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1.10.08

Arqueologia - Una tradicion entre la poblacion de Cuba: Mutilacion dentaria. Por Alexa Voss, Domingo Fuentes Febles, Zsuzsanna Riechers-Barrow



Autores: Alexa Voss, Domingo Fuentes Febles, Zsuzsanna Riechers - Barrow

Dr. Domingo Fuentes Febles:

Dr. en EstomatologíaEspecialista de Primer Grado en Anatomía Humana.
Profesor Asistente de Anatomía Humana.
Profesor Principal de Morfología de la Especialidad de Estomatología.
Ex Seniur Lecturer Faculty of Mecicine and Allied Health Sciences of University of The Gambia.

Zsuzsanna Barrow-Riechert
Etnóloga de la Universidad de Hamburgo, Alemania

Resumen


La mutilación dentaria en Cuba se conoce por los esclavos negros quienes trajeron de África esta tradición. Los indios de la Isla no tenían esta costumbre la cual, sin embargo, se encuentra presente en muchas regiones del mundo. El deseo y el esfuerzo del hombre por transformar la apariencia de su cuerpo aparece como patrón cultural ancestral en numerosas sociedades tradicionales. Las diferentes y sofisticadas técnicas de la mutilación dentaria demuestran que esta manera de modificar el aspecto físico abarca un valor social y cultural muy amplio.

Introducción


A través del mundo entero se conocen diferentes formas de modificar el cuerpo motivadas por el deseo de cambiarle su apariencia. Algunas afectan el esqueleto, como la deformación del cráneo que fue practicada en Cuba por los llamados agroalfareros de filiación étnica Arauca, mientras otras, como la perforación o ”piercing“, no dejan sus huellas en él. Por las excavaciones arqueológicas podemos observar y reconstruir sólo algunas de estas prácticas de mutilación corporal. Un ejemplo de modificación es la mutilación dentaria conocida desde la prehistoria, como lo demostraron hallazgos en Inglaterra, Siberia o Estados Unidos (J.W.Jackson, 1914 y A.Hrdlicka, 1940). En Cuba, esta costumbre fue introducida por la población negra traída del continente Africano.


En el continente americano, la mutilación dentaria en la época precolombina era ampliamente conocida y ejercitada. El fechado más antiguo para México es de 1400 AC (J. Romero, 1958) y de las técnicas empleadas en esta región existen descripciones históricas. A partir del México precolombino este hábito se extendió hacia el Sur y el Norte del continente.


Para África la costumbre fue descrita por viajeros en tiempos anteriores a la colonización de América y parece extenderse de Este a Oeste hasta las costas, y entre los 10° de latitud Norte hasta los 20° de latitud Sur (H.Lignitz, 1919-22 ).


La antigüedad de esta práctica no es conocida. En Asia, desde Japón, India, China, Indonesia, Australia hasta la isla de Tasmania, las descripciones de mutilaciones dentarias son muy frecuentes. Para Europa una limitación temporal parece restringir el fenómeno entre 4000 AC y 1750 AC (E.Jahnke, 1970).

En el caso de México se establecieron tablas con patrones de mutilación que sirven universalmente en el análisis de las formas y técnicas empleadas (J. Romero, 1958 y A. Dembo, 1938). Los aborígenes cubanos no poseían esta tradición pero cabe señalar que los patrones de mutilación conocidos de África y los del continente americano se asemejan mucho y sería posible, si consideramos solamente un hallazgo de dientes mutilados, que pueda confundirse su procedencia. Para el continente americano se conoce el caso, aunque poco documentado, de indios que tomaron la costumbre de los negros, lo que no parece haber ocurrido en Cuba.


Las razones para la mutilación no están absolutamente claras y divergen según los grupos. Tanto en Cuba como en Las Antillas Menores se hicieron encuestas con el fin de conocer la motivación de tal tradición. Los negros respondieron que la asociaban fundamentalmente con propósitos de belleza (H. Dumont, 1916).


Otro argumento que mencionaron era la intención de darse una apariencia feroz para impresionar a sus enemigos. Esto es válido para el grupo africano de los carabalíes del Reino de Benin o de la costa de Calabarí que daban a sus dientes una forma de lanza, conocida por “dientes de cocodrilo“ (H. Lignitz, 1919-22). Existe un paralelo en el continente suramericano donde el grupo de los Tenetehara o Guajara conocía una forma puntiaguda llamada “dientes de pirañas“ (P. Lima, 1954).

Los misioneros cristianos por su parte, se esforzaron en erradicar estos hábitos (C. Oldendrop, 1765-1777). En tal sentido se puede leer en algunas crónicas que en Las Antillas Menores se había acabado completamente esta tradición, pero esto no parece reflejar la realidad porque al menos para Cuba existen fuentes históricas que describen la mutilación dentaria en las dotaciones de esclavos.


Tal era el caso de los esclavos de Liberato Azcuy, en el caserío de Reconcentro, finca La Jagua, La Palma, en la provincia de Pinar del Río, los cuales se desgastaban los dientes con limas de acero y después mordían un plátano acabado de asar para cauterizar y quitar el dolor. La tradición se conservó también entre los esclavos criollos como se puede leer en las notas sobre la fuga de estos durante el siglo xix. En Cuba, junto a otros signos corporales, la identificación de esclavos prófugos se apoyaba en la mutilación dentaria, la que figuraba como descripción en anuncios sobre la búsqueda de esclavos cimarrones. Uno de los primeros reportes apareció en el Papel Periódico de La Habana, del jueves 20 de Enero de 1791 (M. Rivero de La Calle, 1973).

Técnicas y papel social


Las técnicas básicas de mutilación dentaria incluyen la extracción, la fractura, el corte, el limado y la incrustación (J. Romero, 1958 y A. Dembo, 1938). Sólo se transformaban los incisivos y los caninos, nunca los premolares y molares.
La incrustación no aparece en Cuba. En África se limaba y se fracturaba mientras en América era más usual limar y hacer incrustaciones.


El limado se puede describir como la frotación de un objeto de determinada dureza sobre el diente, desgastando así la superficie por capas sucesivas.
La fractura se realiza aplicando sobre el diente un objeto cortante al que se golpea con un martillo de material variable.


El corte se refiere a una forma de mutilación constituyendo una o más escotaduras. Es posible que tales mutilaciones fueran realizadas fundamentalmente cortando la corona por medio de trozos de sílex afilado del mismo modo que los cuchillos de uso común.


La presencia de horadaciones o de pequeños discos de diversos materiales ajustados en dichas perforaciones indica la forma de la incrustación, donde plaquetas de oro y piedras preciosas eran sujetadas en las partes del diente preparadas a este efecto. Una muestra del cemento empleado contenía calcio, fósforo, aluminio, silicio, magnesio, hierro y manganeso, la composición del aglutinante no llegó a conocerse (E. Jahnke, 1970).


La extracción es la desaparición física completa del diente de su sitio normal de implantación en la cavidad bucal, lo cual se puede lograr aplicando golpes y movimientos alternos.


El limado, la fractura y el corte son muchas veces difíciles de diferenciar. En el caso de un hallazgo arqueológico se puede determinar la técnica con más certeza que por el estudio etnológico y la lectura de los antiguos documentos. De todos modos es el contorno del diente que se ve transformado y la forma dada, los portadores del significado. Aparte de formas muy impresionantes como las escotaduras sucesivas o las de media luna, se destacan dos categorías: una es la modificación de los contornos de los ángulos del diente, haciendo así más ancho el espació interdental y otra, el afilamiento del diente para hacerlo más puntiagudo. Sobre la base de estas distinciones se puede atribuir el sentido de la mutilación a diversas motivaciones, pero debe tenerse presente que diferentes patrones de mutilación pueden presentarse juntos, complementándose, alterarse o ser simplificados convirtiéndose en mero signo de belleza con la pérdida del sentido original como posible consecuencia de las migraciones y el intercambio de esclavos (H. Lignitz, 1919-22).


En Australia se extraían dientes a los hombres jóvenes durante los rituales de iniciación. En analogía, se extirpaban dientes a las mujeres de Las Nuevas Híbridas durante la ceremonia del casamiento. En las Islas Hawai la extracción de dientes era vista como una ofrenda al dios Eatoa o podía representar una ofrenda funeraria (Ibidem).


El castigo representa también una razón por la extracción. Así Garcilazo De La Vega narra que el Inca Huayna Capac ordenó desarraigar dientes a los caciques rebeldes (Comentarios Reales, La Príncipe Parte, Lib. IX, cap. 3).


El afilado de los dientes y a veces, la extracción, están vinculados al totemismo. El deseo de asemejarse al animal venerado como antecesor del grupo, facilita la creación de un enlace entre sus miembros. De la misma manera que se buscaba la similitud con determinados animales, era importante poder diferenciarse de otros, así, los Bataka se querían parecer a los bueyes pero distinguirse de las cebras (H. Lignitz, 1919-22).


La modificación de los contornos de los ángulos del diente haciendo así más ancho el espacio interdental tiene otro aspecto interesante; la creencia en el poder de la transmisión de la fuerza del alma a través de la saliva es la base ideológica de escupir, acto que realizado en un chorro bien largo simboliza respeto, honra o veneración. La saliva simboliza la vida. Así, se escupe a una figura representante de una divinidad, o se hace como salutación. Esta tradición se aproxima a nuestra forma de dar un beso o a la costumbre de frotarse la nariz de los esquimales (Ibidem).


La mutilación dentaria también puede ser utilizada como símbolo de jerarquía social. En Madagascar el jefe se afilaba los dientes de la mandíbula inferior mientras el pueblo tenía sólo el derecho a afilarse los de la mandíbula superior. En la sociedad de los Dschinkas y Schillukas se mutilaban los dientes inferiores excepto los jefes y sus hijos, quienes los guardaban intactos (Ibidem).

Un ejemplo en Cuba


En Las Antillas, excavaciones arqueológicas revelaron que se conocían también varios patrones de mutilación. En Cuba los hallazgos de dientes en el cementerio de esclavos del Central Taoro, al Oeste de la Ciudad de La Habana ofrecen un buen panorama sobre la mutilación dentaria (J. Romero, 1958).


En la provincia de Cienfuegos se descubrió en los años ´90 el enterramiento de un individuo de sexo masculino de unos 30 años de edad en perfecto estado de conservación. El patrón de mutilación corresponde a la modificación del contorno de los cuatro incisivos superiores para hacer más ancho el espacio interdental. Es un patrón que se encuentra en varias partes de África y posiblemente el más antiguo de todos. En la costa Oeste africana, la llamada Costa de Oro, con puertos donde atracaban los barcos negreros que trasladaban los esclavos hasta América, este patrón está presente.


A pesar de que Jacobo de la Pezuela menciona la existencia de cimarrones en las alturas cercanas al mar, el hallazgo de un enterramiento en la provincia de Cienfuegos se puede calificar de fortuito. El entierro estaba localizado en un abrigo rocoso de acceso difícil. La entrada está orientada al Este con una altura de 50 metros sobre nivel del mar. El sitio se inicia a partir del borde de una ensenada subiendo sobre el diente de perro que aflora entre los árboles constituyendo un bosque xeromorfo costero.


La posición del esqueleto estaba en decúbito supino, la cabeza ligeramente inclinada con la mirada hacia el lado izquierdo (Este). Los miembros superiores en ambas partes del cuerpo presentaban una ligera flexión de los antebrazos; las manos estaban en pronación. La rotación medial o interna del antebrazo derecho era más fuerte que la del izquierdo. Las manos estaban situadas a nivel del extremo próximo del fémur. El pie derecho estaba en supinación o rotado lateralmente a causa de un bloque de la roca madre que imponía esta posición.


El pie izquierdo estaba en flexión plantar o extendido. La columna vertebral no ocupaba una posición rectilínea sino una postura en forma de letra S. El esternón estaba desprendido, se encontraba muy próximo al borde izquierdo de las vértebras torácicas. Dada esta posición, es posible deducir que el individuo fue enterrado dentro de las 24 horas posteriores a la muerte.


La excepcional buena conservación de los restos originó una datación histórica basada en la manufactura de los botones rescatados sobre el cuerpo, los cuales corresponden al periodo de 1837 a 1865 (I. Noël Hume, 1963).


La dentadura completa fue sometida a un análisis odontológico que arrojó el siguiente resultado: están presentes los 32 dientes permanentes, con buena implantación en el hueso alveolar, caries casi inexistentes y presencia de una ligera capa de sarro dentario, más notable en las caras linguales del sector anteroinferior, desde el canino derecho al canino izquierdo.


Los incisivos superiores se encuentran mutilados, siguiendo el patrón C1 de la clasificación de Romero (1958). Los ángulos mesioincisal y distoincisal de los incisivos centrales y laterales superiores han sido eliminados, la dentina está expuesta pero no hay exposición pulpar.


En el 1,1 (incisivo central superior derecho) el corte mesial se extiende desde la cara mesial al borde incisal con una longitud de 5 mm, tiene una dirección más vertical que el corte distal y es también de 5 mm de longitud. Del borde incisal queda un segmento remanente de 3 mm de largo. En la cara labial se observa una línea de fractura adamantina, vertical, con tendencia a seguir el eje longitudinal del diente pero sin lograrlo.


El 1,2 (incisivo lateral superior derecho) tiene un corte mesial de 4 mm, y un corte distal de 3 mm de longitud, el borde incisal remanente es también de 3 mm.


En el 2,1 (incisivo central superior izquierdo) el corte mesial extendido desde la cara mesial hasta el borde incisal, comparado con su homólogo del mismo arco afecta más el borde incisal y alcanza una menor altura de la corona; el corte distal es menos vertical que el corte mesial. Ambos cortes son de 5 mm de longitud.


El 2,2 (incisivo lateral superior izquierdo) presenta los cortes mesial y distal de 3 mm de largo. El borde incisal remanente es también de 3 mm, con un notable desgaste mayor que su homólogo contralateral.


Los incisivos inferiores presentan desgaste a bisel por su cara labial, hay ligera extrusión del incisivo lateral inferior derecho, el cual tiene además apiñamiento con el incisivo central inferior, situado este último de modo tal que oculta el tercio incisal de la cara mesial y área vecina de la cara labial (del incisivo lateral).


Los caninos superiores e inferiores presentan gran desgaste cuspídeo, con pérdida de la cima de la cúspide, de modo que se constituye un borde incisal casi rectilíneo. En los inferiores se observa una ligera “caída” de mesial a distal en el borde incisal haciendo que la mitad mesial esté más conservada; en el canino superior izquierdo al desgaste incisal es más rectilíneo que en el canino superior derecho. En todos los caninos hay afectación de la dentina por el desgaste a nivel incisal, lo que pone de manifiesto pequeñas áreas deprimidas y de forma ovoide.


Los premolares superiores tienen una amplia área de desgaste, verdaderas facetas en la cara oclusal, afecta a las dos cúspides (vestibular y palatina) con eliminación de las cimas cuspídeas y gran parte del reborde longitudinal.
El desgaste oclusal interesa en mayor medida la mitad mesial de la cara masticatoria y es más pronunciado en el lado izquierdo del arco. En el espacio interdentario entre el segundo premolar superior derecho y el primer molar existe un resto de tejido dentario que pudiera ser un diente supernumerario destruido con anterioridad y en posición ectópica por palatino o resto de la primera dentición.


Los premolares inferiores presentan un notable desgaste en la cúspide vestibular.
Los primeros molares superiores presentan un área de desgaste que interesa sus cuatro cúspides, más notable en las cúspides mesiopalatinas, la cual alcanza la cara palatina de la corona, y en lado izquierdo incluye también la cúspide distopalatina. El desgaste se proyecta desde el reborde marginal mesial hasta el reborde marginal distal.


En el segundo molar superior derecho hay una pequeña faceta de desgaste en la vertiente mesiooclusal de la cúspide mesiopalatina, más pequeña que la de los primeros molares, también hay desgaste en la cúspide distovestibular; en el diente homólogo contralateral el desgaste es más notorio en las cúspides palatinas y cúspide mesiovestibular, pues el desgaste de la cúspide distovestibular es apenas perceptible.


El desgaste de los terceros molares es mayor en la hemiarcada izquierda, interesando sobre todo la mitad palatina de la corona, apenas se puede visualizar la cúspide distopalatina. En el lado derecho de la cúspide mesiopalatina hay una pequeña faceta de desgaste y la cúspide distopalatina tiene dimensiones muy pequeñas.


En el primer molar inferior derecho se observa un patrón morfológico Y5, existe una amplia zona cuspídea desgastada, con afectación particular de la cúspide vestibular, en el lado izquierdo es tan marcado el desgaste que hace imposible determinar el patrón morfológico de relación entre las cúspides. En ambos primeros molares existen pequeñas áreas de exposición dentinaria.


Los segundos también tienen notorio desgaste, sobre todo hacia las cúspides vestibulares, que en lado derecho interesa en mayor medida la cúspide mesiovestibular y es sumamente ligero en la cúspide distovestibular. Su patrón morfológico cuspídeo es +4.


Los terceros molares están desgastados en las cúspides vestibulares, siendo en el del lado derecho más manifiesto en la cúspide mesiovestibular.
Un aspecto interesante es la poca afectación por caries, las cuales están presentes a nivel de dos piezas dentarias; pero la destrucción es tan pequeña que apenas permite el paso del extremo puntiagudo del explorador. Las caries se localizan en:


1- Fosita central del segundo molar inferior izquierdo.
2- Fosita triangular distal de segundo molar superior derecho.
Es de destacar la presencia de fosas (anatómicas) profundas en algunas áreas como son las fositas centrales de tercer molar inferior izquierdo y segundo molar superior derecho.


No se aprecia desgaste del tercio cervical y en la unión corona – raíz.
El hueso alveolar que circunda a las piezas dentarias está ligeramente apartado de la línea cervical que separa la corona de la raíz, lo que podría sugerir que el individuo padecía de algún grado de enfermedad parodontal.


Del análisis de la oclusión inferimos que tenía una relación molar de neutroclusión, con sobremordida de aproximadamente 2 mm en el sector anterior, y diastema interincisivo de unos 2 mm entre los incisivos centrales superiores.
El desgaste dentario nos hace pensar en un patrón masticatorio bilateral alternante con cierta preferencia por el lado izquierdo y con gran uso de los dientes posteriores, lo que pudiera vincularse a hábitos masticatorios resultantes de posible dolor en el sector anterior por la mutilación dentaria. Aún cuando el desgaste es muy marcado, no llega a interesar la pulpa dentaria,
en los productos del mar, es decir, con bajo contenido de carbohidratos, lo que pudo influir en la buena conservación de los dientes.

Discusión


El deseo y el esfuerzo de tener una apariencia determinada se encuentra como un patrón cultural ancestral en muchas sociedades tradicionales. Según Bryan S. Turner (1984) el cuerpo y el tratamiento que le da cada individuo son símbolos estructurales de una sociedad y reflejan aspectos centrales de la cultura. La transformación del cuerpo realizada por el hombre mismo no puede estudiarse fuera del contexto sociocultural y abarca un valor social y cultural muy amplio. El factor llave para estas modificaciones reside, según Ebin (1979), en el esfuerzo de demarcarse frente el reino animal, y también para precisar su integridad como miembro social de una comunidad y a la vez, distanciarse de las otras. Así, las transformaciones corporales dan irrefutablemente a cada individuo una identidad social. Según el mismo autor, se modifican las partes del cuerpo que están en contacto con el mundo externo: como las manos, los brazos, la cara, el abdomen, la espalda, etc.


Existen muchas diferencias en el significado de tales intervenciones y se duda si existe la posibilidad de encontrar un denominador común para dilucidar el fenómeno de la mutilación corporal. Cada sociedad tiene una codificación para estas marcas y sabe cuáles representan signos de belleza o aspectos mágico-religiosos y cuál es la importancia social de cada uno. Sin embargo, a razón de la distribución mundial de este fenómeno, se puede partir del principio de que existe una causa subordinada a los significados regionales.


Las transformaciones del cuerpo en general son señales que aparecen en el contexto social. Existen muchas formas y pueden aparecer solas o en combinación.


Los signos se pueden encontrar arriba o abajo de la piel como el tatuaje, la perforación o la elaboración de cicatrices, pero también pueden ser amputaciones como las circuncisiones y las mutilaciones dentarias en el caso de la ablación de dientes. La deformación craneal, el alargamiento intencional del cuello (cuello de jirafa) o la presión ejercida en los pies para impedir su crecimiento (en China conocido como pies en forma de loto) son otras maneras de marcarse.


Se puede distinguir entre las transformaciones temporales y las de carácter permanente. El pintado del cuerpo se efectúa para ciertos rituales; el color escogido y los motivos representados son códigos correspondientes a cada ceremonia como enterramientos, bodas o nacimientos. Al contrario, la mutilación dentaria o el tatuaje perduran y representan así un significado permanente. De no tener estas marcas, el individuo está disgregado de su comunidad. Los distintivos escogidos dependen de los conceptos míticos, religiosos y estéticos presentes en cada grupo. Así en Bali se limaban los dientes para adquirir una forma plana contrastando con las criaturas monstruosas míticas caracterizadas por sus dientes afilados (H. Schröder, 1906).


La deformación craneal era siempre dotada de un doble sentido; era un signo tribal y tenía una connotación puramente estética jugando con el efecto óptico.
Las modificaciones pueden ser usadas para distinguir etapas de la vida y también con objetivos discriminatorios y de sumisión de las personas.


A Las Antillas muchos esclavos debieron llegar con dientes ya mutilados, transformación generada por las motivaciones antes citadas. La razón para seguir con esta tradición debe encontrarse en la voluntad de estos hombres y mujeres de mantener un nexo con los contextos sociales de donde fueron sacados.
Como los negros no tenían derechos civiles y no podían defenderse, consevaban sus rituales con el propósito de preservar su dignidad. Aunque el gobierno colonial en Cuba trataba de limitar la transmisión de tradiciones africanas
[1], los cabildos[2], barracones[3] y palenques[4] jugaron el papel fundamental en el mantenimiento de ese legado cultural. El cabildo estaba presente en las ciudades mientras en el medio rural se crearon asociaciones en los barracones y palenques. La preservación de las tradiciones, en las cuales se destaca el carácter religioso, posibilitaba definir una especie de identidad, y la identidad representa una recuperación de cierta dignidad y la protección de un pueblo.

Además, en las condiciones específicas de la época colonial se podían fundir rasgos de diferente religiones africanas y se conservaba en la memoria colectiva un conjunto de informaciones, ocurrencias y experiencias pasadas que se transmitían de generación en generación con cierta alteración y no tenían un carácter riguroso (Sogbossi, 1998).

Hoy en día podemos observar un nuevo fenómeno que es el de la cirugía plástica por medio de la cual se puede cambiar completamente el aspecto de una persona como lo demostró el cantante Michael Jackson. Comúnmente estas operaciones se llaman de “belleza” y tienden a “rectificar” partes del cuerpo según conceptos estéticos regionales. Aquí surge el deseo de integración dentro de la comunidad. El tatuaje y la perforación son formas ancestrales que llegaron nuevamente a la moda en el mundo occidental, sin haber preservado la complejidad del código que debían transmitir. Hoy es el simple hecho de transformar su apariencia mediante estas técnicas lo que simboliza la actitud del individuo frente la sociedad en la cual vive. En este caso la actitud pretende ser desintegrativa. El individuo se quiere desmarcar de su contexto social pero crea al mismo tiempo lazos con otras personas que viven fuera de sus límites regionales y que poseen la misma concepción de vida que él. No son los motivos diseñados o la forma los portadores de un significado, sino el hecho de someterse a una deformación lo que tiene un valor social.


Todo rodea el principio de integración o desintegración. Es la legitimidad del individuo dentro de la sociedad que se maneja. El denominador común para explicar la voluntad del hombre de dar a su cuerpo una apariencia determinada, sin duda está centrado en el papel que desempeña cada persona dentro de una comunidad. La estratigrafía social y la diversidad del ámbito geográfico, explican las variaciones en las connotaciones que tiene cada transformación.

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Turner, Bryan S., 1984, The body and society. Explorations in social theory, Oxford.
[1] Entre los motivos se puede citar el temor de perjudicar a la religión católica.[2] A buscar[3] Los esclavos en las dotaciones de ingenios y cafetales fueron albergados en pequeños bohíos. El nombre Barracón viene de Barraca que era la denominación para los depósitos de esclavos situados en la costa de África. En las plantaciones con un sistema de trabajo extensivo se creó una nueva forma de bohíos llamada “forma de barracón” que facilitaba la vigilancia de los esclavos. Los barracones de planta rectangular fueron un fenómeno arquitectónico esclavista típicamente cubano. Hacia el centro del país donde los módulos esclavistas fueron más laxos, se levantaron muy pocos barracones (M. Moreno Fraginals, 1978).[4] Como Palenque se designa a los asentamientos de esclavos prófugos (G. La Rosa Corzo, 1991).

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Pies de Fotos y dibujos

1) Piezas dentarias con mutilaciones procedentes del cementerio de esclavos del Central Taoro, al oeste de la ciudad de la Habana, Cuba.

2) Forma de mutilación encontrada en las mujeres Ganguella, Luimba y Lolua en África.

3) Patrón de mutilación entre los M´baka, Bondjiro y Sangha-Sangha de África.

4) Forma repertoriada entre los D´zem y sus vecinos de África.

5) Deformación existente entre los Loango de África.

6) y 7) Mutilaciones encontradas entre los Atonga, Wampoto , Wamanganja y Yao de África.

8) y 9) Forma de uña de tigre usual entre los Toute y Batschenga de África.

10) y 11) Patrón repartido entre los Bakongo de África.

12) Patrón de mutilación muy común que da a los dientes una forma puntiaguda.

13) Patrón de distribución de mutilación dentaria en la costa oeste de África donde las líneas horizontales representan la tendencia al alargamiento del espacio interincisivo superior y los puntos la forma puntiaguda, según los trabajos de campo de Lignitz.

14) Dientes del esqueleto descubierto en la Provincia de Cienfuegos, Cuba.


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El presente trabajo fue presentado en la Biblioteca Pedro Mir de la Universidad Autonoma de santo Domingo, del 10 al 14 de Octubre del 2006, en el Congreso de Antropologia y Arqueologia en honor al antropologo dominicano Fernando Luna Calderon.

Orbe Quince agradece a Alexa Voss el facilitarnos el precedente trabajo para su publicacion.

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26.8.08

LA OCUPACION DE SANTO DOMINGO POR HAITI: Por M. de J. Troncoso de la Concha | Texto íntegro

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Jean-Pierre Boyer, Président d'Haïti et de la
République Dominicaine (1822-1843)





Por M. de J. Troncoso de la Concha
Individuo de la Academia Dominicana
De la Historia – Ex Presidente de la República.



Introducción

En el año de 1937, el Instituto de Investigaciones Históricas, a propuesta de su presidente, el fecundo escritor e historiógrafo doctor Gustavo Adolfo Mejía, abrió un debate acerca de la manera como se operó la invasión de Santo Domingo por Haití en el año de 1822. Se sometieron a examen estas cuestiones:

“1- ¿Cuál fue el hecho histórico: accesión voluntaria, anexión, o acaso incorporación forzada? ¿Existió en verdad cooperación de la Parte del Este? ¿Existió el dolo en el asentimiento dominicano?”

“2- Partidos o facciones en que estaba dividida la isla”

“3- ¿Ejercía la metrópoli una autoridad eficaz sobre su primera colonia del Nuevo Mundo?”

“4- Motivos que mantuvieron en suspenso los planes de dominación de Haití sobre la parte oriental de la isla”

Invitado a participar en el debate, presenté en la sesión del 28 de mayo de aquel año un trabajo cuyo contenido, en su parte esencial, he vaciado en este opúsculo.

Muéveme a publicarlo en esta forma la circunstancia de que escritores haitianos, algunos muy prominentes, al referirse a aquella etapa dolorosa de la vida del pueblo dominicano, repiten todavía, de tiempo en tiempo, la especie urdida entonces de que la incorporación de Santo Domingo a Haití fue el resultado de un movimiento operado por nuestros antepasados para unir a ambos pueblos, y más especialmente el hecho de haber habido en nuestro país quienes hayan admitido como fundada semejante aseveración, sobrepasando así las aspiraciones del taimado Boyer, quien nunca imaginó probablemente, que las dolosas maniobras llevadas a cabo por él para encandilar a España y a la Gran Colombia pudieran, a través de los tiempos, aparecer, para otros que no fueran los haitianos, como expresión sincera de los hechos en aquella época acaecidos.

Resulta tan extravagante querer presentar a Santo Domingo como separándose de la vieja y amada España y abandonando a Núñez de Cáceres en su empresa de reunirlo a Colombia, para incorporarse a un Estado cuyos fundadores le habían causado tantos males, que toda aclaración a ese respecto debería holgar; pero como la impostura, a fuerza de repetirse, llega a veces hasta obtener que se le coloque en el lugar correspondiente a la verdad, es justo que ésta se haga oír, de cuando en cuando, para volver por sus fueros y evitar se la despoje de un sitio que sólo a ella le pertenece.



I


Cuando el Presidente de Haití, Jean Pierre Boyer, invadió y ocupó en los primeros meses de 1822 la Parte Española de la isla de Santo Domingo, desligada entonces del poder de España y unida nominalmente a la República de la Gran Colombia, lo que hizo fue incorporar por medio de la fuerza esta porción de la isla a la República de Haití.

Doy por sentado y comprobado que, antes de atravesar Boyer con sus tropas la frontera a mediados de enero de aquel año, la bandera haitiana había sido enarbolada en los pueblos fronterizos, primero, y en algunas situados en el interior, después; doy por sentado y comprobado que en Santiago de los Caballeros hasta se llegó a formar una Junta Central Provisional de Gobierno, o cosa así, en oposición al Gobierno del Estado, cuya independencia de España y unión a la Gran Colombia había sido proclamada por el doctor José Núñez de Cáceres, y que esa Junta, compuesta por personas principales, se puso en comunicación con Puerto Plata, La Vega, San Francisco de Macorís y el Cotuí para obtener la adhesión de estos pueblos al pensamiento que la había movido a organizarse; doy por sentado y comprobado que ese pensamiento aparente era el de favorecer la unión de Santo Domingo a Haití; doy por sentado que existieron, y tal vez existan todavía, documentos en los cuales, con la expresión de una fecha anterior a la invasión del territorio de la antigua Parte Española de Santo Domingo por Boyer, se le llama a éste y se proclama que la unión de los dominicanos al Estado fundado por Dessalines y Cristóbal será la realización de su felicidad. Doy, finalmente, por sentado y comprobado que desde días antes de la entrada de Boyer en ella, fue izada la bandera de Haití en la misma ciudad de Santo Domingo.

Pero esos hechos, que fueron los que sirvieron a la palabra oficial del Gobierno haitiano para tratar de hacerle creer al mundo que los dominicanos habían recurrido a él para venir a ponerlos en paz y someterlos a su autoridad, no tienen ningún valor, como no sea el de que, dentro de la apariencia material de las cosas, acaecieron.

Atribuyéndole mayor valor, se comete una grave injusticia en contra del pueblo dominicano.

Las acciones e inacciones de los agrupamientos sociales, como las de los individuos, no serían nunca bien ponderadas, si se les apreciara solamente por lo que pudiéramos llamar su parte materialmente visible. La historia quedaría reducida al estrecho límite de una narración vulgar si así fuese dable escribirla. Preciso es examinarlas en su origen; en sus antecedentes; en las circunstancias ambientes; en las que más tarde pusieron de relieve su significación y trascendencia.

En el caso de aquellos acontecimientos desgraciados, que no fueron la obra colectiva de los dominicanos, ni siquiera la expresión libre de la mayoría de los individuos que aparecieron envueltos en ellos, hay, así, que remontarse a otros anteriores; unos de época un poco lejana; otros de años relativamente cercanos a aquellos días infaustos; otros que ocurrieron inmediatamente antes o concurrieron con su realización; otros que les siguieron; todos los cuales forman una cadena cuyo primer eslabón se forja el 4 de mayo de 1794 con la traición de Toussaint Louverture a España y el asesinato de todos los españoles que la fatalidad puso al alcance de sus manos, y que no se cierra ya hasta después de la segunda invasión y derrota de Soulouque en 1855 y 1856 y los movimientos haitianizantes de Ramírez y Tavera en los pueblos fronterizos del Sur en 1860.

Debo dar por muy bien conocidos los sucesos que se desarrollaron en la colonia francesa e igualmente en la colonia española de Santo Domingo en las postrimerías del siglo XVIII y los inicios del XIX y que culminaron en la primera con la liberación de los esclavos y la fundación subsecuente del Estado de Haití.

Yo me detengo solamente en éstos: la invasión de la colonia española por Toussaint Louverture, a título de ejecutor del Tratado de Basilea; la adopción de una Constitución para la isla, en 1801, y la invasión por Dessalines de la antigua parte española (ya para estos días bajo el poder de Francia) en 1805.

La Constitución de 1801, que es la cristalización del pensamiento de Toussaint Louverture, es asimismo la clave que sirve para explicar todos los hechos registrados desde ese momento en adelante en la isla.

Cuando Toussaint, dando deslealmente la espalda a la causa de España, que lo había amparado y engrandecido, se pone al servicio de Francia, no cruza por su mente la idea de contribuir con su inteligencia y su valor al triunfo de las armas francesas. El ha pensado que la victoria española podría tal vez aparejar para él y los hombres de color que le siguen, grandes ventajas de todo orden. Eso es muy poco, sin embargo, para lo que aspira.
Lo que lo arrastra a la lucha como objetivo final es la emancipación de todos los hombres de su raza en Haití. Se había puesto al servicio de España porque así podía combatir a los odiados blancos franceses. Cuando éstos lo sonsacan se da cuenta al instante de que, introduciéndose a sus filas, podría combatirlos mejor más tarde. Su pensamiento se puede desde entonces resumir así: manumisión del negro de Haití; garantías para conservarla. Esas garantías son, según las ideas que han germinado en su cerebro, la destrucción del blanco y la eliminación de un vecino peligroso.

Por eso, cuando traiciona a España, su primer acto es asesinar a todos los blancos españoles a quienes encuentra en su camino: la norma está trazada. El segundo, la creación de un status sui generis para la isla, que instituye como su principal fundamento la “unidad e indivisibilidad política” de ésta.

Los habitantes de la parte española le habían recibido mal. Habían repudiado el tratado maldito de Basilea; no querían ser franceses, mucho menos ponerse bajo la coyunda de un hombre extraño que les inspiraba desprecio. Esa actitud lo conduce a adoptar como norma de su tratamiento para con ellos el terror, sin distinguir razas ni clases. No se detendrá en medios: desde la humillación soez hasta el exterminio. Los obliga a formar parte de la asamblea que aprueba la Constitución. Al saber que la ciudad de Santo Domingo ha ayudado a las tropas francesas de Kerverseau para que se apoderen de ella, pasa por las armas a todo el batallón Cantabria, formado en su mayoría por nativos de la colonia española, y al cual se había llevado en rehén para la colonia francesa.

Toussaint ha sido vencido por los franceses. La dirección del movimiento ha pasado a otros hombres de color, tan inteligentes, valerosos y malvados como él. Dessalines y Cristóbal, principalmente, quienes de torturadores de su propia raza al servicio de Francia, se convierten después en los definitivos liberadores de aquélla, contra Francia, alcanzan , en unión de Petion y otros, la victoria final.
Proclámase la independencia de la colonia francesa, que es denominada de ahí en adelante, Haití, el nombre aborigen. El pensamiento que los mueve es el mismo que agitó la mente de Toussaint: el exterminio del blanco francés y la eliminación de todo vecino peligroso. La Constitución del nuevo Estado consagra como basamento de éste la “unidad e indivisibilidad política de la isla”. Todo poder extraño que se halle establecido en la antigua colonia española, aun cuando fuere ejercido por nativos, debe ser tenido como peligroso. Saben que el nativo de esta parte los mira con odio y hasta con desdén. La experiencia les ha enseñado, además, que ese sentimiento no se alberga tan sólo en el nativo blanco, sino por igual medida en el mestizo y en el negro, con excepciones contadísimas en ambas razas.

Como resultado lógico de esa situación, Dessalines invade en 1805 la antigua parte española de la isla, ahora bajo la administración francesa. El saqueo, el incendio, la matanza, son sus procedimientos. No hay respeto para nadie, ni para nada. Al invasor no le interesa la conquista del territorio por el deseo de extender su dominio. Si en sus manos estuviera cavar un profundo abismo que se tragara la parte de la isla no habitada por haitianos, lo haría. Lo único que se quiere es suprimir el vecino peligroso, tanto más cuanto que ahora gobiernan en Santo Domingo los franceses, hombres de la misma familia europea que tan cruel se mostró con sus esclavos.

Parte por la heroica resistencia que le opone la ciudad de Santo Domingo, parte por la aparición de naves de guerra franceses en las costas de la isla, que le hace temer una nueva represalia de Francia, Dessalines se retira a su dominio y deja convertida a la antigua parte española de Santo Domingo en un campo inmenso de desolación y muerte.

El corazón se llena de indignación y amargura en presencia del recuerdo de aquellos días trágicos.

En 1808 y 1809, los dominicanos, con el auxilio inglés y el español, se levantan contra los franceses. Produciéndose la rota de Palo Hincado y el sitio de la ciudad de Santo Domingo. Haití se había dividido en dos Estados: un reino en el Norte, con Cristóbal a la cabeza, y una república en el Sur, presidida por Petion. Cristóbal (Ahora Henri I) ayuda con armas y dinero a don Juan Sánchez Ramírez en su empresa de arrojar de Santo Domingo a los franceses. Es un esfuerzo con una forma nueva para contribuir a la eliminación del vecino peligroso. Sánchez Ramírez se lo agradece. También nosotros debemos agradecérselo, haciendo un abono en su obsequio, cual que hubiese sido su reserva mental, porque, según yo lo veo, el movimiento de 1808, que le aseguró al pueblo dominicano su filiación española, es la más trascendental de las revoluciones que registra nuestra historia.

Restablecido el dominio español en Santo Domingo, la política haitiana de “unidad e indivisibilidad” o eliminación del vecino peligroso, entra en receso. Varios factores concurren a esa situación: la escisión de Haití en dos estados; la presidencia, en el Sur, de Petion, el único caudillo haitiano que economizó lágrimas a los dominicanos; el temor a la autoridad de España, que, si hasta cierto punto nominal, puede hacerse sentir con no demasiado esfuerzo, son los principales.

Apenas vuelve a consolidarse el Estado haitiano mediante la reunión del Norte y el Sur, después de la muerte de Cristóbal y Petion, y queda erigida la República de Haití bajo la presidencia de Boyer, aquella política es puesta otra vez en actividad. El procedimiento difiere de los anteriores. Emplease la zapa, por medio de la corrupción en unas ocasiones; de la intimidación en las más. Para esta labor es escogido en el Sur el astuto haitiano Desir Dalmazi, edecán del presidente Boyer. Nativos dominicanos de la frontera, de pésimos antecedentes, que ya se habían singularizado en su cooperación a la política haitiana, le secundan en otras regiones.

Uno de ellos, Justo José de Silva, antiguo prófugo de la justicia por delitos comunes, riega la semilla del miedo en las comarcas del Noroeste y el Norte, las que más cruelmente habían sido tratadas por Dessalines y Cristóbal. Sería contrario a toda lógica pensar que podía haber sido otro el medio. “Combatida fieramente España en todos sus dominios de América, de los cuales le restaban ya tan sólo jirones, sus días estaban contados en Santo Domingo, de donde al fin le arrojarían las armas haitianas. Cuando esto sucediera, si los dominicanos no se apresuraban a bienquistarse con Haití, su suerte sería terrible”. Silva, así como José Tavares, antiguo teniente de Cristóbal, y otros eran los pregonadotes en esa forma del dies irae.

¿Podía ser, acaso, de otro modo? Se explica que, cuando se trató, cuarenta años después, de reincorporar Santo Domingo a España, los propagadores de las ideas anexionistas emplearon la seducción como medio para inducir a las masas a ver con buenos ojos la vuelta del antiguo poder metropolitano. En su mayoría, los dominicanos vivían añorando el recuerdo de los tiempos coloniales, parte por lo plácidamente que se deslizaba entonces la vida de los nativos, parte por el duro contraste que afrontaron cuando de la dominación española pasaron (con el cortísimo interregno de la fugaz independencia del 1821) al yugo haitiano.

Los viejos, sobre todo, evocaban cada día la memoria de aquellos tiempos pasados, que, al ser rumiados, constituían para ellos un manjar delicioso. De los haitianos no se tenían sino recuerdos muy amargos. A nadie se le podía llamar a engaño ofreciéndole un futuro halagueño por medio de la consolidación de Haití y Santo Domingo. Era natural, además, que, no obstante lo exiguo e inerme de la población dominicana, Boyer quisiese evitar que funcionasen las armas. No se podía olvidar la resistencia del coronel Serapio Reinoso del Orbe en el paso del Yaque cuando la invasión de Dessalines en 1805. Un choque sangriento debía evitarse, no sólo por lo que significaba por sí mismo, sino por la menera como podía trascender en España y en Colombia.

Lo que Boyer necesitaba era que los dominicanos aparecieran ante el mundo pidiendo, implorando quizá, su unión con Haití para salir de la condición en que se hallaban. Cuando el brigadier Kindelán, capitán general de Santo Domingo, le escribe en diciembre de 1820 para pedirle explicaciones sobre las maniobras de Dalmazi en la frontera, que eran estimadas como los signos precursores de un atentado contra la soberanía española, Boyer le contesta expresándole, a vuelta de diversas consideraciones, que “si hubiera querido dar oídos a sordas insinuaciones, a reclamos, y para decirlo de una vez, a empresas dirigidas a pertubar la parte española, hacía mucho tiempo que lo habría realizado”, concluyendo por declarar que no aspiraba a “otros títulos que los de consolador y pacificador de los oprimidos (rissum teneatis) y que su espada no acaudillaría nunca ejércitos para hace conquistas sangrientas”.

Esas expresiones denuncian el pensamiento y el plan del caudillo haitiano. Ha puesto la fruta a madurar, sirviéndose de los medios de su industria política, y se está preparando para tomarla cuando pueda hincar en ella sin mucha dificultad el diente. Pero la labor industrial de madurez no cesa , a pesar de que el representante del rey de España se halla bien advertido del trabajo de zapa que se ha estado llevando a cabo en el territorio que gobierna.

Entonces, un acontecimiento ayuda la madurez a apresurarse: Kindelán es sustituido en el puesto de capitán general de Santo Domingo por el brigadier don Pascual Real, el teniente del rey. A la pericia de aquel le sucede la ineptitud de éste. Otro acaba de completar el proceso: el movimiento del 1º de diciembre de 1821 (proclamación independentista de Núñez de Cáceres/Nota de Orbe Quince) . Los agentes de Boyer, ya sin ambajes, se entregan de lleno a su labor de propaganda y haciendo cundir por todas partes el miedo a las represalias que una actitud hostil de los dominicanos a la resolución del presidente haitiano provocaría contra ellos, obtienen que personas significativas de los pueblos del Cibao y del Sur proclamen el deseo de éstos de que Santo Domingo quede unido a Haití y enarbolen el pabellón de la república de Occidente como signo de que la isla toda es Haití, una e indivisible.

Boyer se dirige al doctor José Núñez de Cáceres, gobernador político y presidente del Estado recién proclamado, para exigirle, bajo amenaza, que se someta al dominio haitiano, y finalmente, a la cabeza de un ejército numeroso, invade y ocupa, entre fines de enero y principios de febrero de 1822, el territorio dominicano.



II



Enuncié antes, y ratifico ahora que cuando la dominación haitiana fue establecida en nuestro país, este hecho se produjo por medio de una incorporación forzada. Agrego que no fue el resultado de un querer del pueblo dominicano, ni tampoco el de un partido, ni siquiera el de la generalidad de las personas a quienes se hizo aparecer como solicitando la unión de ambos Estados, sino la obra de la coacción llevada a cabo por el Gobierno haitiano y que se desarrolló por medio de la intimidación a los dominicanos.

El argumento empleado por quienes creen que hubo una unión voluntaria es el que, indudablemente, se realizaron los hechos que, en los primeros párrafos de este escrito, doy por sentados y comprobados.

El conocimiento que la historia nos transmite de la situación creada en el espíritu del pueblo dominicano por los actos vandálicos que perpetraron los caudillos haitianos en la primera década del siglo decimonono; las circunstancias que rodearon algunos de los hechos que procedieron a la invasión; la actitud revelada en su obra y sus escritos por Boyer; la conducta que observó nuestro pueblo en el momento de la ocupación y después de operada ésta; la guerra que nos hizo Haití después del establecimiento de la República Dominicana, son, sin embargo, harto elocuentes para que aquella creencia pueda ser sustentada con algún fundamento.

Los crímenes contra la humanidad y la civilización que Toussaint y sus tenientes y Dessalines y los suyos consumaron en la antigua parte española de la isla entre 1800 y 1805 no son ni han sido nunca objeto de duda. Los historiadores haitianos son tal vez quienes más de relieve los han puesto. Que en el recuerdo de muchos habitantes de Santo Domingo que les sobrevivieron (apenas habían transcurrido diez y seis años) y en la mente de la generación que se había formado a raíz de acaecidos, tales atentados mantuvieron una impresión de espanto, de terror, de pérdida del propio dominio, sobre todo cuando carecían de elementos de defensa, es consecuencia que nadie puede discutir, sin ponerse en contradicción con la naturaleza humana.

Dentro de semejantes circunstancias, pues, no es razonable pensar que hubiera quien creyese que de los haitianos podía recibir bien alguno, ni que obrase por medio del ejercicio de una voluntad libre cuando aparentara querer la unión de Santo Domingo a Haití.

Es inconcebible, por otra parte, que entre los dominicanos, quienes habían repudiado con la mayor suma posible de energía el Tratado de Basilea, que los había uncido al poder de Francia, porque consideraban a esta nación no merecedora de gobernarlos; que habían derramado su sangre para arrojar del país a los franceses con el fin de que de nuevo ondease en Santo Domingo la bandera de España, hubiera quienes volviesen los ojos a una nación recién formada, de otra tradición, de distinto origen, de otra lengua, cuyos caudillos habían sido sus verdugos, a la cual no les ligaba sino el nexo de la vecindad y cuyos prejuicios y odios raciales se habían manifestado tan fieramente aun después de conquistada en brava y heroica lid su liberación.

¿Cómo creer, pongo el caso, que Santiago, víctima inmolada por el tetrarca Cristóbal en aras de los designios de “Haití uno e indivisible”; que conservaba, fresco aún, el recuerdo de su devastación, el pillaje de sus bienes, la violación de sus vírgenes, el sacrificio de sus sacerdotes y oficiales de gobierno, mártires de su tradición y de su raza, abriera los brazos para llamar hacia sí, como “consoladores y pacificadores de los oprimidos”, a los mismos hombres que tanto mal le habían causado?

Entre los portadores del mensaje enviado a Boyer por la Junta figuraba don Fernando Morel de Santa Cruz, varón de la misma estirpe de aquel obispo Morel de Santa Cruz, noble hijo de Santiago, a quien debió Cuba en gran parte su liberación de los ingleses. Los otros eran también individuos principales, sobre los cuales se había hecho sentir más la influencia de la amenaza de que eran voceros los agentes del presidente de Haití.

No había en los actos y movimientos de aquellos hombres un ejercicio libre de su voluntad.

Las circunstancias que rodearon el enarbolamiento de la bandera haitiana en algunas poblaciones y las expresiones usadas por quienes figuraron como los conductores del pueblo en ellas ponen de manifiesto la intervención de la violencia, solapada o descubierta.

En Monte Cristo es el chef de squadron haitiano Charles Arrieu quien la iza, después de “arriar, patear y romper en trizas el pabellón de Colombia”, dice Núñez de Cáceres en su carta a Soublette, vicepresidente de aquella república, el 6 de agosto de 1822. Cuando el comandante de La Vega, don Juan Rondón, escribe a Boyer el 4 de enero de ese año para participarle que “esta ciudad, vecina de Santiago, ha seguido su ejemplo”, le dice: “yo hago, pues, mi sumisión a Vuestra Excelencia”. En Puerto Plata el concejal Leoncio Juliá se niega a firmar el pliego del pronunciamiento y es objeto después de persecuciones de parte de las autoridades haitianas.

La tradición constante del pueblo dominicano fue siempre, además, la de que la mayoría de los escritos que se publicaron para comprobar el llamado que los dominicanos habían hecho a Boyer habían sido antidatados. Yo recuerdo haberla oído de labios de la señora Magdalena de los Ríos, inolvidable comadrona de esta ciudad, de pura raza negra, cuando, en perfecta lucidez, contaba ya noventa y cinco años. De sus labios escuché igualmente la relación de sucesos muy interesantes. Ella recordaba el día de la proclamación de la independencia e incorporación de Santo Domingo a la Gran Colombia. “Yo estaba chiquita –me decía-, pero me acuerdo de eso. Me acuerdo de que mi madre me contaba, cuando ya estaba crecida, que nadie, ni los blancos ni los negros, estaba conforme con lo que hizo don José Núñez. Mi mamá, cada vez que los haitianos hacían una de las suyas, nos decía: esto se lo debemos a don José Núñez, porque por su disparate de botar la España, están aquí esos malvados.”

La carta de Núñez de Cáceres a Soublette de que hice referencia (véase Clio, órgano de la Academia Dominicana de la Historia, julio-agosto 1933), confirma aquella tradición. En esa carta el ilustre prócer también escribió: “Cuando Santiago se vio amenazada de una irrupción a sangre y fuego dobló la cerviz para no verse de nuevo reducida a cenizas, como en las anteriores invasiones de estos vándalos: esta es la pura verdad, y puede V. E. estar seguro de que será el primero de los pueblos que sacuda el yugo en cuanto le avise que ha llegado la hora de las venganzas”, (Visión de 1844.)

De que fue la violencia el medio de que se sirvió Boyer para llevar a cumplimiento la política haitiana de eliminación del vecino peligroso, su carta a Núñez de Cáceres del 11 de enero de 1822 y el método que puso en ejecución para ocupar a Santo Domingo son la mejor prueba de ello. “Desde la proclamación de la independencia –se lee en esa carta- jamás hemos entendido que la isla de Haití fuese divisible”. Más adelante: “Las calamidades sufridas por nuestra patria son las que han impedido que hasta ahora no se haya unificado el territorio”. Finalmente:”Espero encontrar en todas partes hermanos, amigos, hijos a quienes abrazar. NO HABRA, EMPERO, OBSTACULO QUE SEA CAPAZ DE DETENERME”. Todo eso a vuelta de expresar que había sido llamado por los dominicanos y de exponer que venía “como pacificador y conciliador de todos los intereses”.

Cinco o seis días después, un ejército de catorce mil hombres atraviesa la frontera y paso a paso va apoderándose de todo el país, hasta ocupar la ciudad de Santo Domingo el 9 de febrero.

La situación de espíritu en que se quiere hacer aparecer a los dominicanos no puede conciliarse con la conducta del caudillo haitiano, que amenaza, y que apoya su amenaza en un numeroso ejército al entrar en el territorio de un pueblo indefenso.

¿Que hubo cooperación dominicana en los hechos realizados por el gobierno de Haití? Nadie lo niega. Lo que no se puede decir es que aquello fuera una “cooperación DE la Parte del Este.” Cooperación EN, a lo sumo, que es situación muy diferente. La historia ha recogido los nombres de aquellos cooperadores, todos de triste celebridad, no sólo por el vil papel que desempeñaron en la obra de intimidación del pueblo dominicano, sino por los antecedentes bochornosos que los habían descalificado como individuos hacía tiempo.

“La facilidad con que se hace esta entrada –escribió el ilustre historiador Saint Remy- ha servido maravillosamente para el desarrollo de una tesis que los haitianos han siempre propagado y sostenido con la mira intencionada que se advierte a primera vista. De darle oída a los escritores de la República [haitiana], la anexión del 1822 fue un acto voluntario y espontáneo; la toma de posesión del presidente [Boyer] no fue sino la conquista de los corazones. Pero no hay nada menos cierto que esta aseveración histórica. La toma de posesión del 1822 fue pacífica; pero bajo el terror que antes había producido Toussaint en la mayoría de las poblaciones. Los españoles de Santo Domingo daban solamente en estas circunstancias una prueba de esa manera extraña de ser y carácter que los acontecimientos anteriores dejan bien precisada. Plenos de energía para sacudir una dominación establecida, indomables y perseverantes en la insurrección, son mórbidos y débiles en la resistencia. Con tal naturaleza toda sumisión, mirada de lejos y al través de cierta fraseología interesada, puede parecer una conquista de corazones.”

Véase, si de acuerdo con esas apreciaciones, procedentes de una fuente insospechable, se podía tomar como cooperación del pueblo de Santo Domingo, la abyecta labor de aquellos nativos, instrumentos de las maniobras de Boyer.

Por lo demás, lo que dice de nuestro pueblo el historiador Saint Remy es aplicable a nosotros en la misma medida que lo ha sido a todos los pueblos del orbe cuando se han hallado en estado de indefensa frente a la agresión de un vecino fuerte y agresivo.


III


Los acontecimientos que se desarrollaron durante la dominación haitiana, en que el ocupante necesitaba estar ojo avisor para denunciar las conspiraciones que se urdían frecuentemente, la labor paciente y enérgica de los fundadores de la nacionalidad, que no paró hasta obtener la proclamación de la República el 27 de febrero de 1844, la resistencia victoriosa durante más de una década que se estuvo oponiendo después a las invasiones haitianas organizadas por los caudillos de Occidente que se empeñaban en volver a ocupar a este país, son muy concluyentes en el sentido de enseñar que, al hablarse de la resistencia en casos similares, hay que distinguir entre la situación que se produce por causa de un elemento puramente objetivo, la falta de elementos con que poder resistir al enemigo, y la que se caracteriza por el elemento subjetivo de la manera de ser de un agrupamiento social.

Por carecerse de los elementos necesarios para poder hacer resistencia al invasor haitiano, fue justamente, por lo que al golpe de Estado del 1º de diciembre de 1821 siguió una lucha enconada; pero incruenta.

La inmensa mayoría de los dominicanos quería que Santo Domingo permaneciese bajo el poder de España. Había en realidad dominicanos que deseaban deshacerse de ésta; pero ésos eran una minoría escasa. El ideal de independencia y soberanía no existía. Los mismos que se mostraban descontentos del poder español limitaron sus aspiraciones a independizar al país de España y proclamar la unión de éste a la naciente República de la Gran Colombia.

Había también quienes, según vimos antes, se dedicaban a una labor haitianizante; pero tales sujetos no personificaban la expresión de ninguna parte del sentimiento público. Eran simplemente agentes de Boyer, de quien recibían instrucciones y con quien se hallaban en comunicación constante.

El temor a que se abriese a los haitianos una brecha para invadir el suelo patrio eran tan común a los amigos como a los desafectos de España.

Siempre se le ha reprochado con razón al doctor Núñez de Cáceres que se lanzase a aquella aventura, sin medir las consecuencias desde el punto de vista de la política haitiana. La historia descubriría algún día qué pensamientos oscurecieron el entendimiento del ilustre patricio para hacerle descartar de sus previsiones el peligro que la generalidad veía en lontananza.

Tal vez qué nuevas brujas de Macbeth deslizaron en su oído palabras de seguridad de que su obra de emancipación de España sería aprobada por Haití, que así consideraría eliminado al vecino peligroso. El mismo desacertado nombre de “Haití español”, con que se adornó el sui generis naciente Estado, parece indicarlo.


IV



Se ha afirmado con sobradas pruebas que una gran parte del elemento peninsular español se puso del lado de los haitianos cuando la invasión se operó y una fracción desde cuando estaba a punto de operarse. En su carta al general Soubette les llama el doctor Núñez de Cáceres “españoles desnaturalizados”. Nuestro historiador García asienta que el único a quien no se pudo arrastrar en ese camino fue, en la ciudad de Santo Domingo, a don Juan Duarte, padre de quien había de ser más tarde el insigne fundador de la República.

Aquellos españoles, sin embargo, no pueden ser considerados como una expresión del sentimiento público, en el sentido de que quisieran ver establecida en el país la autoridad del gobierno haitiano.

La autoridad de España en la colonia era nominal únicamente. “La España boba” se le llamó y ha seguido llamándosele a aquella época. Esas expresiones populares encierran todo un concepto. Las calamidades que el gobierno del rey afrontaba en la Península y el estado de insurrección en que se hallaba toda la América del Sur contra su autoridad no le permitían poner la atención que era menester en esta colonia, de la cual no sacaba ninún provecho.

Así y todo, la sola presencia de sus representantes en Santo Domingo era bastante para imponer respeto a los haitianos. Una invasión que éstos intentaran constituiría ya un estado de guerra que la obligara a poner los ojos en su desamparada colonia. Los haitianos sabían que de Cuba y Puerto Rico podían venir auxilios que frustraran sus propósitos de absorción de nuestro territorio.

Al producirse el movimiento del 1º de diciembre, el elemento peninsular español, dedicado casi todo al ejercicio del comercio, y que, con muchísima razón, había repudiado el cambio de régimen llevado a cabo, se encontró con este dilema en presencia de aquellos sucesos y de los preparativos que nadie ignoraba estaba haciendo Haití para invadir a Santo Domingo: o los residentes españoles se ponían de parte del flamante gobierno recién establecido por Núñez de Cáceres, que, al par de una repugnancia muy legítima, les inspiraba una seria desconfianza, tanto por la condición de nacionalidad de ellos, como por lo endeble de la autoridad que el nuevo gobierno encarnaba, o, aplicando la vieja regla de conducta doméstica de “hacer del ladrón, fiel”, se situaban al lado del poder haitiano, que fatalmente iba a asentarse en Santo Domingo y contra el cual no podían manifestarse, so pena de perder su futura protección y aun verse expuestos a represalias.

La justicia más elemental se opone a que aquellos hombres sean condenados por haberse acogido a la segunda alternativa.

Muchos de ellos, o sus hijos, fueron con el andar de los años ardientes servidores de la independencia dominicana.

Los acontecimientos que, dentro de la lógica que los presidía, fueron registrándose, son, además, la revelación más completa de la visión que tuvieron. Porque, si Haití no había invadido el territorio de la parte española de la isla hasta entonces, se había debido principalmente a las serias disensiones que en su interior lo dividían y a la presencia del poder de España en nuestra tierra, que él temía, pero que confiaba en que tarde o temprano desaparecería. En su carta del 11 de enero a Núñez de Cáceres. Boyer lo dice, cuando escribe: “Las calamidades sufridas por nuestra patria son las que han impedido que hasta ahora no se haya unificado todo el territorio”… “Yo estaba convencido de que no se hallaba lejos el tiempo en que se podría operar ya una revolución moral, determinando así el cambio de la desgraciada situación en que se hallaban sumidos (los dominicanos) lo que daría por resultado incorporar, sin choques violentos, mis compatriotas de la parte oriental, bajo la égida y protección tutelar de las leyes de la República [haitiana].”

Si en vez de la conducta prudente y resignada con que obraron nuestros antepasados todos en los momentos de la invasión haitiana y del fervor con que mantuvieron siempre encendido después el fuego sacro del patriotismo hasta ver realizado en 1844 el pensamiento que nunca dejó de latir en su pecho, hubiesen escogido la vía del sacrificio, Santo Domingo tendría asignado hoy un sitio en la lista de los pueblos que sucumbieron por el martirio.

Yo prefiero que, en vez de eso, y por no haber sido aniquilado entonces, pueda figurar hoy en el catálogo de los pueblos libres, soberanos e independientes.-


Texto íntegro de “La ocupación de Santo Domingo por Haití”
Por M. de J. Troncoso de la Concha
Individuo de la Academia Dominicana de
la Historia – expresidente de la República.
La Nación, C. por A. Ciudad Trujillo, República
Dominicana, 1942


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8.8.08

Los procesos y la larga duración en la historia regional. Nuevas miradas para la construcción de una historia regional en el departamento de Colonia

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Resumen:La historia regional hecha en el Uruguay no ha atendido hasta ahora al estudio de los procesos ni ha construido periodizaciones propias. Discusiones sobre los conceptos de región, la relación entre lo local y lo global y los diversos tiempos históricos no se han planteado. Se propone comprender la construcción política e identitaria de una región a través de los procesos económicos, sociales, políticos y demográficos que la conformaron. Las obras de Omar Moreira y Pabló Fucé sobre el departamento de Colonia, rastrean estos procesos en la larga y media duración, analizando algunos elementos que configuraron la región.

Por Sebastián Rivero Scirgalea1

La reflexión teórica acerca de la práctica histórica en el Uruguay fue y continúa
siendo escasa. Más todavía fuera de los ambientes capitalinos, cuando nos referimos a la historia realizada en el interior del país, a la llamada historia regional. Con una dimensión territorial muchísimo menor a la de México y Argentina, y con un aparato estatal de corte centralista y unitario, el país interior no se ha vivido como algo distinto de su capital, ni ha alentado construcciones históricas que marquen sus especificidades. La situación geográfica y política antes aludida, la ausencia de estudios de metodología y teoría de la historia a nivel universitario, aunado a la carencia de trabajos históricos - tanto en número
como en calidad- en el interior del país, inciden en la poca relevancia otorgada a la historia regional y al análisis sobre la misma.

1 Sebastián Rivero Scirgalea (1978). Profesor de historia, periodista. Integra el Consejo Ejecutivo Honorario de las obras de preservación y reconstrucción de la antigua Colonia del Sacramento. Desde el año 2000 viene realizando y publicando trabajos sobre historia regional del departamento de Colonia. En 2007 publicó el libro “La Guerra Grande en Colonia” (Montevideo, Torre del Vigía). E-mail:
dazet@hotmail.com.
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ABSTRACT:
La historia regional hecha en el Uruguay no ha atendido hasta ahora al estudio de los procesos ni ha construido periodizaciones propias. Discusiones sobre los conceptos de región, la relación entre lo local y lo global y los diversos tiempos históricos no se han planteado. Se propone comprender la construcción política e identitaria de una región a través de los procesos económicos, sociales, políticos y demográficos que la conformaron. Las obras de Omar Moreira y Pabló Fucé sobre el departamento de Colonia, rastrean estos procesos en la larga y media duración, analizando algunos elementos que configuraron la región.

The regional History studied in Uruguay has not drawn its attention to the research of processes nor has it been able to show clear periods and stages. Discussions about concepts concerning a particular region, the relationship between local and global matters or subjects such as varied historic times have not been raised so far. It is suggested to analyse the politic and identifying
characteristics of a certain region through the economical, social, politic and demographic processes which led to its formation. The works of Omar Morerira and Pablo Fucé about the province of Colonia, trace such processes back in long and medium duration, taking a very close look at the elements shaping the region.


La reflexión teórica y metodológica acerca de los estudios regionales que se evidencia en Argentina, Brasil y México, aquí no encuentra ningún eco. El único texto referido a la historia regional en Uruguay, publicado por Arturo A. Bentancur en 1993, puede dar cuenta de estas falencias. La mayoría de los libros y artículos de historia regional, son realizados por aficionados amables, con un tono localista, celebratorio, acrítico, superestructural, banderizo, de personalidades y héroes.


Una historia presa del acontecimiento, falta de rigor documental, o que se avoca tan sólo al documentalismo de tipo positivista.

Diego Sempol, por su parte, destaca en estas investigaciones la atenuación de los conflictos sociales, en pos de una historia de acuerdos que no incomode a nadie.

Observando cualquiera de estas publicaciones se percibe una sucesión de fechas y episodios –más cronología que relato histórico- donde a los hitos fundacionales acompaña la instalación de diversos servicios (escuelas, trenes, luz eléctrica, teléfono), la repercusión de sucesos bélicos, y en ocasiones las rencillas de los políticos locales narradas en tono de anécdota. El estudio profundo de las constelaciones económicas y sociales, de la conformación de las diversas clases y grupos sociales, se halla ausente. Más aún la reflexión sobre los diversos tiempos y ritmos históricos, sobre los procesos estructurales o coyunturales que afectan a una región.

No obstante, en los trabajos históricos de Aníbal Barrios Pintos y Washington
Lockhart, se destaca – o en casos se intuye- el abordaje de estos ritmos y procesos.

El primero al afirmar que su cometido como investigador es “analizar las
estructuras y las coyunturas y los impulsos que dictan los actos”, hecho que se trasparenta en varios de sus escritos. Lockhart, con un enfoque sociológico simmeliano, ha buceado en los tránsitos de la sociedad tradicional a la sociedad moderna, viendo los desajustes de las formas de vida criollas dentro de los marcos institucionales modernos.

Algunos recientes trabajos que establecen una bisagra entre la historia regional y la microhistoria, también son receptivos al estudio de los procesos.
Antes de analizar como se plantean los procesos y ritmos históricos en las obras de Omar Moreira y Pablo Fucé que enfocan el departamento de Colonia, conviene mencionar las configuraciones de la historia regional como objeto de estudio, las vinculaciones entre lo local y lo global y la consideración del tiempo y las periodizaciones en la historia regional, tratando de integrar el primer y el segundo aspecto dentro de la problemática del tiempo y los procesos.

La región en función de los procesos
El desmigajamiento de la ciencia histórica, el estallido y fragmentación de los
relatos totalizadores, hicieron que aparecieran diversas disciplinas y campos de
investigación en la historia. Uno de estos campos fue la llamada historia regional. ¿Pero qué elementos marcan su especificidad disciplinaria? ¿Se la puede relacionar, así como así – como a veces se insinúa- con la microhistoria, entendida de múltiples modos, tanto por los italianos como por los mexicanos, sus teorizadores y exponentes de más peso? ¿Posee acaso una metodología propia? El mexicano Manuel Miño Grijalva llega incluso a dudar de su existencia, en un artículo justamente –y sugestivamente- titulado “¿Existe la Historia Regional?”. El propio concepto de región se muestra desde el principio como algo complejo. ¿Es una pura condicionalidad geográfica, o un constructo social y político sobre un arbitrario marco geográfico? ¿La única caracterización valedera de la historia regional sería el remitirse a un espacio determinado, y presentar una determinante geográfica mayor que la de otros discursos históricos?

La historia regional hecha en Uruguay, por ejemplo, toma desde lo empírico un recorte regional que privilegia las ciudades o los departamentos, sin preocuparse demasiado por pensar acerca de estas elecciones.

Es cierto que se puede aceptar con Jesús Gómez Serrano – como lo hace a su modo Miño Grijalva – “que ‘es posible hacer buena historia regional – seria, bien documentada, que signifique una aportación real al campo escogido – que no se preocupe demasiado o en forma explícita’ por un conjunto de problemas o hipótesis preconcebidos como eje y motor de la explicación.” Si se puede admitir esto, empero es cierto también que se deben plantear las posibles metodologías y líneas teóricas para su abordaje. Miradas antropológicas, sociológicas, demográficas, de la teoría de redes, del entero espectro de las ciencias sociales, caben en la historia regional. La historia regional, como la misma Historia a secas, podría ser así, un vaso vacío a llenar con los aportes teóricos de las
ciencias sociales. El historiador regional, según sus objetivos y problemas, haría la elección metodológica – teórica y el recorte espacial, según las necesidades de su investigación.

Que no exista un método específico para la historia regional – considerando que
tampoco lo haya para la Historia en general- no obsta al hecho de que los historiadores regionales en su práctica puedan problematizar cuestiones como el tiempo y las periodizaciones, tomando en cuenta planos como los locales, nacionales y universales, recalando en la disparidad de tiempos y procesos que implican estas alteraciones de óptica.

Si el historiador regional –como reconoce Miño Grijalva- parece un eslabón entre el cronista y el historiador profesional, eso no lo exime del hecho de pararse a realizar un cuestionamiento mínimo acerca de su trabajo.

La relación entre lo local y lo global se presenta tal vez de la forma más fructífera.

La influencia de lo global sobre lo local, saltándose los condicionamientos nacionales, como la vinculación de diversos ámbitos locales a través de las redes globales, hace que se replantee por cierto, el problema de las escalas, los tiempos y las ópticas. Analizar historias fronterizas quizás sea aquí muy oportuno, dado que esas situaciones de mestizaje e hibridación son las que mejor se proyectan propiamente a lo global.

La construcción de la región y de sus marcas identitarias, a la par que sus
interacciones con otras regiones, con el estado-nación y con el ámbito internacional, se entrelazan con el reconocimiento de los tiempos propios de la región, de sus procesos y líneas de larga duración.

Percibir los procesos económicos, sociales y culturales en la larga duración sin
duda puede explicar la conformación política e identitaria de una región. La región como espacio geográfico, como ámbito cultural, deberá ser vista desde los procesos que la conformaron. O sea, la región no sólo abordada como ámbito espacial, sino como desarrollo temporal. Así se percibirán constancias estructurales, apreciando de la forma más fina posible la siempre difícil distinción entre cambios y permanencias.

En caso que aceptemos los tres tiempos braudelianos, también podemos considerar distintos espesores temporales a nivel regional, nacional o mundial. Los tiempos largos, medios y cortos pueden percibirse de distinto modo según la escala espacial. Los tiempos largos en la historia regional, como se ha sugerido especialmente desde una mirada antropológica, tal vez puedan observarse mejor en sus invariaciones que a nivel nacional o global. Pero también el acontecimiento, que en muchos casos impacta con mayor intensidad en el plano local, puede analizarse con sus ritmos y desarrollos propios – en caso operando como importante hito que separa una época de otra- en los estudios regionales. Asimismo la relación entre centro y periferia, que puede ser una de las manifestaciones de lo global y lo local, amerita ver como un desarrollo temporal se superpone a otro, tanto distorsionándolo como acelerando elementos ya contenidos en este.

La historia regional atendiendo a esta diversidad de tiempos debe construirse sus
propias periodizaciones o replantearse las usadas nacional y mundialmente.

Como sostiene Manuel Moreno Castañeda: “En primer lugar, nunca se deberá
sacrificar lo esencial de los procesos por priorizar la cronologización. Las periodizaciones, por más exactas y científicas que pudieran ser, no pasan de ser referencias temporales con un propósito de estudio, que tienen, y poco, que ver con los procesos históricos reales. Por más que una fecha nos parezca una gran marca histórica, o como dirían algunos un "parteaguas", estará cargada de una gran subjetividad muchas veces ideológica y puede ser representativa para una persona o un grupo social; pero muchos no se darán ni por enterados, o puede afectar a algunos aspectos de la vida social y otros seguirán su propia dinámica.” Debemos considerar entonces “las periodizaciones conocidas, como parte de un marco de referencia y como convenciones que facilitan el entendimiento, no como criterios rígidos; en fin, recuperar los tiempos propios en su sentido y su significado.”

El ahondamiento en el estudio de los procesos y los ritmos temporales a los que
podrían avocarse los historiadores regionales, haría que se supere una producción histórica, que según señaló en su estudio Arturo Bentancur, peca por ser demasiado descriptiva, acumulando datos sin interpretarlos.

Procesos y larga duración en Colonia: análisis de dos obras
Un saludable ejemplo de análisis de procesos, emprendido desde presupuestos
disímiles, es el que presentan las obras de Omar Moreira y Pablo Fucé.
Omar Moreira en “Colonia y Rosario en las Gestas del Plata” indaga el modo como
“nace la matriz del departamento actual”.

Gerardo Caetano comentando este texto, reconoce que es una apuesta a rastrear un proceso de larga duración. Proceso que se aborda desde la geografía y la urbanística.

Moreira, al hacer foco en una zona de frontera como lo es Colonia, conformada
desde los siglos XVII y XVIII, abre su investigación desde lo local a lo global. El
entramado fronterizo vinculado con el espacio atlántico sería uno de los primeros y principales componentes de la configuración del departamento de Colonia. Su desarrollo urbanístico y su atípica distribución espacial ya estarían prefigurados para el autor, desde el siglo XVIII. En esa época ya se empezarían a plantear las tres zonas económicas, sociales y culturales en que se divide aún hoy el departamento: El Partido de Víboras (o zona oeste, con las actuales Carmelo y Nueva Palmira), con una alta densidad demográfica desde la etapa colonial, mantenida hasta fines del siglo XIX; el Partido del Rosario (zona este), con un desarrollo menor y una fuerte presencia de los estancieros; y la Colonia del Sacramento (zona centro), primero en manos portuguesas y luego españolas.

Según la hipótesis de Moreira, la colonización española de la región (el actual
departamento) se produjo en reacción al portugués, existiendo sin embargo, una estrecha convivencia entre ambas comunidades, ocurriendo aproximaciones que pautaron “una historia en común”, al punto que los dos impulsos poblacionales funcionaron como si fueran uno. Esto marcó, según Moreira, una “dialéctica de acción – respuesta que habría dejado su impronta para el resto de su historia” en la distribución poblacional.

La integración presente del departamento, con su profusión de ciudades, devendría de aquella matriz. Pero si estas relaciones – sin duda tensas- entre lusitanos y españoles habrían conducido a una primitiva integración de la región, esta integración para el futuro se distinguiría por su debilidad, hecho que Moreira no señala del todo. La convivencia entre los núcleos poblados del departamento a lo largo de su historia no estaría libre de conflictos. Relaciones y a la par rispidez entre las ciudades departamentales serían las herencias de esta matriz.

Mientras que el análisis de Moreira es de tipo geográfico y urbanístico, explorando desde estos enfoques la larga duración, Pablo Fucé ofrece un abordaje de corte antropológico.

Su libro “Cerca de la Horca” es un trabajo microhistórico, no sólo por presentar un
estudio de caso, sino por mostrar una anomalía como factor indicial de situaciones más amplias (al modo de Ginzburg).

Se puede inscribir su intento interpretativo dentro de una serie de obras aparecidas en los últimos años (Gabriela Sapriza, “Los caminos de una ilusión. 1913: Huelga de mujeres en Juan Lacaze”, 1993; Raúl Jacob, “Brevísima historia del Partido Ruralista”, 2006; y Ana Frega, “Pueblos y Soberanía en la Revolución Artiguista. La región de Santo Domingo Soriano desde fines de la colonia a la ocupación portuguesa”, 2007) que realizan desde diversas modalidades un interesante cruce entre la historia regional y la microhistoria. Raúl Jacob incluso, señala de modo explícito su tránsito entre lo local y lo microhistórico. El enfoque microhistórico que aparece en ellas puede escindirse –siendo esquemáticos- en dos grandes líneas apuntadas por Roger Chartier:

“En efecto, hay una gran distancia entre la perspectiva que considera los recortes
microhistóricos como laboratorios que permiten analizar intensamente los mecanismos de poder que caracterizan una estructura sociopolítica propia de un tiempo y un lugar determinado, y la que considera esos mismos recortes como una condición de acceso a creencias y a ritos que, usualmente, las fuentes callan o soslayan y que remiten, en su ‘anomalía’ incluso (el término es de Ginzburg), a un zócalo cultural compartido por la humanidad toda.”

Si el primer tipo de microhistoria es el más habitual en el panorama nacional, no
obstante aparecen obras como la de Fucé, dentro del segundo tipo.
Un incidente entre dos gauchos que deriva en un crimen, rescatado de los archivos coloniales, es el disparador para reconstruir la implantación de los poderes virreinales en la región de Colonia. El expediente, con su carga de rareza, deja entrever la relación entre gauchos y vecinos, los vínculos entre dos mundos con sus propios códigos y relaciones de poder. El texto, en gran parte, indaga acerca de lo dicho y lo silenciado, elementos que van apareciendo a lo largo de las investigaciones judiciales.

El capítulo III (“Leyendo la ciudad. Imágenes y palabras; conservadurismo
dirigente e insolencia popular”) deja en suspenso el crimen, para interpretar un lapso temporal más amplio comprendido desde la instauración del régimen español en Colonia en 1777, a su posterior quiebra durante la revolución. En este capítulo especialmente se dan ciertas pistas para entender como se estableció el poder estatal en la región. La elite radicada en Colonia se valió de la autoridad monárquica para cimentar sus posesiones territoriales y poder controlar a los gauchos, su mano de obra. La creación de una burocracia local posibilitó el desarrollo de las clases altas locales, a través del control urbano y del espacio rural de extramuros.

El dominio de la ciudad amurallada sobre su entorno rural se vio cuestionado con el advenimiento de la revolución. Entonces la elite local demostró todo su conservadurismo, tratando de mantener a cualquier precio las estructuras estatales que respaldaban su poder.

De aquí resultará la buena recepción de la invasión lusobrasileña. Ante el nuevo orden revolucionario que venía del campo, de ese espacio fronterizo aún no dominado, encarnado en los gauchos, la ciudad amurallada se atrincheró en el antiguo orden, orden que le aseguraba un mínimo de encuadramiento estatal y que había constituido su triunfo y asidero. Fucé no ahonda del todo en esta implementación del aparato estatal en la región, sino que brinda algunas claves para ayudar a entenderlo. Pero estas son lo suficientemente ilustrativas para captar el proceso de construcción estatal y el rol que le cupo a las elites locales. La relativa fortaleza de los poderes estatales en la región (durante la época hispana y luego con la república) se esboza en sus estadios iniciales.
En el siguiente apartado veremos como este elemento incidió en el proceso de
modernización del departamento.

Con diferentes espesores temporales y diversos postulados temáticos (geográficos, urbanísticos, demográficos, antropológicos, sociales y políticos), estas dos obras visualizan procesos con sus ritmos propios, tanto referidos a la construcción de un espacio geográfico como a la creación de un sistema administrativo y burocrático.

Un tema a explorar: el advenimiento de la modernización y sus bases estructurales Las investigaciones de Moreira y Fucé aportan insumos para un problema que se ha señalado en la historiografía sobre el departamento de Colonia, pero que no se ha estudiado en profundidad. Nos referimos a la modernización y su incidencia en la conformación del departamento desde fines del siglo XIX hasta la actualidad.

Son diversas las teorías acerca de la modernización, explicándola por factores
endógenos o exógenos, a la par que por múltiples variables que la definen y la distinguen de la “sociedad tradicional”. No pretendemos entrar en ese tembladeral teórico.


La historiografía uruguaya acepta que la modernización se produjo asociada al
Militarismo en 1876, siendo ya preludiada en la década de 1860. ¿Pero se produjo a un ritmo homogéneo en todo el territorio? ¿Fue recibida de igual forma en las distintas regiones? Si tomamos a la modernización como un antes y un después en la historia uruguaya, como el nacimiento del estado-nación y del país del siglo XX y XXI: ¿La historia regional no debería estudiar mejor esta enorme transformación?

La modernización pudo haberse acelerado o retardado en las distintas regiones.
Haber contado en ciertas zonas con bases y predisposiciones estructurales ausentes en otras.

El departamento de Colonia, con su desarrollo urbanístico, la instalación de
colonias agrícolas y de estancias empresas, la gran división de la tierra, fue uno de los sitios de avanzada de la modernización y tal vez donde esta se dio más cumplidamente. ¿Hubo bases estructurales para esto, o se debió a un mero azar?

Una interpretación “clásica” formulada por la historiografía departamental (si bien
de modo implícito) se inclina por la segunda postura, planteando que la sociedad
departamental nació casi ex nihilo por el aporte de los inmigrantes y estancieros
extranjeros. Otra hipótesis menos explorada consistiría en rastrear algunos elementos estructurales que potenciaron la modernización en la región (sin descuidar los factores exógenos).

Cierta división de la tierra, el desarrollo de una clase comerciante dinámica
(asociada con los estancieros), la existencia de grupos agricultores, la aparición de centros poblados como aglutinantes sociales y políticos, una implantación estatal de relativa eficiencia, una frontera abierta y un fuerte desarrollo portuario, son algunos factores que aparecen ya a fines del siglo XVIII. Sin duda debieron condicionar el proceso modernizador, generando un ambiente más adecuado al mismo que potenció y aceleró los cambios.

Las clases altas locales apoyaron la instalación de las colonias agrícolas,
manteniendo múltiples vínculos con ellas. Por otro lado, al estar la propiedad bastante fragmentada, muchos hacendados vieron rentable fraccionar sus tierras y venderlas a los inmigrantes. Otros, al no disponer de grandes propiedades, comenzaron con la cría del lanar asociada al vacuno.

La conformación de los diversos grupos sociales y su recepción a la modernización
y a la llegada de los inmigrantes se debería estudiar atendiendo a los procesos de larga
duración.

La historia regional al indagar en las redes de poder locales y su desenvolvimiento temporal, puede vislumbrar como se produjeron transformaciones nacionales o globales a nivel local, tratando de elaborar un tiempo y una periodización propia para las distintas regiones. No se trata de desconocer las periodizaciones y procesos aportados por una macrohistoria nacional o universal, sino de adaptar y redimensionar esos procesos.

Entender la conformación identitaria de una región –y creo que Colonia puede ser
un buen ejemplo para eso- depende del análisis exhaustivo de sus procesos en la larga duración. Hecho sin duda evidente, pero que hasta ahora, en gran parte, se ha obviado.


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Fuente:
ESTUDIOS HISTORICOS – CDHRP- mayo 2009 - Nº 1 – ISSN: 1688 – 5317