que no son de la competencia del presente escrito. En República Dominicana no hemos concluido ese proceso dinámico de tránsitos, presencias e inserciones sociales de grupos humanos mayoritarios antes excluidos. Falta mucho por completar y muchos costos y consecuencias sociales qué pagar, pero es evidente que hemos comenzado. El pago de las naturales consecuencias que se derivan de ese revolucionario proceso de movilidad e inédita presencia de grupos mayoritarios populares antes permanentemente excluidos, se han estado asumiendo a diario.

Se entiende que las consecuencias de la eclosión de esa cultura tradicional, popular y mayoritaria se expresa en forma espontánea, sostenida y permanente. Además, se comprende que la percepción de grupos sociales minoritarios tradicionales de las clases medias y altas, la sufren como una suerte de Inversión de los Valores Sociales Tradicionales, y la perciben como desorden generalizado, e incluso con un sentimiento de avasallamiento; de ruidosos excesos; de abatimiento causado por una chercha populachera desbordada; de políticos excesivamente populistas salidos de la base de ese mismo pueblo… Pero no dejamos de comprender que todo ello no es más que parte de un proceso de avances cuyos costos y consecuencias sociales continuamos asumiendo y pagando. Todo ello representa un valor agregado de nuestro pueblo.

Una adicional y acertada lectura de estos costos estaría vinculada a una especie de necesario drenaje social popular que se expresa en una suerte de celebración tardía del término de un excesivamente prolongado período de exclusiones (esclavitud) que databa de siglos y generaciones. De hecho, no hubo posibilidad de que tales ‘celebraciones’ se presentaran en épocas anteriores. En la era de la dictadura de Trujillo no había la más mínima posibilidad para ello; en épocas anteriores a ésta, era impensable. Los actuales tiempos parecen ser los más propicios para tales ‘celebraciones’. El proceso democrático iniciado a partir de la desaparición de aquel régimen opresivo ha madurado haciendo propicias las condiciones para la ocurrencia de estas presencias, inserciones, celebraciones y tránsitos sociales que hoy estamos siendo testigos. 

De todos modos –reiteramos- las aguas volverán a su curso y probablemente sólo es cuestión de tiempo para que ello empiece a ocurrir. El equilibrio se impone y los resultados finales serán necesariamente positivos para todo el conjunto social de la nación. Las señaladas adecuaciones de los Códigos y de la Constitución así parecen preconizarlo. Probablemente estos procesos sean parte de una suerte de estructura de ciclos periódicos del devenir de nuestra historia que determina y señala un permanente e inextricable avance social en el largo plazo.



Los Informes documentados:

“Existen otros pueblos vecinos (Haití por ejemplo) cuyos ancestros fueron igualmente forzados, desplazados y esclavizados, pero que desafortunadamente no pueden exhibir hoy la dinámica social que aquí hemos estado logrando”.

Como hemos anunciado en los primeros párrafos del presente trabajo; para dar una idea del significado del incuestionable progreso operado en nuestro territorio, observemos sólo algunos ejemplos documentados, de cómo en 1821, hace 189 años, es decir, apenas 3.78 generaciones de 50 años, los esclavos de la parte española de la isla de Santo Domingo eran efectivamente objetos materiales del patrimonio individual de aquellas personas que los poseían, como puede apreciarse en las declaraciones de bienes que presentaremos a continuación. 

Los documentos aquí mencionados se encuentran depositados en el Archivo General de la Nación (AGN), en Santo Domingo, República Dominicana, de los cuales facilitamos las referencias correspondientes al final del presente escrito. Nótese –reiteramos- cómo en esas declaraciones la enumeración de bienes materiales tales como reses, bohíos y huertas, se agrupaban con otros ‘bienes materiales’ tales como ‘una negra preñada, cinco negros varones o cuatro piezas de esclavos’.

Veamos el primer caso documentado de una ciudadana llamada María Andrea Rivera, quien en su declaración de bienes del año de 1758, ésta consigna poseer lo siguiente (dejamos la ortografía original de los documentos):

- “Una huerta de plátanos en seys pesos ($6)

- Otra huerta de cañas en ocho pesos ($8)

- Un negrito nombrado Simón de nueve a diez años en ciento veinte y cinco pesos (125)

- Una negra nombrada Antonia, de casta Congo, preñada, como de veinte años poco más o menos en doscientos treinta pesos ($230)

- Ciento y cuatro reses a quatro pesos cada una montan quatro cientos diez y seis pesos ($416), etc. (1)

Veamos este segundo documento; un testamento fechado 5 de Agosto del año 1805, hace 205 años, es decir, apenas cuatro generaciones de 50 años; por medio del cual el Sr. Pedro de Rivera declara poseer lo siguiente:

-“Declaro por bienes propios míos cinco Negros barones, nombrados Marcos, Joseph Luis, Lorenzo, Victor y Ramón; con más seis Negras hembras nombradas Manuela, Eusebia, María, Edubí, Apolonia y María del Pilar; una yegua, una baca y un trocito de puercos en el Bojío; sinquenta pesos de terrenos en Río Seco, Jurisdicción de la Vega con algunos animales de Cabros, en El Cercado Jurisdicción de Hincha quarenta pesos, en Carabal en la misma jurisdicción doscientos y sinquenta pesos, etc. Declaro para que conste. (2)

Veamos un último documento; un acto notarial, del 13 de diciembre del 1821, hace 189 años, es decir, menos de cuatro generaciones de 50 años; en cuyo acto, el Sr. José Moreno declara como heredera universal a su esposa María Alonzo:

- “Mi única y universal heredera de todos y cualesquiera bienes que me puedan tocar y pertenecer; esto es, pertenecientes a ambos como gananciales de cuatro piezas de esclavos, dos bohíos, y una pulpería regularmente surtida y algunas prendas de su uso”. (3)


Es fácil imaginar que las esclavas y los esclavos nombrados en esos documentos tuvieron descendencia, y que la mayoría de esa descendencia de individuos racialmente mezclados o puros está hoy presente en el territorio dominicano. Es además perfectamente deducible que una parte de los profesionales, empresarios, políticos, economistas, médicos, profesores, artistas, comerciantes, militares, ingenieros y funcionarios dominicanos de hoy, sean descendientes de Simón, Antonia, Marcos, Joseph Luis, Lorenzo, Víctor, Ramón, Manuela, Eusebia, María, Edubí, Apolonia y María del Pilar, o de muchos otros esclavos cuya documentación no hemos presentado aquí. 

En más de trescientos años de vida colonial en sistema esclavista, se escribirían cientos sino miles de estos documentos, actos notariales y declaraciones de bienes. Todos ellos juntos, involucra al 84% de la población actual dominicana (73% de población étnicamente mezclada + 11% de población negra sin mezcla), lo que tomando como base la población dominicana actual de unos 10 millones de habitantes, arroja aproximadamente 8.4 millones de dominicanos, de los cuales una proporción considerable sería la encarnación del progreso aquí tratado.

Proporciones y cifras de estas magnitudes no pueden continuar ignorándose. Como ejercicio comprobatorio, pregúntese el lector qué era su abuelo (a) y qué es él hoy. Muy probablemente, tendría motivos para el optimismo. Considérese el aspecto de que el sólo hecho de que el tiempo discurra en las naciones del mundo no es necesariamente motivo de su automático avance social y económico. Haría falta el ingrediente que ha motorizado nuestra dinámica histórica.

Los documentos relativos a la posesión, compra y venta de esclavos están disponibles en los archivos. Lo que no se encuentra son aquellos documentos relativos a la descendencia de los esclavos. De existir, cada dominicano de hoy, etnicamente mezclado o puro, podría realizar una relación de sus ancestros y descubrir sus vinculaciones con los esclavos arriba nombrados. La no existencia de ese tipo de documento parece haber conformado la equivocada idea de que, en consecuencia, tal vinculación no existe. Tal vez sea ese uno de los motivos por lo cual el grueso de los dominicanos siente una ostensible desvinculación con aquel pasado y un manifiesto desinterés por el tema.

Como vemos, el título del presente escrito no es el resultado de una elaboración fantasiosa y subjetiva sino conclusión a la que arribaría todo aquel que lo intente mediante un ejercicio reflexivo que abarque desde el inicio de la conformación del pueblo dominicano hasta el presente. Las coordenadas fundamentales de esas reflexiones las aportarían las siguientes preguntas y sus correspondientes respuestas: en el ámbito socio-histórico de este pueblo ¿de dónde venimos? ¿dónde nos encontramos?


Necesidad de un método histórico-multidisciplinar para el estudio de fenómenos socio-históricos:

Sería materia a tratarse aparte, pero antes de concluir el presente escrito, quisiéramos avanzar la idea de que con el objeto de facilitar la identificación y el examen de un complejo conjunto de fenómenos socio-históricos que hoy gravitan al interior de la sociedad dominicana, se hace necesario la utilización de un instrumental histórico-multidisciplinar compuesto por la historia como eje central, incorporando esta disciplina en un solo cuerpo con la sociología, la antropología y otras disciplinas y ciencias conexas.

Partiendo de la premisa de que efectivamente existe al interior de nuestra sociedad de las últimas décadas un creciente proceso de presencia popular; de incorporaciones y tránsitos sociales de grupos humanos históricamente excluidos, nos mueve a pensar que los alcances y el impacto de estos fenómenos deberían ser examinados y explicados en toda su complejidad.

Probablemente la historia –como herramienta aislada- no sería capaz de acometer con éxito el examen y la explicación de fenómenos de tal complejidad. Tampoco lo sería la sociología ni la antropología individualmente. La utilización de un método multi-disciplinar que las integre en una suerte de Historia Integrada a una multiplicidad de disciplinas conexas, podría garantizar la identificación y el examen de fenómenos sociales como los que señalamos a continuación. El examen de tales fenómenos socio-históricos abarcaría la competencia de temas tan amplios y complejos como los siguientes:

- Zonas de impacto del proceso de incorporaciones sociales de grupos humanos históricamente excluidos, en la sociedad dominicana del presente.

- Inversión de Valores Sociales como costo y consecuencia de ese proceso.

- La corrupción mediante prácticas políticas gubernamentales y su vinculación con estos fenómenos de incorporaciones socio-económicas de grupos históricamente excluidos.

- Zonas de impacto al interior de la sociedad, del creciente proceso de valorización del pueblo desde la óptica de las elites políticas, económicas y sociales.

- La actualización y adecuación de los ámbitos jurídicos y constitucionales a partir del rol protagónico del pueblo.

- Los cambios en la forma de hacer política impulsados por la dinámica histórica de incorporaciones y tránsitos sociales.

- Populismo y clientelismo político y su vinculación con los fenómenos socio-históricos señalados; entre otros.

No proponemos la estructuración de una novedosa metodología de la investigación. Tratamos de señalar la necesidad de una praxis individual o colectiva con vocación multi-disciplinar capaz de abordar el análisis de fenómenos socio-históricos como los ya señalados.

Un instrumental multidisciplinar de esa naturaleza, facilitaría la puesta en marcha de las aperturas, los cambios y las adecuaciones que los actuales momentos requieren.

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Notas:

1- Archivo General de la Nación. Fondo ARS, Caja (Leg.) No. 47, expediente No. 49, folio 22r. Protocolo Notarial, 1758.

2- AGN. Fondo ARS, Caja (legajo) No. 22, Expediente No. 224, folios 23v al 25v. Protoc. Notarial, 1805.

3- AGN. Fondo Protocolos Notariales de Santo Domingo, 1821, folios 61v, 62r.

Para las Notas, ver: Francisco Bernardo Regino Espinal, “La Esclavitud en la España Boba, 1809-1821”. En Clío, Organo de la Academia Dominicana de la Historia, año 75, Enero-junio de 2006, No.171, pp 97-100.

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El escrito precedente es parte del libro en preparación, titulado “Una República Colonial: Aperturas, Cambios y Adecuaciones”, del mismo autor. 
Registrado en la O.N.D.A con el No. 0002123, Libro 06, 
en Santo Domingo, República Dominicana.

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2 comentarios:

fernando cardoza dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Nestor Ayala dijo...

Excelente blog, gracias Att : calderas